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4 OPINIÓN MARTES 27 s 11 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro ZARISMO POSCOMUNISTA USIA ha dejado atrás la hoz y el martillo, el marxismo- leninismo y el internacionalismo proletario para adaptar su vocación dirigista y autoritaria a los nuevos tiempos. La centenaria obsesión rusa por el orden y la autocracia ha acabado imponiéndose después de la decadencia y la debilidad política a las que condujeron el desplome institucional y la descomposición territorial de la URSS. Los excesos y el caos de la era Yeltsin han sido solidificados bajo una nueva glaciación autoritaria. El siglo XXI ha dado paso a un nuevo zarismo. Putin ha desempolvado con éxito los centenarios mitos nacionalistas e imperialistas de siempre y ha logrado lo que parecía imposible: que Rusia vuelva a sentirse orgullosa de su poder y temida fuera de sus fronteras. Las elecciones del próximo domingo tendrán un coste probablemente irreparable: que la democracia ceda al populismo y que los escasos resquicios por los que aún se dejan sentir el pluralismo y las libertades de una sociedad abierta sean definitivamente silenciadas bajo el peso de la aclamación plebiscitaria. Concebidas así, las elecciones legislativas harán posible que Vladimir Putin siga cuatro años más en el poder. Antes, lo ejercía desde la jefatura del Estado y ahora lo hará desde la jefatura del Gobierno y a través de un férreo control de la Duma, donde su partido, Rusia Unida (RU) será casi con toda seguridad la fuerza hegemónica. Se desconoce todavía cuál será la operación de ingeniería institucional que logre vaciar de contenido al régimen presidencialista que prevé la todavía vigente Constitución. De hecho, hasta el momento nadie ha planteado abiertamente la hipótesis de una reforma de la misma. Con todo, sea cual sea la fórmula que se ensaye el final, lo que nadie discute es que la solución política que resulte de la victoria electoral de RU está hecha a la medida de Vladimir Putin. Sin apenas oposición y dominados casi todos los resortes de la Administración por un entorno de leales que comparten, en su mayoría, sus orígenes en el KGB, no es difícil aventurar que el país avanza a velocidad de crucero hacia un régimen cesarista que irá a golpe de clientelismo corruptor y represión selectiva, afianzando a Putin como líder indiscutible de todas las Rusias. Malos tiempos para la libertad en un país que se aleja de la democracia al tiempo que los viejos hábitos del zarismo consolidan un proyecto autoritario y personalista, sostenido por la diplomacia de los hidrocarburos y las materias primas. Lo más lamentable del asunto es que Europa se vea impotente ante esta deriva debido a su dependencia energética. La pregunta que pende como una espada de Damocles sobre el futuro es saber qué sucederá cuando Rusia reactive su presión estratégica sobre las fronteras occidentales y caucásicas, así como el Asia Central que tuvo que abandonar tras el derribo del Muro de Berlín. PUTIN Y EL R SOLBES SE QUEDA CON ZAPATERO L vicepresidente segundo del Gobierno, Pedro Solbes, eligió ayer el Foro ABC para hacer público que ha aceptado la oferta de continuar como responsable económico del Ejecutivo en una hipotética segunda legislatura de Zapatero. Concurrirá también a las elecciones como número dos por Madrid. Es una decisión que habla de lealtad a sus ideas y de responsabilidad de servidor público, buen conocedor como es de que la situación económica será mucho más complicada de ahora en adelante, al margen de que con su habitual equilibrio intentara inyectar sosiego y normalidad a unos mercados convulsos y a unos ciudadanos preocupados. Una oferta que nos desvela también a un presidente Zapatero que combina en su equipo- -más por necesidad que por convicción, pero esa es también una habilidad de los políticos- -sensatez económica con radicalidad ideológica, en una mezcla inteligente que aspira a conservar a su base urbana burguesa, moderadamente progresista en lo social y conservadora en lo económico, a la vez que moviliza a sectores radicales con el giro nacionalista y con propuestas populistas que personifican otros ministros de sobra conocidos, que también irán en las listas. Para ese centro sociológico que aspira a capturar el PSOE, Solbes se definió ayer como un socialdemócrata liberal que cree en el mercado, pero también en que hay que pagar impuestos. Una definición tan amplia que caben todos los ministros de Hacienda de la democracia española, desde Enrique Fuentes Quintana hasta Rodrigo Rato, y probablemente también de todos los países prósperos y dinámicos, porque es precisamente en los matices, en los énfasis, en los ritmos de liberalización y en las rebajas impositivas concretas donde afortunadamente se mueve la política económica española desde hace treinta años. Por eso la historia económica de la Transición ha sido un éxito, como lo había sido también la historia política hasta que Zapatero decidió romper los consensos básicos e imponer su visión ideológica a golpe de mayorías mínimas y ocasionales. El vicepresidente Solbes ha llegado a dominar el len- E guaje de Greenspan, y durante una hora en el Foro ABC se esforzó por presentar la evidente desaceleración económica como el retorno a la normalidad. Tras unos años de crecimiento por encima de nuestras posibilidades, en España volvemos a crecer en torno al 3 por ciento, que se corresponde aproximadamente con nuestro potencial. Reconoció el peligro de un repunte inflacionista, pero lo atribuyó a causas externas- -petróleo y subidas de materias primas- -y confió en la madurez de los agentes sociales para mantener la moderación salarial y evitar los llamados efectos de segundo orden, el traslado a los precios del incremento de los costes de producción. En todo caso, la inflación se mantendrá cercana al 4 por ciento hasta marzo, admitió en un rasgo de confianza desprovisto de ánimo electoral. Y aventuró un aterrizaje suave del ciclo inmobiliario, confiando en la construcción no residencial y en la obra pública para mantener el empleo en el sector y su contribución al PIB. En respuesta a una pregunta sobre la reforma fiscal del Partido Popular, cuyo coste estimó entre 5.000 y 25.000 millones de euros, dependiendo de detalles técnicos aún por conocer, Solbes aprovechó para dejar sentada su doctrina fiscal: sí a las reducciones de impuestos siempre que se mantenga la presión fiscal, el gasto público no caiga del 38,5 por ciento del PIB y se consiga un pequeño superávit. Una doctrina prudente que no deja espacio para muchas alegrías electorales y que, desde luego, descarta cualquier propuesta innovadora del estilo del tipo único. Pero quizá fue en una respuesta sobre Iberia donde Solbes fue más atrevido y aprovechó para mandar un recado a las Cajas de Ahorro, necesitadas de instrumentos de medición de la eficiencia en su gestión y que gozan de una cierta situación privilegiada Un mensaje semejante habría sido muy útil en episodios anteriores que han puesto en entredicho la credibilidad de España y afectado a su propia imagen personal. Pero quizá Solbes estaba sencillamente haciendo públicas sus condiciones: si se queda es para ser vicepresidente económico, no simplemente ministro de Hacienda, como se le ha criticado esta legislatura. DIGNIDAD FRENTE A LOS INSULTOS OS acontecimientos se están precipitando en Venezuela, y desgraciadamente por el camino de las turbulencias y la violencia. La actitud de Hugo Chávez está llevando al país a la catástrofe, y todo parece indicar que el referéndum sobre la reforma de la Constitución, con el que el caudillo pretende instaurar una dictadura personalista, marcará un momento determinante para la historia de Venezuela, con peligrosísimas consecuencias. Embarcado en una actitud frenética, con apariciones televisadas a todas horas del día y de la noche, Chávez acumula insultos y agravios a diestro y siniestro, sin duda porque, como todo régimen con vocación totalitaria, necesita promover la idea de la enemistad exterior para justificar su estrepitoso fracaso en el interior: ahora contra España congelando las relaciones y luego contra Colombia, como en su día sucedió con México o Perú. El Gobierno de Zapatero ha decidido hacerse el sordo, ignorar las estrepitosas declaraciones de Chávez e intentar convencer a todo el mundo de que las relaciones con Venezuela siguen con normalidad. La llamada a capítulo al embajador de Venezuela en Madrid debería haber sido un gesto claro de repudio a la contumaz actitud ofensiva de Hugo Chávez contra Don Juan Carlos y contra España, pero se ha convertido en un trámite rechazado con la intención de tranquilizar a los empresarios L españoles, como si alguien interesado en invertir su dinero en la Venezuela de Chávez pudiera estar tranquilo en las actuales circunstancias. Para el Gobierno de Rodríguez Zapatero no es de extrañar este comportamiento, el mismo que ha mantenido con Cuba. Contra todos los principios éticos que habrían aconsejado la defensa y promoción de los demócratas del interior de la isla, el Gobierno ha preferido siempre la legitimación de la dictadura con el extravagante pretexto de considerar necesario mantener la interlocución con el régimen castrista, que, a cambio, no ha dado ninguna señal de apertura, ni siquiera de simpatía por los desvelos del ministro Moratinos. Ahora, en el caso de Venezuela, la diplomacia española vuelve a anteponer ese afán de interlocución con un personaje que precisamente no quiere dialogar con nadie, sino imponer sus proyectos hegemónicos. Cierto es que tampoco resulta aconsejable hacerle el juego y rebajarse a debatir insulto tras insulto, porque probablemente eso es lo que quiere Chávez para mantener la tensión crítica entre sus seguidores. Sin embargo, hay otra posición más razonable, que es defender claramente la dignidad de España con gestos y palabras y dejar para otro momento la etérea petensión de interlocución que ya sabemos para qué le sirve a Chávez.