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26 ESPAÑA La telebasura, en la picota s Análisis DOMINGO 25 s 11 s 2007 ABC Svetlana mira a su ex pareja y agresor durante el polémico programa; ella no sabía que se iba a encontrar con él en el plató ABC Los ojos de Svetlana La mirada pública se centra no en el presunto asesino, sino en la supuesta responsabilidad de quienes permitieron que el sospechoso escenificara ante las cámaras su petición de perdón a quien acabaría por convertirse en víctima letal de su violencia tren la siniestra estadística de esta plaga. El desencadenante de este extraordinario plus de atención no es otro que la presencia de ambos en ese programa de televisión. La mirada pública se centra no en el presunto asesino, sino en la supuesta responsabilidad de quienes permitieron que el sospechoso del crimen escenificara ante las cámaras su petición de perdón a quien acabaría por convertirse en víctima letal de su violencia. De ahí se pasa, con toda naturalidad, a un enjuiciamiento general del papel de los medios en la proliferación de la violencia de género, alimentado por un cúmulo de suposiciones, sobreentendidos y precipitados juicios de valor que llevan a una distorsión de los hechos y las causas, de la que son expresivos ejemplos titulares como el del diario argentino Clarín La televisión en España estimula la violencia doméstica o declaraciones como la de Encarnación Orozco, delegada especial del Gobierno contra la violencia sobre la mujer, que ha afirmado que la negligencia frívola de una televisión rompe nuestra lucha Acabáramos. Por fin hemos encontrado un chivo expiatorio para un fenómeno tan desasosegante, que tan mala conciencia nos produce. Y encima es un reality, ese producto abyecto que ninguno de nosotros vemos, pese a lo cual disfruta de una amplia audiencia. ¿Qué más se necesita para montar el meta- reality el espectáculo sobre el espectáculo? Hoy, en medio del aluvión de informaciones y comentarios sobre el caso, muchos deben estar convencidos de que Svetlana murió por ir al plató y por tanto la televisión es responsable en alguna medida de su muerte. Post hoc, ergo propter hoc, como fue asesinada después de ir a la tele, lo fue por ir a la tele. En este dislate se mezclan dos cuestiones distintas. Una, la tendencia a diluir absolutamente la responsabilidad individual en cualquier circunstancia de su contexto, real o imaginario. En este caso, el propio historial de violencia (no sólo contra Svetlana, sino contra su ex mujer) del presunto asesino sugiere que estamos ante una personalidad violenta y descontrolada que no precisa de estímulos sociales o mediáticos para dar salida a su impulso criminal. Todo este ruido le está sirviendo para preconstituir una atenuante de un comportamiento que, a José Ignacio Wert Sociólogo S vetlana Orlova ha sido la septuagésima víctima mortal de la violencia de género en España en este infausto año. La joven rusa ha muerto presuntamente a manos de su ex compañero sentimental, Ricardo N. a los pocos días de haber aparecido ambos en un programa de televisión en el que aquella rechazó la oferta de matrimonio que le formuló su presunto asesino. Una historia dramática, que ha desatado una reacción en cadena infinitamente superior a la de cualquiera de los restantes sesenta y nueve crímenes que nu- Un dislate Un caso como el que nos ocupa desvía la mirada hacia el foco de luz (la televisión) y la aparta de la zona oscura en la que el crimen se ha gestado Tiende a aumentar la violencia de género, pese a las leyes y a la creación de un entorno de prevención la vista de lo publicado, no parece obligado considerar. Pero el otro es la tendencia que juega en sentido contrario de simplificar lo complejo, de creer en el poder taumatúrgico de la ley o incluso de la palabra para resolver situaciones que, si bien tienen responsables individuales, se anclan también en circunstancias sociales y ambientales complejas. Si se examina la sociodemografía de la violencia de género, nos encontramos con pistas potentes de esa complejidad: débil estructuración del medio, desarraigo, circunstancias psicopatológicas pasadas por alto. Esta odiosa forma de violencia se produce preferentemente en un entorno en el que existen lazos microsociales débiles o inexistentes (de ahí la altísima proporción de inmigrantes entre las víctimas y los verdugos) o quiebras del vínculo social en situaciones extremas. Por eso tiende a aumentar, pese a la introducción de leyes específicas contra ella y a la creación de un entorno de prevención de la victimización y protección de las víctimas. Una época de cambio social (y de valores) tan acelerada como ésta crea condiciones específicas de vulnerabilidad que hay primero que entender para poder enfrentarse a ellas con eficacia e inteligencia. La Ley Integral vigente se queda en ese sentido corta al no enfrentar con la profundidad necesaria el entorno social en el que prende la violencia doméstica. Un caso como el que nos ocupa desvía la mirada hacia el foco de luz (la televisión) y la aparta de la zona oscura en la que el crimen se ha gestado realmente. Tiene en eso razón De la Vega cuando afirma que la lucha contra el maltrato no puede ser un espectáculo ni un contenido informativo más Por eso no debiera haber convocado a las televisiones a consensuar medidas de control, instalando la idea de que algo habrán tenido que ver aquellas en el episodio y, por tanto, alimentando no sólo el espectáculo, sino el desenfoque. El recuerdo de los ojos azules de Svetlana, apagados para siempre, y la imaginación de los de su pequeña de dos años, que cargarán por el resto de sus días con el peso sombrío de la orfandad, nos conmueven a todos. No más de lo que debiera conmovernos el recuerdo del resto de víctimas anónimas que se ha llevado por delante la violencia de género, el generocidio, como lo llamó Ayaam Hirsi Alí. Justo cuando se van a cumplir diez años del otro caso de asesinato con televisión de por medio, el de la granadina Ana Orantes, el peor homenaje que les podemos hacer es contribuir a esta ceremonia de la confusión.