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ABC SÁBADO 24 s 11 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA SIMETRÍA DE LA BARBARIE NO de los mayores aciertos de la democracia fue la abolición práctica del extremismo político. La vacuna contra el virus del fascismo la trajo el silencioso hartazgo de la dictadura, y la cordura de los ciudadanos liquidó a la ultraizquierda devorando la sopa de letras de los primeros años de la Transición para crear un arco parlamentario razonablemente civilizado. La violencia revolucionaria quedó fuera del sistema, aunque asomara la hidra batasuna, y la nostalgia franquista apenas dio para el bostezo efímero de Fuerza Nueva. En el fondo resulta casi asombroso que IGNACIO la pertinaz existencia de CAMACHO ETA no haya alumbrado un escuadrismo de signo opuesto, si se exceptúa el artificial invento de los GAL, zanjado con ejemplar limpieza por un Estado capaz de depurarse a sí mismo de la excrecencia de sus propias cloacas. De algún modo, el éxito moral de nuestra sociedad puede medirse a través de la generosa integridad con que ha delegado en la justicia y las fuerzas del orden el monopolio de la respuesta al terrorismo. Ha sido bajo la crispada confusión del zapaterismo cuando han comenzado a brotar peligrosas semillas de fanatismo extremista. Un magma de neofascistas de bate y banderola, nihilistas xenófobos tipo Taxi Driver y hoolligans cerriles de cabezas tan rapadas como sus cerebros se está disputando las calles contra una turba de elementos antisistema compuesta de nacionalistas radicales, marxistas de botellón, pacifistas de garrote y devotos de la kale borroka, entre una batahola de cristales rotos en la que de vez en cuando se oye el crujido de algún hueso o brota el borbotón sangriento de una puñalada. Los fascistas, racistas y demás bárbaros se adornan con apelativos democráticos, mientras que sus primos de la acera opuesta han dado en denominarse a sí mismos antifascistas siendo así que todos ellos hozan como coleguitas en la misma charca de salvajismo e intolerancia. De este modo asistimos a una orgía de violencia gemela en la que ambos bandos utilizan igual dialéctica rompecrismas disfrazada de sedicentes ropajes ideológicos, que esconden la más absoluta y exaltada desnudez de un totalitarismo analfabeto. A este Gobierno tan aficionado al buen rollito parece repugnarle la idea de poner pie en pared del único modo posible, que es preservando la calle como espacio de libertad y descargando el peso de la ley con la misma eficacia que acabó acojonando a los batasunos. Se diría que hasta le complace el tumulto, en la medida en que siempre ha soñado con un extremismo que dañe a la derecha democrática, y le falta energía para reprimir a un radicalismo de ultraizquierda en el que al fin y al cabo aspira a pescar algún voto. Pero a estos cafres simétricos no se les puede ir con el flower power, porque te meten la flor por salva sea la parte y además te endosan un estacazo; hay que entrarles por derecho, primero con los guardias y luego en el juzgado. El debate sobre su ilegalización es superfluo por ahora; con la legalidad vigente sobraría para ponerles freno si se aplicase con la determinación necesaria. Lo que ocurre es que en tiempos de elecciones hasta los ríos revueltos son propicios para echar la caña. U EL ÁNGULO OSCURO LA NIÑA MATUTE UI a entrevistarla un par de veces a Barcelona, cuando yo todavía era un pipiolo, coincidiendo con la aparición de su Olvidado Rey Gudú y también con motivo de su ingreso en la Academia. Ana María Matute vivía muy cerca del parque Güell, que tenía algo de selva chinesca o pabellón de caza de Fu- Manchú; me recuerdo paseando por aquel parque con una novia o amiga barcelonesa, Noemí se llamaba, tan envenenada de literatura como yo mismo, trémulos ambos porque íbamos a conocer a la dama del pelo blanco. Ana María Matute llevaba por entonces algo así como veinte años sin publicar, veinte años enfrascada en la escritura de una historia interminable que, según contaba la leyenda, transportaba en un carrito de la compra por aeropuertos y estaciones de trenes. También se contaba que durante esos veinte años se había zambullido en las negras aguas de la angustia, que había estado tentada de callar para siempre, que al fin había encontrado en el bosque de la imaginación una cabaña con la luz encendida, una cabaña para refugiarse de los zarpazos del invierno, donde las palabras volvían a crepitar como pavesas de júbilo. Yo había leído casi todos los libros JUAN MANUEL de Ana María Matute, en los que siempre DE PRADA había un meollo de pureza intacta, como si su autora- -al igual que sus personajes- -hubiese logrado resistir numantinamente a los desengaños y corrupciones de la edad, a la acechante fealdad de un mundo que no le pertenecía, que no lograba ni siquiera rozarla. Ana María Matute acababa por entonces de pegarse un trompazo y caminaba con ayuda de una muleta. Creo que desde entonces nunca ha dejado de pegarse trompazos y costaladas, tozuda en su afán por seguir el dictado del alma, antes que el de los huesos. Las abolladuras de los años, paradójicamente, no hacían sino resaltar la infancia de su espíritu, lo mismo que aquel hermoso pelo blanco que llameaba en su cabeza, como una antorcha invicta. Andaba por aquella época muy ajetreada y requerida; y a todas las peticiones y embolados decía que sí, con esa resignada delicadeza de quienes no se detienen a con- F siderar el provecho propio. Las entrevistas que le hice me quedaron mejor que ninguna otra, porque en sus respuestas había siempre una transferencia vital, un ímpetu de darse entera. Era a la vez jocosa y melancólica, efusiva y ensimismada, sarcástica y sentimental, con un fondo de ternura y de picardía que cabrilleaba en sus ojos; todo lo miraba desde una perspectiva nueva, a través del cristal de una rara poesía que transmutaba la realidad. Enseguida comprendí que esa mirada nueva era a la vez muy antigua: Ana María Matute miraba el mundo con el deslumbramiento de una niña, y en ese deslumbramiento cabían la perplejidad, la rebeldía, la exultación, el enojo, la timidez, la travesura. Me enamoré de ella a primera vista; creo que en realidad ya me había enamorado de ella leyendo sus libros. Mientras la entrevistaba, un sigiloso gato se paseaba por la casa, dueño de sus dominios. Por un momento, me figuré que ese gato era un emblema de la propia Ana María Matute: pacífica pero nunca domesticada, poseedora de un secreto que los demás mortales no conocíamos, un secreto que permanecía sumergido, allá al fondo de un lago, como un cofre de monedas que no reniegan de su brillo, aunque las hostiguen el cieno y las algas. Ana María Matute había nacido en un pueblo que fue anegado por las aguas de un pantano; y, muchos años después, tuvo ocasión de pasear por sus calles a pie enjuto, reconociendo cada casa, la puerta de cada casa, la cerradura de cada puerta de cada casa. Mientras me contaba la experiencia, tuve la impresión de estarla acompañándola en aquel paseo casi onírico; tuve la impresión de estar asistiendo al desvelamiento de su secreto: Ana María Matute era una niña encerrada en el cuerpo de una anciana; y, mientras hablaba, el velo de la ancianidad se retiraba, como las aguas de aquel pantano, para mostrarme a la niña incólume, una niña que bautizaba el mundo con palabras crepitantes como pavesas de júbilo. Hoy me bebo una copa de Cardhu en tu honor, Ana María. Era el whisky que tomábamos, encendidos ambos como pavesas, mientras te entrevistaba en aquella casa junto al parque Güell. www. juanmanueldeprada. com