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ABC VIERNES 23 s 11 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 69 Hervé Hachuel Director y productor JUDEO- PARANOIA S cierto que muchos judíos vivimos presos de paranoia persecutoria, es cierto que vemos y oímos gestos, actos y palabras que cotidianamente despiertan el espectro dos veces milenario de la muerte, la desposesión, el exilio y la humillación; gestos, actos y palabras que parecemos ser los únicos capaces de descodificar. El fantasma del holocausto pasea sus cadenas en los hogares de los judíos del siglo XXI, y nada consigue que se vaya de una vez al otro mundo, está muy vivo. En las décadas siguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial durante las cuales los judíos de repente fueron los buenos de la película- -fueron dos nada más, hasta la guerra de los seis días- y Rafael Alberti escribía elegías poéticas al estado de Israel, el mundo entero asumió que el antisemitismo estaba definitivamente acabado, enterrado bajo seis millones de inocentes asesinados. Muchos no lo creímos, sabíamos lo de la ley del péndulo, que siempre acabarán siendo los judíos la tierra de nadie humana, la primera que se ocupa cuando vienen maldadas, y que maldadas volverían a darse. el péndulo está claramente volviendo a su lugar histórico, aunque lastrado, o ayudado según se mire, por la culpabilidad colectiva del holocausto; crece exponencialmente, nutrido por hordas de monstruos islamistas o islámicos (nunca recuerdo la expresión políticamente correcta) que sin pudor reviven los mitos más oscuros que poblaban las mentes medievales, el judío- Israel como la encarnación y representación física, y por lo tanto destructible, de todos sus males. Si se quiere utilizar al ser humano para cumplir un objetivo manipulante no hay como proponer un nuevo universo creencial construído sobre siglos de fe preexistente; el cristianismo erigió sus espacios de culto primitivos sobre estructuras previamente sacralizadas en la mente del pueblo, ya fueran templos dionisíacos, incas o aztecas, o sobre estructuras y conceptos intelectuales y filosóficos existentes, véase Aristóteles: se consigue así transferir físicamente el objeto aparente de una expresión espiritual y mental a una nueva propuesta de pensamiento y decálogo teológico. Igual se construyen los nuevos odios, sobre odios antiguos, sobre odios predeter- E Esta vez nos pillan resabiaos, la creencia en el ser humano que contra viento y marea duró hasta la Segunda Guerra Mundial, ha dado paso a un triste cinismo en el que ya se espera muy poco de la humanidad y mucho de la propia defensa minados, prediseñados, pretestados en su eficacia. Los judíos somos y seremos el recurso y la herramienta esencial unificadora en el odio para todo aquel cuya misión marcada tenga que ver con la conquista, el poder, la muerte o la destrucción, hoy, el islam radical, ayer (y siempre) los nazis: si no nos tuvieran a mano tendrían que inventarnos. itler construyó su poder dándole nombre y apellidos a todos y cada uno de los enemigos del pueblo alemán, se llamaban Cohen, Levy o Hatchouel, gracias al inagotable recurso de siglos de argumentos persecutorios, ya sea de la muerte de Cristo, de hostias bañadas en sangre de niños, de mercaderes y prestamistas, de protocolos de Sión u otras joyas de la imaginación colectiva. Con esa sopa o caldo primordial ideológico Hitler desarrolló junto con su cohorte de pseudo científicos sus teorías raciales, notable aporte a los viejos ladrillos del antisemitismo. Reencarnado hoy en Oriente, la bestia ahora se llama Ahmadinejad, ya no usa bigote y ya no dice judíos, mata mujeres a pedradas y cuelga a los gays de farolas multiuso en jubiloso espectáculo público, prepara bombas atómicas sin que ningún bombardero aliado se proponga molestarle, y por decir tan solo dice que eso del holocausto va a ser que no fue, y ya no borramos del mapa a los judíos, no, a esos dice que los quiere, para muestra la aterrorizada comunidad judía iraní, humillada en alabanzas al régimen, a quien hay que borrar hoy del mapa es a Israel, que según él no es lo mismo. Pero lo es. Y la gran mayoría calla, pueblos y dirigentes no dicen, otorgan, alguna razón tendrá... Estamos viviendo una epidemia de Chamberlains, el siniestro buenoide isleño que hizo más por los nazis que todos los stormtroopers de las SA. El perverso y manipulado H Y decálogo en el que se incluye a los israelíes entre los verdugos del planeta y a los palestinos entre las víctimas, es hoy además un rayo en la torre que pretende devolver la vida a una izquierda desprovista de símbolos movilizantes, el pañuelo palestino reemplaza la ya agotada foto de Korda, y los sabios de Sión están ahora todos juntitos en el famoso y ultrapoderoso lobby judío internacional ¿Quién no lo conoce? En cualquier bar de cualquier provincia de España saben sin duda que Beckham se fue a Los Angeles y que los judíos controlan el mundo. Tiene incluso su gracia dentro del patetismo el que resulte difícil encontrar una Herriko Taberna que no proclame en alguna de sus paredes Liberad Palestina no Tchechenia, ni Darfour, ni Tibet, ni Birmania, ni las mujeres apedreadas de muerte en Arabia Saudí, Afganistán, o Irán, ni los familiares forzados a comerse a los suyos en el Congo, ni los homosexuales ahorcados. s Israel, según una cierta gauche agotada de sí misma el verdadero y único verdugo relevante de este planeta, la que es una única auténtica democracia en un mar de horrores absolutos, un minúsculo país casi invisible en cualquier mapa a escala media, donde siete millones de habitantes conviven como en ningún otro lugar del mundo: judíos, musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos, protestantes, evangelistas o coptos, drusos, bahais, zoroastros, rusos, marroquíes e iraquíes, yemenitas, franceses, suecos y daneses... Un país que no sobreviviría más allá de un par de semanas a ninguna guerra sin el apoyo de EE. UU, un apoyo condicionado, un apoyo con precio, como todo lo que se da, y sobre todo un apoyo que durará lo que dure el viento en esa dirección. Al fin y al cabo fue Roosevelt el que no bombardeó los trenes de Auschwitz cuando ya ningún avión alemán entorpecía los cielos. Un minúsculo rincón del planeta, que sólo fue país con David y Salomón, pagado con dos mil años de persecución y muerte, y- -el año que viene ya- -sesenta años de guerra. Israel es hoy el judío Süss, ese personaje oscuro de negras cejas pobladas y nariz desproporcionada, mirada siniestra, siempre soslayada, permanentemente encorvado en el lenguaje corporal de la maleficiencia, retratado sobre un mapa de Alemania, de Polonia o del país que convenga, un pie sobre el cuello de algún pobre niño rubio, y rebosando de marcos, zlotys o maravedís. Süss fue el elemento marketiniano por excelencia del nazismo, pero demasiado anticuado ya para su uso en la mercadotecnia actual: casi todos saben ya que Paul Newman es judío. hora Süss se llama Israel, el niño rubio ahora es moreno de tez olivácea, el mapa al uso es el de Palestina, en vez del guetto de Varsovia, a Israel se le mete en el guetto de las naciones, ya sea desde las patéticas resoluciones de la ONU- -sionismo igual a racismo- -desde la Academia Británica, desde la Liga Arabe o desde los púlpitos intelectualoides españoles, canadienses y noruegos, y desde allí se prohíbe a los israelíes defenderse, más práctico y con mejor imagen que matarles directamente. Llamar racista a un país porque se construyó para dar refugio a aquellos que responden a los parámetros objetivos que, desde su nacimiento, les señalan para morir, para la humillación o para el exilio, no es racismo, es defensa ante el racismo militante. ¿Que dimensión de perversión mental es capaz de equiparar el refugio ante el racismo con su causa? Que el cacareado muro ha salvado ya a decenas de personas de las bombas suicidas da igual, los judíos muertos no contabilizan, con lo que los vivos ni nos lo pensamos, el muro es hoy la muestra palpable de que Süss- -perdón, Israel- -es la encarnación de la perversión absoluta, y la valla de Melilla es, por supuesto, otra cosa, supongo que sobre todo porque no la han levantado unos judíos. Esta vez nos pillan resabiaos, la creencia en el ser humano que contra viento y marea duró hasta la Segunda Guerra Mundial, ha dado paso a un triste cinismo en el que ya se espera muy poco de la humanidad y mucho de la propia defensa. Lo del suicidio colectivo parece que no acaba de convencernos. A E