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ABC VIERNES 23 s 11 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ELEGÍA DEL CONSENSO STA nostalgia de consenso que palpita entre homenajes a los artífices de la Transición no es una vaga retórica de elegancia moral hacia las figuras desaparecidas, sino una suerte de clamor por el retorno del espíritu de la concordia. Detrás de cada elogio histórico a Tarancón, de cada loa fúnebre a Cisneros, de cada añoranza por el retiro brumoso de Suárez, late la melancolía retrospectiva por un tiempo en el que era posible el entendimiento nacional más allá de la furia encarnizada y perruna de estos días coléricos en los que la palabra pacto sufre IGNACIO el destierro oxidado del CAMACHO idioma. No es que cualquier tiempo pasado sea mejor, sino que resulta difícil empeorar esta truculenta atmósfera de división y rabia. Añoramos la Transición, y hasta la idealizamos, porque representa lo que ahora más se echa de menos: una virtud cívica animada por la necesidad del encuentro, un aliento de acuerdo esencial basado en la convicción de una democracia sin descartes ni residuos. La Transición eran Fraga y Carrillo en el siglo XXI, con las manos estrechadas sobre la memoria de Vitoria y Paracuellos, y Abril y Guerra encerrados en el reservado de un restaurante para muñir a golpe de mutuas renuncias una Constitución a la que nadie se sintiese ajeno. La Transición era transversalidad, concierto, permiso, transacción; era lo contrario del Tinell, el reverso de la bronca del Constitucional, el envés de esta obcecada intransigencia partidista que asfixia la vida pública y bloquea el Estado. La Transición era flexibilidad frente a la pertinacia, apertura frente a la exclusión, cintura frente al encono, palma tendida frente a puño cerrado. La Transición tuvo defectos, y problemas, y obstáculos, y no pocas traiciones, pero fue una época en la que el futuro de todos importaba más que el de unos pocos y en la que el respeto al adversario se impuso a la tentación de aniquilarlo. Todo eso lo ha liquidado la arrogancia adanista de un poder cegado por el designio de la refundación, que pretende sustituir el consenso de Estado por alianzas banderizas y clientelismos de emergencia. Un poder que entiende el pacto como un veto político y que pretende volver al cliché encastillado de las dos Españas para perfilarse como el arúspice de un progreso que ha comenzado a tambalearse justo a partir de ese inquietante retorno al maximalismo. Un poder que ha trazado líneas de división para ponerse cómodo al otro lado de las trincheras, despreciando- -o acaso apreciando, que es peor- -el riesgo de acantonar enfrente a la mitad disconforme de una nación fraccionada. De ahí el eco de lamento que resuena en las efemérides mortuorias de quienes supieron abrir caminos de entendimiento y avenencia, como una elegía intelectual por el consenso perdido en una trifulca de vuelo bajoyceñohosco, llenadevulgaridad yhuérfana de generosidades. No se dan cuenta- ¿o sí? -los actores de esta barata función de títeres enardecidos de que con su ruidosa alharaca de garrotes sólo provocan el hastío ante tan zafio y acalorado delirio. E EL BURLADERO LA REFUNDACIÓN DE MAS: FUERA CARETAS RTUR Mas no quiere refundar el catalanismo, quiere refundarse él. Quien de veras tiene un cordón sanitario a su alrededor es la formación que durante veintitrés años acaparó el poder en Cataluña y practicó el sexo oral con el poder central y que hoy, en la soledad de la nada, ve como las bocas abiertas de sus gorriones no encuentran quien las sacie como otrora. Esa es la cuestión, no otra. Ante la desesperada perspectiva de otra legislatura sin protagonismo, sin medallas ni estandartes que presentar al pueblo catalán después de la batalla en las mesetas del Imperio, el líder inestable ha optado por dejarse de eufemismos, disimulos, fingimientos y artificios y mostrar su verdadero rostro a los votantes nacionalistas. Convencido de que las elecciones se van a decidir entre el público que cree que Cataluña es víctima del agravio permanente, Mas da un paso al frente y quiere robarle masa electoral a los mostrencos de ERC, gente a la que odian por haberse instalado en los predios soberanistas que tan bien manejaban los pujoles y compañía. Fuera caretas. Nosotros también somos independentistas, tamCARLOS bién creemos que España es un estorHERRERA bo, también estamos por el derecho a decidir del pueblo catalán y, además, nosotros somos los de siempre, los de la Cataluña de toda la vida, los que hemos construido el país, los que hemos traído la pasta, los que siempre hemos cocinado canelones en Navidad y macarrones en San Esteban, los que hemos subido a pie a Montserrat, los que inventamos el pan con tomate y los que salimos todos los años en los Pastorets haciendo de buenos samaritanos. Los de ERC se ríen por lo bajo: con un mensaje menos confuso, ambiguo, derechoso y burgués han conseguido estar en todos los repartos de prebendas casi sin despeinarse. Son lo que son y todo el mundo lo sabe. Allá quien se junte con ellos. Pero los convergentes no; sintiendo como sienten en su corazón la oxidada llamada del independentismo nunca se han atrevido a dar el paso final A hasta que Mas ha echado cuentas y se ha limpiado con su pañuelo cuatribarrado el aliento en la nuca que lleva el sello del pujolismo. Si Oriolet quiere mi silla que la sude, no le voy a dar ni un metro de ventaja. A por los dos escaños que nos faltarían para ser la única fuerza con la que deba pactar Rodríguez Zapatero si saca unos resultados parecidos a los de hace cuatro años... Siento defraudar a los optimistas congénitos que nunca han querido ver en el nacionalismo moderado de Convergencia los signos inequívocos de independentismo que asoma por sus comisuras. Siento hacerlo porque han sido demasiados años engañándose a sí mismos y mirando para otro lado, dejándose torear con declaraciones en Madrid mientras que en Barcelona agitaban la hoguera de las necedades. Definitivamente se ha roto el sueño: dan el paso al frente y deciden ignorar a la gran masa de ciudadanos que no se deja engatusar por el cuento de la segregación, situando una barrera entre los buenos catalanes y los otros, los sospechosos de colaboracionismo con la opresora marca hispánica. Y lo hacen, además, desafiando la legalidad, proponiendo alternativas ilegales, presionando y amenazando al tribunal que decide qué es constitucional y qué no. Más ha venido a decir que con ellos no valen las reglas del juego con las que jugamos los demás: si los magistrados entienden que algún aspecto de ese estatuto que iba a durar aproximadamente veinticinco años vulnera determinados artículos de la Constitución, habrá que pasar a la acción y llamar al pueblo a la revuelta. ¿Quién es tribunal alguno para corregir lo que ha aprobado poco más del treinta por ciento del pueblo elegido? Con esa maniobra escapista de la realidad, Convergencia se arriesga a perder votos por su sector moderado, que por lo visto lo hay, y a romper su coalición con la Unió de Durán Lleida. Pero en viendo cómo se les escapa el tren del soberanismo, ha forzado el paso para subirse a tiempo. Que nadie se llame más a engaño: la soledad sin el poder ha podido más que su eterna habilidad para el disimulo. www. carlosherrera. com