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64 AGENDA Tribuna Abierta MARTES 20 s 11 s 2007 ABC Carlos Murciano Escritor YUNQIAN O es el nombre de una península que se adentra, decidida, en el Mar de la China Meridional, ni el de un río borboteante que termina hundiéndose- -fundiéndose- -con el gran Yang- tsé. Es sólo el nombre de una niña, que en su lengua madre significa Nube Bella, y que a mí me suena, más que a oriental, al de una doncella sioux, silenciosa protagonista de alguna película del Oeste. Al norte de Vietnam, en las montañas de Hoan Lien, uno de los grupos étnicos allí asentados, el Red Lao, acompaña el nombre de todas sus mujeres con la palabra May, que significa nube: Ta May, Chao Lo May... Pero la nube de esta niña que digo, no viene a ornar su nombre: lo es. Yunqian... En el drama poético de Agustín de Foxá, digno de mayor recordación, HoangTi, el enamorado, dice a la amada que le traiciona- -y que da título a la obra- -que guardará su nombre para reconocerla un día en la negra memoria de los muertos Cui- Ping- Sing... Sonido de campana A mí, el de Yunqian, aún teniendo también cierto temblor campanero, me suena más a yunque, pero no al de hierro acerado, duro y sufrido, que soporta los golpes del fornido herrero, sino a ese otro, de menor tamaño que usan los plateros, y cuyo nombre, tas, han llegado a popularizar los crucigramas. N Es sólo el nombre de una niña, que en su lengua madre significa Nube Bella, y que a mí me suena, más que a oriental, al de una doncella sioux, silenciosa protagonista de alguna película del Oeste perturba mi abundosa colección de búhos, algunos de los cuales la contemplan con sus ojos redondos, más asombrados de lo común. Yunqian es ahora Sofía Yun, y sabe saludar a sus abuelos con un hola, abu Sobre los juguetes, prefiere desde el primer día los libros de cuentos, que hojea atentísima y seria durante largos ratos. Supongo que es por ello por lo que mira como arrobada las estanterías repletas de libros que invaden la casa, y uno, que ha hecho de esos libros casi una razón de vida, no puede por menos que sentirse satisfecho. ay unos versos de Li Po (yo lo seguiré llamando así, pese a las actuales variantes, porque con ese nombre lo he admirado desde mi adolescencia, y en más de una ocasión he escrito de él) unos versos, digo, que acuden ahora a mi memoria: Viento de primavera: no te conozco: ¿Por qué atraviesas mis cortinas de gasa? Me atrevería a aplicárselos, si algo cambiados, a su diminuta compatriota, en la seguridad de que él- -somos viejos amigos, dicho queda- -no se enfadaría: Hija de la primavera; ya te conozco: Y sé por qué has atravesado mis cortinas de gasa Nube de amanecer, Sofía Yun llueve su alegría inocente sobre el corazón de esta casa, que ella se ha apresurado a hacer suya. Miradla cómo va de un sitio a otro, revoltosa, encendida, pequeño vendaval repentino, criaturilla de Dios. H esde el sur de China, desde Guangchang, pasando por Nanchang, Shangai, Amsterdam y Barajas, Yunqian ha culminado su vuelo aterrizando en mi casa. Una de mis hijas se la ha traído con ella para siempre, después de todo un lustro de pacientes gestiones. No ha cumplido aún dos años, pero, despierta y vivaracha como es, recorre la casa y husmea sus rincones, curiosa infatigable. Le digo nijao Ho- D la tal se pronuncia en su lengua) y sonríe: lao ye ai ñi abuelo te quiere y clava en mí sus ojillos de ratona lista, como preguntándose si en verdad soy su abuelo y la quiero. Y creo que acaba admitiendo que sí, porque corretea, gozosa, por el pasillo, hurga entre las palomas de cerámica que pueblan una mesita pato es la primera palabra castellana que ha aprendido, y pato es para ella todo ser volador) y Lola Santiago Escritora PATERAS UÉ cansancio por las caderas arriba del sueño de los muertos. Qué sino tan atroz el suyo. Buscan la libertad y encuentran el olvido, allá en lo ancho del océano tras días infinitamente largos, inenarrables, tras noches de frío intenso, con sed, con hambre, con sueño, con un agarrón de luna por los labios que no conoce la misericordia humana ni tan siquiera la divina, porque, a veces, la muerte es tan de perros que parece no existir tampoco. Vienen de África, la madre que nos engendró a todos, el continente donde en el alba de la vida se nos dio a luz un día. A nosotros los orgullosos, los listos, los superiores de la escala animal. A los seres humanos que poblamos este planeta que se desertiza, como las pateras en altar mar van quedando limpias de hombres, de mujeres, de niños, de todos los que buscan en Europa un nuevo amanecer lleno de esperanza, en su intento de hallar oportunidades y escapar, así, a una vida miserable. Q P Miramos la televisión, leemos los periódicos, y nos parece que ya son muchos, que basta de legalizar a los sin papeles, y no tenemos piedad porque en nuestra casa no falta pan, ni un empleo, y nuestro DNI reposa en nuestro confortable bolsillo ero la fosa la tienen ya abierta, antes, en este viaje desesperado en pobres barcazas, a veces sin patrón ni brújula. Incierto torbellino de muertos que engalanan un baile de idiotas. El de los cuerdos, los temerosos, los que en tierra les ignoran mirando indiferentes, como tú, a las noticias, a esos rostros oscuros, casi de ébano, caídos, arropados en una manta, tiritando, sufrientes... de pronto la alegría de un niño que nace de entre la nalgas de su madre, negra, rompe la monotonía del dolor, al inaugurar su vida en una playa canaria. Es como saludar a España y a la vida con sus ojos recién abiertos, contrapunto exacto de los que vienen del sufrimiento, de la derrota, de nadar a brazo partido con la desesperación y la desidia, como un canto a la existencia. Es más fuerte siempre, puede más siempre, las ganas de superarse, de vivir, que todas las miserias pasadas o por pasar. De ello son ejemplo estos subsaharianos, pero, a pesar de todo, el canto queda abierto... Ay, puerto de los Cristianos, cuánta soledad y esperanza junta han visto tus ojos; cifras que se desgranan casi a diario, de 100, 80 70, vivos, mientras que un número más o menos grande, de 50, 30, 25, muertos, han quedado en la travesía, tragados por el mar al ser lanzados por la borda para darles otra sepultura que la pensada, que la prevista, años, muchos años después en tierra. Fueron los más débiles, los que no aguantaron todas las penalidades de un viaje las más de las veces agotador, perdidos en el Atlántico, durante más de diez días incluso, con sus largas noches. Ahítos de inquietud y desasosiego. definitiva, más alternativas. iramos la televisión, leemos los periódicos, y nos parece que ya son muchos, que basta de legalizar a los sin papeles, y no tenemos piedad porque en nuestra casa no falta pan, ni un empleo, y nuestro DNI reposa en nuestro confortable bolsillo, y no entendemos muy bien esta desesperación que engloba en realidad una esperanza y, sobre todo, un derecho: el derecho a tener una vida digna y un trabajo con un salario justo, y la libertad de ejercerlo en el país soñado. O allí, más lejos o más cerca, pero donde pueda ser llevado a cabo. Aún a costa de todos los sacrificios. Como la travesía en cayuco, en una débil patera, en medio de la mar, con sólo la esperanza por bandera... y entonces, entonces, no nos queda más remedio que sentirnos avergonzados. Y, poco a poco, pasamos de la pena a la admiración, y el deseo de una vida mejor se abre paso así, sin más, por entre los huesos de los compatriotas enterrados en el fondo del océano, hasta llegar limpio y puro a tus labios de europeo más comprensivo ya. Amigo ya. Y de nuevo solidario. M L os jóvenes lo dicen. Si son repatriados, que es el destino más cierto una vez apresada la patera, volverán a intentar la travesía hasta que consigan su sueño de una vida mejor en suelo europeo. No importa dónde, el caso es vivir con dignidad, escapar a la hambruna, optar a mejores condiciones de vida, a un porvenir en el que brillen otras posibilidades que las vividas de miseria; en