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ABC LUNES 19 s 11 s 2007 DEPORTES 103 EL MUNDO ES UNA HISTORIA CHARLATANES FUERA DE JUEGO Fernando Castro Flórez Momento en el que el guardia Yoel Glitzstein resulta herido por el petardo en plena cancha AFP La otra bomba del básquet El baloncesto israelí entra en shock después de que un petardo amputara dos dedos a un guardia en plena cancha mientras se disputaba un partido POR LAURA L. CARO CORRESPONSAL JERUSALÉN. Tiene por delante unos días más de ingreso, el proceso de recuperación va a ser muy largo... y no tenemos garantías de que, al cabo, vaya a recobrar la movilidad Ocho días después de que un petardo casero reventara su mano derecha cuando trató de retirarlo a toda prisa de la cancha del estadio Malha Arena de Jerusalén, el guardia de seguridad Yoel Glitzstein continúa ingresado en el hospital Hadassah de la Ciudad Santa, pendiente de superar las profundas heridas que sufrió y que le han costado la amputación de dos dedos. Faltaba apenas un minuto para el término del partido cuando Yoel, de 42 años y voluntario del líder de la Premier League, el Hapoel de Jerusalén, -que se enfrentaba en casa con el Hapoel Holon- confundió el proyectil con un papel. Estaba seguro de que era un papel, por eso lo cogí ha dicho desde su cama del hospital. La detonación sacudió el estadio y a miles de aficionados al baloncesto israelí, que a esa hora seguían en directo el partido desde sus televisores. Fue una explosión descomunal... tembló todo el polideportivo y hubo momentos de pánico recuerda Mike Leibowitz, de 13 años, que presenciaba el juego desde la grada. Suerte para Yoel que entre el público se encontraban el director general de la Organización Médica Hadassah y el jefe del Departamento de Cirugía Ortopédica, que se encargaron de atenderle, vendar su extremidad destrozada y ponerlo en manos del doctor Michael Chernofsky. Un cirujano plástico con 25 años de experiencia en Pennsylvania y Nueva York, trasladado a Israel en 2005, que empleó toda la noche en extirpar huesos y ligamentos, asegurar nervios y tejidos, y en transplantar venas del pie a la mano de Glitzstein para recomponer el dañado sistema circulatorio. No sabemos cuánta sensibilidad conservará, -explicaba Chernofsky a mediados de semana- sí confiamos en que funcione... pero tardará un año en cicatrizar Como el baloncesto israelí. Porque si Yoel tiene por delante una larga convalecencia y hay serias dudas sobre su grado de recuperación, el diagnóstico también se puede aplicar a todo el universo que rodea a las admiradas canchas del Estado judío. La plantilla al completo del Hapoel Holon está recibiendo terapia de grupo específica para situaciones de shock tres de sus jugadores están considerando dejar el equipo y el entrenador y propietario del club, Miki Dornsman- -la persona que estaba más próxima a Glitzstein cuando se registró el estallido- no ha dudado en exigir prisión y tachar de terrorista a quien lanzó el petardo. Hay miedo. La Policía ha dado con cuatro sospechosos: un menor, condenado a 30 días de arresto domiciliario, otros dos jóvenes- -detenidos tres días- -más el presunto portador y lanzador confeso del cohete. Yossi Malakh, de 20 años, fan del Holon y que se autodenomina ultraderechista extremo Sólo ha estado cinco días en el calabozo. La Liga israelí, BSL, ha anunciado que parará partidos, cerrará estadios y hará listas negras de hooligans Pero la crisis sólo ha comenzado: Interior se niega a crear un cuerpo especial para custodiar la seguridad en el Deporte y el castigo a los malhechores ha resultado ridículo. Hay granadas de humo y petardos en todos los partidos- -se lamenta el jugador del Holon Avishai Gordon- llevamos diciéndolo mucho tiempo, y nos ha estallado en las narices Cuatro sospechosos lgunos fulanos no callan ni en la ducha. Desde el taxista logorreico y revisionista de la política al profesional de un garito de copas que airea su currículum de crápula, va cimentándose una especie de charlatanismo incontenible. Esta tendencia o vanguardia afecta, no cabe duda, a deportistas de todas las especialidades. Aunque lo políticamente correcto es la actitud circunspecta, el mutismo total o la declaración divagatoria y estereotipada, de pascuas a ramos aparece un desaforado que da al traste con la estrategia de la contención. La máxima perogrullesca de que lo que pasa en el campo, en el campo tiene que quedarse, es refutada por los quejicas, los blasfemos y todos aquellos que no quieren ejercitarse calentando el banquillo o peor aún comiendo pipas en la grada. Pero, más allá de las manifestaciones de narcisismo monumental o de terquedad infantil, destaca el charlatán vocacional, ese que sobre el césped, la lona o el cemento calienta la oreja hasta el infinito y más allá. Johan Cruyff, pegado como una lapa al árbitro, protestando por todo el campo con la melena al viento; Cassius Clay, gritando fuera de sí que era el rey del mundo, y John McEnroe, regando la pista de improperios mientras destrozaba la enésima raqueta, son, en mi modesta erudición, los padres fundadores del charlatanismo deportivo. Estos protestones geniales tenían, la mayor parte de las veces, razón, aunque decían tantas cosas y de forma tan incontenible que parecía que no esperaban ser escuchados. Llegué a pensar que deseaban convertirse en árbitros, comentaristas o, como sucedió con el futbolista holandés, entrenadores. Ahora comprendo que estaba equivocado: su verbo irreductible y devastador revela la pulsión del forofo. Cuando Shakespeare alegorizó nuestro mundo como un escenario con un idiota que agita su furia ruidosa al mismo tiempo que se olvida de lo que A Interior se niega a crear un cuerpo de seguridad para el deporte y el castigo al agresor ha sido ridículo Todo provoca al charlatán, que surge, como setas en la época propicia, ante micrófonos y cámaras quería decir está fijando para la posteridad el registro hegemónico de lo banal. Aunque en el principio fue el verbo eso no supone que tengamos que aceptar la ausencia de un resquicio de silencio. La estupidez es hiperactiva y no conoce freno a su vocación entrometida, le da igual la espesura metafísica que la alineación futbolera o la (falta de) calidad del arte contemporáneo. Todo provoca al charlatán que tiene escenarios innumerables que okupar. Y, además, surgen, como setas en la época propicia, micrófonos y cámaras iluminando aquello que, a nadie se le oculta, es estructuralmente mediocre. Justo cuando el ciclista está a punto de vomitar tras sobrepasar la meta o con el jugador luciendo el torso desnudo en una noche toledana aparece el reportero también dicharachero pidiendo que explique lo que es autoevidente. Los jefazos del deporte están excitados por la falocracia del micro y lanzan, sin rubor, chorraditas. Mr. Vince McMahon, presidente de la World Wrestling Entertainment, suelta auténticos sermones a los luchadores a un centímetro de sus semblantes aterradores, menciona almas podridas incita a la revancha cruel, veja despiadadamente a diestro y siniestro y, finalmente, recibe, como justa recompensa, una patada en los morros. En una época en la que el speaker del Bernabéu es elogiado como si fuera Pericles resucitado, es normal que los entrenadores desplieguen una retórica de bajo perfil y alta visceralidad. Schuster dice que prefiere jugadores casados, Luis Aragonés quiere que sean raciales y para ello está dispuesto a pisar las pelotas de quien sea, Rijkaard, como ha podido ser demostrado gracias a la pericial intervención de un experto en lenguaje de sordomudos, calificó reiteradamente de hijo puta a un rival entregado a la siega de tobillos. De esa polvareda verbal deriva el lodazal barriobajerodeportivo. Panda de inútiles grita en el bello y glacial día madrileño un forofo de la Selección Española al borde de la faringitis. Reina, portero de calva impecable, contesta, sin fruncir el ceño a tomar por culo y luego Joaquín lanza una frase como un centro desde la banda: Calla ya bobo La última proposición del Tractatus de Wittgenstein sugiere que de lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio. La explosión Real en Chile, esa necesidad de que el charlatán se calle por respeto, podría inspirar algún pasaje del himno que nos falta. Con Melendi, sobreexcitado en vuelo, no contéis.