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ABC DOMINGO 18 s 11 s 2007 ESPAÑA 17 TEOLOGÍA Y DINAMITA La nación nos precede; y nos reclama, no porque la hayamos abrazado, sino porque nos ha acaecido venir a la existencia dentro de ella muchísimos alcarreños, preferirían concebir su españolidad como optativa, antes que como obligatoria. El concepto de patria como destino ineludible ha gozado de gran prestancia en determinadas épocas. Verbigracia, aquéllas en que a uno le asignaban el nombre del santo del día en que había nacido. Ahora, por el contrario, se elige el nombre con mentalidad, por así decirlo, consumista. El personal consideraría ofensivo que el repertorio onomástico no incluyera Vanessa o Jonathan aunque en el fondo le tire más Carmen María o Dolores El segundo punto es obvio. Lo que los entrevistados ignoran, es la diferencia entre el mensaje que emiten, y el uso que los nacionalistas harán de él. Para el entrevistado, la consulta referendaria es una cortesía del gobernante. Para el político nacionalista, una coartada para dotar a su territorio del derecho de autodeterminación, con todas las consecuencias que ello implica. Esas consecuencias horrorizarían al votante, si se tomara la molestia de extraerlas. Pero el votante está en sus cosas. O sea, en otras cosas. Conclusión: en orden a que la democracia funcione bien, esto es, a que opere como un sistema de señales sobre las prioridades reales del ciudadano, es necesario también que los partidos funcionen bien. El requisito no se cumple en el frangente español actual. Se suscita, por último, una grave cuestión de filosofía política. En esencia, nos enfrentamos a dos percepciones distintas sobre la naturaleza de la Álvaro Delgado- Gal ace cosa de un mes, un rotativo de Cataluña sacó una encuesta según la cual seis de cada diez catalanes se manifiesta a favor de un referendo de autodeterminación, si bien sólo el 18 apoya la independencia. ¿Cómo interpretar el resultado? La respuesta, en mi opinión, es clara: aunque la mayor parte de los catalanes se sienten cómodos como españoles, muchos saludarían con alborozo la oportunidad de que se les pidiera permiso para seguir siéndolo. Esto me sugiere tres reflexiones. La primera, es que la encuesta habría arrojado resultados no disparejos en La Alcarria. Por supuesto, sólo un porcentaje mínimo de alcarreños anhela la independencia. Pero estoy seguro de que muchos, H Aunque la mayoría de los catalanes se sienten cómodos como españoles, muchos saludarían la oportunidad de que se les pidiera permiso para seguir siéndolo convivencia. Según una de ellas, vivir juntos equivale a vivir asociados, es decir, a vivir voluntariamente unidos. Los modelos contractualistas del Estado, muy influyentes desde el siglo XVII, postulan un acuerdo fundacional entre hombres que se encontraban previamente en estado de naturaleza. Es la estampa que nos propone Hobbes, o que consagra Locke. El que seamos franceses o españoles sin que nadie haya solicitado previamente nuestra opinión, se explica aludiendo a un acto de consentimiento tácito: suscribimos con tinta invisible un documento de adhesión invisible. Hume y Adam Smith se permitieron toda suerte de sarcasmos sobre estos contratos inexpresos. Conforme a la otra visión, que es la tradicional, la convivencia no se elige. En la convivencia, de alguna manera, se está. Una manera de expresar esto, es invocar la nación. La nación nos precede; y nos reclama, no porque la hayamos abrazado, sino porque nos ha acaecido venir a la existencia dentro de ella. Atendamos a los artículos 1.1 y 1.2 de la Constitución. Afirma el primero: España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, etc... Y dice el segundo: La soberanía española reside en el pueblo español, del que ema- nan los poderes del Estado Aquí, el pueblo español aparece como un hecho dado, anterior a la forma política del Estado y al propio Estado. El verbo constituye un verbo de acción, presupone un sujeto prepolítico. A saber, el pueblo, el pueblo español. Podría decirse que la Constitución es voluntarista en su concepto del Estado, aunque no en lo tocante a la identidad del sujeto que lo genera. La recusación nacionalista se refiere sólo a lo segundo, al sujeto soberano. Los nacionalistas no disponen de proyectos políticos interesantes o peculiares. No les aflige la organización de las cosas, sino pertenecer a la identidad primigenia de que la organización de las cosas depende. Estamos en la teología política, no en una discusión sobre las buenas formas de gobierno. Nos encontramos frente algo que, por desgracia, carece absolutamente de solución. El 18 de los catalanes que no quieren ser españoles podría, por cierto, coexistir alegremente con el 82 restante. ¿Por qué? Porque los discrepantes, en promedio, sólo discrepan cuando se les hace una encuesta. Cambia la cosa apenas entran en juego las minorías políticas. A partir de ese momento, la teología se convierte en dinamita.