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ABC SÁBADO 17 s 11 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ZP Y EL PRINCIPIO DE PETER UANDO Zapatero repite eso de que hay cientos de miles de personas que podrían ser presidente -la última vez, en la entrevista nocturna de Buenafuente en televisión- -provoca irrefrenables deseos de preguntarse por qué, entre tanta gente, le ha tenido que tocar precisamente a él. Es como lo de Bogart a Ingrid Bergman, en Casablanca De todos los cafés de todas las ciudades del mundo, tenías que venir precisamente al mío Con esa frase que pretende ofrecer una imagen de acercamiento populista, lo único que consigue ZP es reforzar su sospechosa auIGNACIO ra de accidentalismo, coCAMACHO mo si fuese un casual y ordinario Mister Chance, aquel jardinero simplón y vulgarote encarnado por Peter Sellers que se veía encaramado por azar a la Presidencia de los Estados Unidos. Sus solemnes obviedades, a veces, no se diferencian mucho. Un hombre que alcanzó el poder de forma tan accidental- -y tan trágicamente accidentada- y que lo desempeña de manera tan improvisada y errática, debería poner algo de cuidado a la hora de definirse a sí mismo, y sobre todo a la de valorar el alcance y la importancia de su tarea de dirigencia pública. Ese modo retórico de restar trascendencia a su papel sugiere una profunda banalidad que trivializa algo tan importante como la capacidad para gobernar un Estado. El principio democrático de igualdad lo que garantiza es que cualquier ciudadano pueda en teoría llegar a presidente, no que esté capacitado para ello. De hecho, no sólo no lo está la mayoría, sino ni siquiera algunos de los que pretenden estarlo... ni acaso de los que llegan a serlo. La política no es una actividad trivial, o al menos no lo debería ser. Zapatero lo da a entender a menudo, como aquello de que la economía se aprende en dos tardes o lo de lograr como sea un documento que le saque de un apuro. La política, al menos en su más alto nivel, es un noble e imprescindible ejercicio que requiere preparación, competencia, eficacia, convicción y liderazgo, además de una determinación capaz de transmitir confianza. No basta con el entusiasmo, ni con la ideología, ni con la buena voluntad; eso está muy bien para se concejal, pero para dirigir un país se necesita un proceso de decantación y contraste que garantice cierta solvencia. El presidente y su Gobierno ofrecen ya demasiados síntomas de estar afectados por el principio de Peter (no Sellers, o tal vez sí) ese adagio pesimista que preconiza la tendencia de toda organización a elevar a sus miembros hasta su máximo nivel de incompetencia, para que encima lo confirme de viva voz en un intento de parecer cercano a la ciudadanía. Aunque acaso podría resultar sugestivo tomarle la palabra: sin duda no hay cientos de miles de españoles capaces de desempeñar la Presidencia, pero desde luego puede existir una docena, o media, o al menos uno o dos. Y ahora que se aproximan las elecciones quizá sea un buen momento de comprobarlo. C EL ÁNGULO OSCURO SEÑORA MING ENSÉ, cuando la vi por vez primera, que Josef von Sternberg habría enloquecido si hubiese llegado a conocerla. Pensé también que había algo atribulado y desafiante en su gesto que me recordaba a la Poppy Smith de El embrujo de Shangai y, llegado cierto punto de la noche, mareada por el humo de los cigarrillos que sin cesar fuma, mareada por el eco de los versos que recita sin cesar, los ojos de la señora Ming brillan como brillaban los de Gene Tierney en aquella película. La zozobra de un pájaro caído del nido, el rescoldo de un fuego que apagaron las lágrimas, el zumbido de una abeja que sobrevivió al invierno, el calor del trigo, los lentos crepúsculos, el vino derramado al final de una fiesta, la noche y sus astronomías, la música de las esferas: todo eso está en los ojos de la señora Ming. Y estoy yo, copiándome absorto en cada ojo, sin atreverme a parpadear. El cabello de la señora Ming empezó a encanecer cuando tenía catorce años; y, desafiando los desengaños y corrupciones de la edad, decidió que jamás se lo teñiría. Ahora que cuenta veintinueve lleva la nieve consigo, la nobleza juvenil de la nieve cada vez que asiente o deJUAN MANUEL niega con la cabeza, cada vez que se enDE PRADA furruña o se revuelve furiosa para arañarme. Muchas veces me preguntan por su origen: sólo ella y yo sabemos que nació en los malecones de Hong Kong, hija de un mercader de sedas que le cedió su apellido y de una emigrante irlandesa que soñaba con las verdes praderas de Innisfree. También me preguntan si es condesa; y sólo puedo responder que la he visto pasear descalza por los parques. También la he visto cruzar sonámbula un estanque sin llegar a mojarse, como si levitase; y, después de cruzarlo, la he visto caerse con tanta leve gracia y majestad que más bien parecía que se estuviese reclinando, o tal vez mi ángel la sostuviera en su caída. Al principio pensaba que la felicidad de haberla conocido se disiparía; pero cada día crece un poco más, crece y se multiplica. La multiplica ella con lo que dice, con lo P que calla, con lo que pienso que piensa. La señora Ming me gusta sobre todo cuando calla, porque está como ausente y me oye desde lejos, y mi voz no la toca. Pienso que la belleza del tiempo que estoy a su lado va a estar conmigo para siempre, como un oro que brilla en la oscuridad y me alumbra por dentro. Cuando me deja tomarla de la mano y entrelazar mis dedos a los suyos, que son huesudos y confusos, siento que la absorbente fuerza de fealdad se retrae a nuestro paso, como las aguas del mar se retrajeron para ceder paso a los israelitas, siento que mi vida, tantas veces perdida por delicadeza, se mezcla y entrevera con la suya, cual vid que entre el jazmín se va enredando, y que nada de esa vida se perderá ya nunca. O tal vez se pierda toda, en su dulce amado centro, para salvarse. La señora Ming se parece a la Faye Dunaway de Bonnie and Clyde también a la Cybil Sheperd de The Last Picture Show Como Mallarmé, ha leído todos los libros; y en la alta madrugada escribe versos en los posavasos de los bares, los escribe con una letra picuda y esmerilada, la letra de quienes están borrachos de poesía o de virtud. Los escribe en una lengua llena de guerras y de cantos, un pentecostés de lenguas girando en nuestro derredor, un sínodo de luciérnagas de regiones contrarias que se saludan entre sí y se prestan su llama. A veces yo también me animo y escribimos cadáveres exquisitos en servilletas de papel que regalamos al camarero. Con la señora Ming la noche se llena de hogueras y de mástiles, se llena de espadas y de labios, se llena de pájaros fugitivos que se esconden en las cornisas, temerosos de su nombre de resonancias bárbaras. Yo también tengo miedo de la señora Ming, pero es el miedo de las polillas a la luz, el miedo que las empuja a quemarse en su fuego. La señora Ming camina con un garbo desgalichado, como si a cada paso se quebrase, como si su alma estuviese hecha de añicos que a cada momento hay que recomponer. Yo camino a su lado, para darle la vida que llevo dentro, tumultuosa, ingenua y tan amena como un prado donde retozan los niños. Somos los amantes del saber, juntos entretanto. www. juanmanueldeprada. com