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ABC VIERNES 16 s 11 s 2007 ESPAÑA 19 CHÁVEZ EL INDÍGENA El problema va más allá de llamar a consultas o no al embajador en Caracas. Se trataría de reformular una política exterior en defensa de nuestros intereses sigue en sus trece. El ministro Moratinos, al que se reclaman gestos asegura que hará gestiones Está muy bien lo de las gestiones, no hay duda, siempre que no se trate de reducir las dimensiones del conflicto, por aquello de no querer tener adversarios en ningún lugar del mundo, y se acepte que las divergencias con Chávez no son sólo el resultado de un malentendido o la manía que el venezolano haya cogido al ex presidente Aznar. En toda la política de Chávez, tanto en los gestos como en las gestiones, subyace una ideología que se ha trasladado por ósmosis o por el petróleo a otros países hispanoamericanos. Imagino que esta sola palabra- -hispanoamericanos- -hará alterarse a estos nuevos dirigentes chavistas porque, en la raíz de su forma de ver el mundo, hay un indigenismo que pretende arrasar lo que se podría llamar la América española no tanto por una vinculación con la metrópoli, sino por lo que tiene de pertenencia a los valores occidentales. Para Chávez y sus secuaces el indígena puede ser cualquier cosa, indio o persona económicamente débil (como ya fue definido en el I Congreso Indigenista Interamericano en los años cuarenta) con tal de que represente el objeto de una política antioccidental y alejada de los principios elementales de la sociedad democrática (separación de poderes, garantías individuales, pluralidad ideológica, Estado de Derecho, etc. Germán Yanke obreactuando se puede decir, como se ha dicho, que la culpa de todo lo ocurrido en Chile con Hugo Chávez (y lo ocurrido antes y después) es de Rodríguez Zapatero. Sin necesidad de exagerar en beneficio de la otra parte, creo que se puede asegurar que, al menos, el Gobierno no tiene controlado el asunto ni de lejos. Los llamamientos a la calma, tras el incidente en la Cumbre, han venido acompañados por la retórica de una acción diplomática que ya estaba dando sus frutos y que recompondría de inmediato, aplacando a Chávez, las relaciones con Venezuela. Pero ese personaje que se llama a sí mismo bolivariano nada tiene que ver con el Bolívar amigo de Jefferson y S Objeto, no sujeto Por eso escribo objeto de una política y no sujeto de la misma, ya que la revolución que se propone pretende conducir a los pueblos con todos los tintes totalitarios de regímenes como los de Chávez, Morales, Castro, Ortega y demás. Por eso su vinculación efectiva con otros continentes se termina reduciendo siempre a los gobiernos antioccidentales por lo que ideológicamente repre- sentan, ya estén en Rusia, en Irán y en otros regímenes islámicos o en alguna dictadura asiática. Por eso los ataques a las empresas (españolas ahora, de otros países antes y después, siempre elementos de un sistema de libre mercado) no se refieren a actuaciones concretas, se ataca el concepto Chávez no es un gorila en una cacharrería que, por sus modos bárbaros y estrafalarios, termina tirándolo todo. Sabe muy bien lo que quiere destruir, como lo saben los ciudadanos venezolanos que soportan la persecución por sus ideas y la consideración de enemigo fascista (y las consecuencias de serlo) por defenderlas y las sociedades que no se pliegan a los dictados. El anticolonialismo es siempre, en este escenario indigenista, defensa del colectivismo. La fobia contra el individualismo estás impregnada de nacionalismo integrista. La denuncia de la injusticia, bastan- La firmeza no es sinónimo de prepotencia sino el antónimo de ser avasallados te retórica a juzgar por sus éxitos, jamás se desprende de la imposición por el dirigismo y el control de las economías. Los voceros de los desamparados envían, como Chávez, tanques antidisturbios contra los estudiantes rebeldes y exportan su ideología totalitaria a base de cheques y petróleo. Ahí está el problema Chávez el que asusta a la mayoría de los países hispanoamericanos que (estén gobernados por la derecha o la izquierda) quieren pertenecer a un mundo de valores occidentales y el que se manifiesta con toda esa verborrea antiespañola, como en otros momentos ha sido antieuropea o antinorteamericana. Precisamente por eso, las gestiones de Moratinos no pueden ser sólo el despliegue de una técnica, o la estratagema de dejar pasar el tiempo para enfriar la situación, ni tampoco el recurso al no pasa nada Y el problema va más allá de llamar a consultas o no al embajador en Caracas. Se trataría, más bien, de reformular una política exterior en la que la defensa de nuestros intereses, y de los españoles que viven en Venezuela, sea consciente de los propósitos chavistas. Y consciente también de que la firmeza no es sinónimo de prepotencia sino el antónimo de ser avasallados.