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4 OPINIÓN MIÉRCOLES 14 s 11 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro ARRUPE, TESTIGO Y PROTAGONISTA OY se cumplen cien años del nacimiento en Bilbao del padre Pedro Arrupe, superior general de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1986. Arrupe fue un auténtico testigo del siglo XX, y no sólo en sentido metafórico. Pocos años después de ingresar en la Compañía, sufrió la disolución de la orden por parte de la II República española y el consiguiente destierro. Enviado a Japón, en la estela de Francisco Javier, vivió en aquellas tierras lejanas el desarrollo de la II Guerra Mundial; fue encarcelado bajo la acusación de espionaje y aportó luego lo mejor de sí mismo al servicio de los afectados por la bomba atómica. Elegido prepósito general en una época decisiva para la Iglesia, fue un verdadero profeta de la renovación conciliar como bien expresa el título de la conferencia que hoy pronunciará en Bilbao su sucesor, el padre Kolvenbach. Arrupe llevó al núcleo mismo de su orden la idea de que, para el cristiano, la fe en Dios es indisociable de la lucha infatigable contra las injusticias. Cualquier lectura política de este planteamiento pecaría de simplismo y parcialidad. Se trata más bien de un punto de vista rigurosamente espiritual, que conlleva el compromiso solidario de los creyentes con la realidad de un mundo moderno en el que, a su juicio, un amor eficaz debe estar basado en los postulados de la justicia. Como todo testigo profético, el jesuita bilbaíno fue discutido en su tiempo y no siempre bien comprendido. Solía decir con una expresión muy gráfica que el mundo es un caserío planetario y él mismo procuró siempre anticiparse a los desafíos de su época. Con motivo del centenario se reeditan algunas biografías suyas y, sobre todo, aparecen libros colectivos que investigan en profundidad el significado de esta gran personalidad del siglo pasado. La Compañía de Jesús ha tenido y tiene un papel determinante en la historia de la Iglesia, y es fácil advertir que las exageraciones de uno y de otro signo han impedido muchas veces juzgarla con objetividad. Arrupe encarna en su propia persona la grandeza de una orden religiosa dispuesta a vivir en plenitud no sólo la faceta espiritual del cristianismo, sino también su proyección intelectual y social. Por eso el centenario que hoy se conmemora es un acontecimiento de singular relevancia, en el que se conjugan manifestaciones literarias, artísticas y musicales en homenaje a un personaje singular. Fue un español situado en la primera línea de la historia universal, y es lógico por ello que se consagre a su figura la atención que merece no sólo en su tierra vasca, sino en el conjunto de España. Superadas las polémicas coyunturales, incluido el complejo proceso sucesorio derivado de su enfermedad, es el momento de valorar en sus justos términos la trayectoria vital y espiritual de quien fue, ante todo y sobre todo, un gran hombre de Iglesia. H MÁS PAÑOS CALIENTES A contumacia de Hugo Chávez y de su régimen populista en descalificar la figura de Don Juan Carlos y difamar a España ha encontrado eco, como no podía ser de otra forma, en Fidel Castro, quien ha calificado el incidente provocado por el presidente venezolano durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile como un Waterloo ideológico y mostrado su orgullo por el protagonismo de los líderes populistas de Venezuela, Bolivia y Nicaragua. A todo esto se suma la extensión de los ataques al Rey en los medios de comunicación venezolanos, lo que desmiente el impostado optimismo del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, quien ayer mostraba su confianza en que los gestos que se están realizando por todas las partes normalizarán la situación con Venezuela. Moratinos vuelve así a hacer públicas las razones por las que la diplomacia española se ha visto superada por los acontecimientos, porque si el diagnóstico del titular de Exteriores es que Hugo Chávez está haciendo gestos de distensión, la posición de España es aún peor de lo que cabría temer a la vista de lo ya conocido. No sólo no hay tales gestos de distensión, sino que las reiteradas invectivas de Chávez contra España acreditan lo que se sabía antes de que provocara el enfrentamiento con la delegación española, es decir, que el presidente venezolano iba dispuesto al choque para poner de manifiesto que su revolución bolivariana es incompatible con los usos diplomáticos y las reglas de los foros internacionales. Por tanto, aun cuando el Gobierno español crea tener motivos para no adoptar ahora medidas como la retirada del embajador en Caracas- -que no sería ningún disparate como lo ha calificado el PSOE- lo cierto es que, a medida que pasa el tiempo y Venezuela ni presenta excusas ni cesa en sus ataques, será inevitable una reacción diplomática. Chávez está embarcado en una estrategia de confrontación que alimente sentimientos victimistas con los que pretende reclutar para su movimiento revolucionario el favor popular en Iberoamérica. Un gobierno pasivo como el español no le resulta disuasorio. L Tampoco parece suficiente la explicación de que hay que proteger los intereses de las empresas españolas en la región, pues difícilmente se conseguirá este objetivo si los regímenes de Venezuela, Bolivia y Nicaragua siguen asentando sus discursos en acusaciones permanentes contra esas compañías y esto no les supone ningún problema en sus relaciones exteriores. La inseguridad jurídica no es una hipótesis, sino una amenaza que ya se ha cumplido en Bolivia y que blanden con intensidad creciente Hugo Chávez y Daniel Ortega, porque sus pretensiones políticas- -nacionalizaciones, totalitarismo, restricciones de las libertades- -son incompatibles con la mínima confianza que requieren las inversiones extranjeras. Los propios empresarios españoles han advertido de que las perspectivas pueden hacer inviable su continuidad en estos países, por lo que la política de avenencias que defiende el Gobierno de Rodríguez Zapatero parece inútil para el objetivo que persigue y sólo consigue animar a estos líderes populistas a mantenerse en esta estrategia de crisis continua con España. El PSOE ha respondido a las críticas del PP recordando que Aznar- -cuyo comportamiento está siendo impecable- cuando era presidente del Gobierno, se reunió varias veces con Hugo Chávez. Esta réplica resulta particularmente impertinente, porque aquella relación se produjo en circunstancias y en condiciones muy distintas a las actuales. Por ejemplo, el presidente venezolano, sin dejar de apuntar sus maneras indigenistas y anticolonialistas, apoyó a España en la declaración contra ETA aprobada en la cumbre de 2000, celebrada en Panamá, y entregó, desde 1999, a diversos etarras a las autoridades españoles, con un cambio de política en esta materia muy significativo. Y, desde luego, no consta que Chávez se atreviera a decir ante José María Aznar nada parecido a lo que dijo en la Cumbre de Chile. Las comparaciones no sólo resultan odiosas, sino que, en este caso, además, empeoran la valoración que merece el Gobierno. EL CHANTAJE QUE AMENAZA A FRANCIA L presidente francés ha emprendido una audaz política de reformas económicas que representa además de la prueba en la que muchos otros gobiernos han naufragado antes, el escollo mas importante que ha de superar para sacar a Francia de su esclerosis. Los socialistas- -cuya responsabilidad en la gestión que condujo a la lamentable situación actual no puede ser ignorada- -habían optado por encaminar los cambios en dirección contraria, a través de la introducción de decisiones tan perniciosas como la reducción obligatoria de la jornada laboral. Otros ejecutivos de centro- derecha comprendieron bien cuál era la dirección en la que debían liberalizar las estructuras económicas y modernizar el sistema de protección social, pero sucumbieron ante el embate de las manifestaciones callejeras y las huelgas. Entre unos y otros dejaron que Francia se fuese hundiendo en la crisis. Desgraciadamente, desde hace décadas en Francia la algarabía sindical y estudiantil se ha convertido en una especie de ritual político- folclórico, pero no es razonable que una minoría mantenga secuestrada la voluntad de la mayoría o, peor aún, que impida que un presidente democráticamente elegido pueda poner en marcha las reformas que el país necesita y que ha prometido llevar a cabo. Nadie en Francia podía dudar de que Nicolás Sarkozy emprendió su E camino hacia la presidencia de la República con la determinación de llevar a cabo estos cambios, ni se puede considerar en modo alguno que sea normal que sobre las instituciones se imponga la decisión de aquel que levanta más la voz o de quien hace más ruido en un debate que ya se dirimió claramente en las urnas. El sector más exaltado de los sindicatos de los servicios públicos no debería tener en su mano la posibilidad de chantajear a toda la sociedad, paralizando los transportes, ni tampoco resulta presentable que una minoría radicalizada, frecuentemente organizada en torno a partidos y grupos de extrema izquierda, secuestre la voluntad de la mayoría de los estudiantes, que ya ha mostrado claramente su oposición a las movilizaciones que desde ayer tratan de detener la actividad en Francia. Sarkozy ha obrado con clarividencia al lanzar rápidamente su programa de reformas, antes de que el ejercicio del poder le debilite, y en ese entretiempo también ha tomado algunas decisiones que pueden ser malinterpretadas en las actuales circunstancias, como la de subirse el sueldo. Como todo presidente elegido, su gestión tendrá claros y oscuros, pero lo que no se puede tolerar es que sean las movilizaciones callejeras las que dicten el rumbo de la política francesa. Es el presidente Sarkozy quien tiene derecho a dirigir la política de su país, no los alborotadores.