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52 MADRID Violencia radical en Madrid MARTES 13 s 11 s 2007 ABC Muchas familias con niños se refugiaron en cafeterías y bares al paso de los encapuchados Ayer por la tarde, muchos escaparates seguían sin ser reparados en las tiendas de la calle de Fuencarral Fuencarral, carne de pedrada Decenas de jóvenes procedentes de la concentración en Sol reventaron el domingo por la noche medio centenar de escaparates de esta comercial calle en tan sólo cinco minutos. Desde allí llevaron la violencia a Malasaña, quemando varios contenedores POR CRISTINA ALONSO FOTO FRANCISCO SECO MADRID. La cólera de decenas de jóvenes con las caras cubiertas por pasamontañas o pañuelos sembró el domingo por la noche el caos y el miedo en la céntrica calle de Fuencarral. Procedentes de la concentración que minutos antes había tenido lugar en la Puerta del Sol para protestar por la muerte de un joven en el metro de Legazpi por una reyerta entre dos grupos de ideología contraria, decidieron romper todo a su paso de camino a su próximo destino: Malasaña. Fue cosa de cinco minutos, pero varias personas que los vieron llegar de lejos se metieron aquí para protegerse, sobre todo las familias que habían salido con la sillita de sus bebés o sus niños pequeños de paseo. Había algún grito racista y quemaron varios contenedores. Iban vestidos de forma normal, con vaqueros y cazadoras, pero se tapaban la cabeza con capuchas y demás comentaba ayer por la mañana Miguel, camarero de una cafetería de la calle. La que liaron fue espectacular, parecía que se habían vuelto locos, había dos o tres cabecillas que parecían ir señalando qué es lo que tenían que romper, muchos iban por la carretera explicaba, por su parte, Javier, vecino de la calle que lo presenció desde el balcón de su casa. No me atrevía ni a asomarme porque veía volar de todo y oía cada poco golpes secos añadía. Cada uno de esos estruendos secos era la señal de que una piedra, un ladrillo o una valla acababa de estamparse contra las lunas de varios comercios de la calle. Horas después, los dependientes y demás trabajadores que empezaron a llegar a Fuencarral a partir de las nueve de la mañana para afrontar su jornada laboral se toparon con un panorama inédito. Cuando iba de camino a mi tienda me comentó una compañera que me habían roto el escaparate. Eché a correr y empecé a fijarme en que estaban casi todos los cristales reventados en un montón de locales y a varias personas que se echaban las manos a la cabeza. Yo me encontré con una especie de balazo en una de las lunas. Rápidamente llamé a mi jefa comentaba Fernanda, enseñando con rabia cómo su cristal presentaba ahora un fuerte golpe en una esquina, del que partía una especie de tela de araña. Mira lo que han hecho, te entra una impotencia, una indignación... explicaba, por su parte, Virginia, dependienta de una de las tiendas con las que más se habían ensañado. Desde el exterior del establecimiento aún no se explicaba cómo habían sido capaces de cometer semejante destrozo en el escaparate de su tienda, que ocupa un bajo y un primer piso de la calle. Estos cristales son anti- rotura, carísimos y tienen varias capas. Han tenido que emplear cócteles molotov o algo así porque si no es que es imposible. Ya hemos avisado al se- Cristales anti- rotura guro, que lo cubre todo, pero a ver hasta cuándo tenemos que tener esto así... Es como si los hubieran tiroteado con cañones apuntaba otro dependiente. Los paseantes y compradores no cabían en su asombro. ¿Has visto esto? Pero, ¿qué ha pasado aquí? preguntaba una mujer de unos sesenta años a otra que echaba el agua de una fregona a una alcantarilla. Nada, señora, que hay mucho sinvergüenza suelto, habría que colgarles a todos decía la vecina. Ni cócteles molotov ni cañones. La brutalidad del rastro de estos jóvenes había sido provocada, en gran parte, por la utilización de vallas de obras que, entre unos cuantos, agarraban y estampaban contra el negocio a batir. La elección de estos, aseguraban ayer muchos trabajadores, no había sido del todo fruto del azar. La han tomado especialmente con los bancos, han ido a por ellos con todas sus ganas, y con las tiendas más de renombre, como pueden ser las franquicias. Los negocios más pequeñitos o modestos los han dejado tranquilos comentaba uno de ellos. Algunas de las tiendas enemigas que recibieron la ira de los jóvenes encapuchados fueron Camper, Pimki o Adidas. En total, en toda la calle habría unas cuarenta lunas con desperfectos. La tienda de Gregorio, dependiente de una zapatería, se había librado de la quema. Este hombre explicaba ayer a un paseante qué es lo que había pasado en la calle de Fuencarral. Les dio por guerrear a unos cuantos chavales y fíjate... Por lo visto, el domingo se enfrentaron los nazis contra los no nazis y en el jaleo murió un chavalito comentaba. Es una especie de venganza añadía otro trabajador. Con diferencia, los locales más masacrados fueron aquellos que cobijan a entidades bancarias, gran parte de las cuales, ante la falta de cristal, habían recurrido a los cartones y a la cinta aislante. Una sucursal de La Caixa que hace esquina con la calle de Colón había perdido el cristal de su puerta y los clientes no necesitaban tirar de la manilla para entrar a realizar un ingreso o cobrar un cheque. Simplemente, la atravesaban. Tú fíjate qué imagen de todo estamos dando. Esto va de mal en peor comentaba un hombre mayor que sacudía pequeños cristales de las suelas de sus zapatos. Otro de los grandes perjudicados de la contienda fue un Santander que se ubica junto al metro de Tribunal, muy cerca de un quiosco de prensa. Su imagen era tan dantesca que, incluso, hubo quien posó delante mientras otro le hacía una fotografía con un teléfono móvil. Un enorme orificio se abría en una de las lunas, dando a entender que un gran objeto la había penetrado llevándose consigo gran parte de las persianas metálicas. Debido al agujero, no había necesidad de entrar al banco para hablar con el vigilante que aguardaba dentro. Algo menos de diez piedras, del tamaño de un ladrillo, estaban acumuladas en una esquina. Inmortalizando la escena Pena de muerte a los cajeros Todos aquellos que, ajenos al destrozo ocurrido horas antes, se acercaban a cualquiera de los múltiples cajeros distribuidos por la calle de Fuencarral, se topaban con una desagradable sorpresa. No ha quedado ni uno en pie, es increíble, ¿y de dónde saco yo dinero ahora? preguntaba un joven con la tarjeta de crédito en la mano. Lo mejor es que te vayas a Gran Vía, por aquí, imposible le contestaba un dependiente que se fumaba un cigarro a las puertas de su tienda. Normalmente aparece alguno roto de vez en cuando, pero esto no había pasado nunca. Si es que no hay ni uno en toda la calle, y eso que habrá unos veinte comentaba el trabajador. Con el monitor resquebrajado y faltándoles varias piezas del teclado, nadie se atrevía a introducir la tarjeta en la ranura. Eso lo hicieron con piedras o con un martillo, se rompen en un momento Ahora, a esperar una semana a que nos los arreglen, desde luego, no hay derecho comentaba un vecino de la zona.