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ABC MARTES 13 s 11 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA UNA DIPLOMACIA EN RUINAS España debe estar junto a las naciones democráticas y colaborando solidariamente en la promoción de la libertad, de la justicia social y de los mercados abiertos, porque no hay mejor garantía para la paz que una sociedad internacional formada por gobiernos responsables sometidos al imperio de la ley... A sociedad española está entre atónita, avergonzada y escandalizada por el papel de nuestra diplomacia en el mundo. Empieza a ser normal que el Rey tenga que oír en sus visitas oficiales cosas a las que, afortunadamente, no estaba acostumbrado. Lo ocurrido en la Cumbre Iberoamericana no deja de ser la gota que colma el vaso, la expresión en imágenes de la situación patética a la que hemos llegado. Aquellos a los que injustificadamente se apoya, abandonando nuestro compromiso con la defensa de la democracia, son los que nos acusan de ser demócratas, ellos dicen fascistas y de que nuestras empresas inviertan en sus países, comprometiendo nuestros ahorros con su destino nacional. Todo ello en la cara de quien representa nuestra continuidad histórica, nuestra unidad y nuestros valores. Ese es el premio que recoge Zapatero por vincular la democracia española con movimientos radicales, por ceder a sus presiones sobre nuestras empresas, por regalar dinero del contribuyente español en forma de ayuda a regímenes que ansían acabar con las instituciones representativas. La Corona ha sido expuesta a una situación tan violenta como innecesaria. A la vista de lo ocurrido el primer día de sesiones, el Gobierno debía haber sugerido al Rey su no asistencia, como señal de disgusto y como medida de prudencia para evitar lo que finalmente ocurrió. Una institución tan importante y delicada como la Corona no puede asociarse a espectáculos tan penosos como los acaecidos en Santiago de Chile. Es el Presidente del Gobierno quien tiene que lidiar con esas situaciones, con energía e inteligencia. a Cumbre permitió a Chávez organizar uno de sus números circenses a costa de España, a su juicio quintaesencia de los males que asolan el continente. Buscó el enfrentamiento y lo consiguió, arrastrando al propio Rey a una escena impropia de su condición. Lo ocurrido le ha permitido seguir en primera línea informativa y continuará explotando el suceso. La política de Zapatero en América Latina se ha venido abajo. Ya nadie puede dudar de que jugar a la revolución con bolivarianos y demás calaña no era sólo una frivolidad, era, sobre todo, un atentado contra nuestros intereses nacionales. Con la legislatura casi vencida los resultados de la diplomacia de Zapatero están a la vista. Hemos desaparecido de los foros de decisión para acabar de la mano de tiranos y corruptos de distinta condición. Los intereses nacionales han sido abandonados en pos de iniciativas tan mal fundamentadas como peligrosas. Nuestra autoridad se ha esfumado tanto en Iberoamérica como en Europa. De Washington para qué hablar. En el Mundo Árabe hemos caído en brazos de los regímenes más peligrosos, para escándalo de nuestros amigos tradicionales en la región. El daño ocasionado es tan grande que tardaremos muchos años en recuperar una parte considerable de lo perdido. No es realista pensar que podamos volver a gozar de la influencia que teníamos antes de la llegada de Zapatero, porque hemos mostrado al mundo has- L ta qué punto estamos divididos y, por lo tanto, nuestra inconsistencia como aliados. La regeneración de la política exterior de España sólo puede llegar del Partido Popular. Una victoria electoral de Mariano Rajoy es la conditio sine qua non para poner fin a este desastroso período de nuestra historia nacional caracterizado, como recientemente señaló Esperanza Aguirre, por el intento de enfrentar a unos españoles con otros, de reabrir profundas heridas en la memoria colectiva. Una derrota del Partido Socialista llevaría a la defenestración de sus actuales dirigentes y a un cambio de estrategia. Sólo entonces cabría esperar una vuelta a la cordura. a política exterior española ha carecido durante años de una argumentación pública, de un discurso comprendido y asumido por la población. Éste es el momento. Rajoy tiene la oportunidad de ofrecer a los españoles un programa de política exterior que nos ayude a entender cuál es el papel que queremos jugar en la escena internacional y a recuperar parte del protagonismo perdido. Una tarea que sólo se comprendería plenamente dentro de otra de mayor calado: la reconstrucción de la identidad española. Un reto que Rajoy ha asumido, lo que millones de españoles le agradecemos. Sólo sabiendo quiénes somos podremos definir cuáles son nuestros valores, nuestros intereses y el papel internacional que queremos desempeñar. España es un todo. No basta con tratar de restablecer su organización territorial o combatir con firmeza y desde la ley el terrorismo independentista, hay que afrontar la reconstitución nacional desde todos sus flancos. La política exterior de una nación democrática sólo puede fundamentarse en su historia y valores. No somos un estado recién constituido, sino uno de los más antiguos de Europa. La experiencia y las vivencias de siglos están presentes, pero tamizadas L L por los valores y sentimientos de los españoles de hoy. Una síntesis que está recogida en el texto de nuestra Constitución. España es una nación democrática, que cree en los derechos del individuo, que se siente solidaria con quien lo necesita, y que es parte consustancial de Occidente. La dimensión internacional de España debe estar imbuida de estos principios. No podemos alentar ni quedarnos de brazos cruzados ante regímenes dictatoriales de ningún signo. Es inaceptable, e incomprensible para nuestros aliados, que España actúe como embajadora de la Cuba castrista, del movimiento bolivariano de Chávez, del régimen sirio o, peor aún, que se lance a insensatas e irresponsables iniciativas siguiendo la estela y de la mano de Irán. España debe estar junto a las naciones democráticas y colaborando solidariamente en la promoción de la libertad, de la justicia social y de los mercados abiertos, porque no hay mejor garantía para la paz que una sociedad internacional formada por gobiernos responsables sometidos al imperio de la ley. España debe volver a ser un actor relevante en la construcción europea. Tenemos cosas que decir y experiencias que compartir. Fuimos en Europa un socio ejemplar; supimos aprovechar y agradecer las ayudas que nos concedieron; lideramos la reacción frente al inmovilismo en que había caído, reacción que hoy capitanean otros. No es aceptable, más aún es humillante, que España haya desaparecido de las discusiones importantes y haya pasado a ser un socio tan silencioso como obediente. Europa tiene ante sí graves retos y no está claro que los pueda superar. Tenemos que volver a situarnos a la cabeza de aquellos que apuestan por la liberalización económica; por una mejor educación y una superior investigación; por la defensa de los valores occidentales; por una posición firme frente al terrorismo yihadista y a la influencia islamista sobre nuestros conciudadanos musulmanes; por una presencia internacional comprometida con la defensa de la democracia y los mercados abiertos. n Afganistán estamos luchando por la libertad frente al fundamentalismo islamista. El resultado de ese conflicto, como el de Iraq, será decisivo para el desarrollo de otro de más envergadura que incluye a los ya citados: el que enfrenta al islam radical con el mundo musulmán y con Occidente. Siendo consecuentes deberíamos realizar una contribución más generosa y comprometida. Aunque la política exterior y de defensa no suele ser materia de interés fundamental en las campañas electorales, las circunstancias exigen una toma de posición firme, un esfuerzo doctrinal para ilusionar a los españoles sobre un aspecto de nuestra política nacional que se encuentra en quiebra y amenaza ruina. Si Mariano Rajoy no aprovecha esta oportunidad, la España liberal- conservadora habrá perdido una ocasión de oro. No basta con reivindicar el sentido común. Hay que ganar la batalla de las ideas. E FLORENTINO PORTERO Analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES