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82 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 11 s 11 s 2007 ABC Muere Norman Mailer, mago de la provocación El gran novelista falleció ayer en el hospital Monte Sinaí de Nueva York por un fallo renal, después de haber sido operado del pulmón en octubre. Fundador del new journalism con Capote y Wolfe, sus obras sacudieron la conciencia de sus lectores POR J. J. ARMAS MARCELO Hace apenas dos meses escribí un artículo en ABCD Las Letras y Las Artes sobre Norman Mailer, un escritor que se resistió a ser viejo hasta el mismo momento de su muerte, acaecida ayer en Nueva York, en el Mont Sinai Hospital, por un fallo renal. Titulé ese artículo El escandaloso porque Mailer fue, primero que nada, el protagonista de su propia vida y de cuanto episodio bronco y público pasó por ella, una vida rica en peleas, debates, polémicas y aventuras y políticas. Y de historias reales de faldas bastante más turbias que lo aconsejable. Lo digo porque con él siempre iba una punta de escándalo, en cualquier entrevista de televisión, nunca exenta de golpes humor y de puñetazos dialécticos que lo caracterizaron en sus múltiples apariciones públicas. Fue, durante décadas un apuesto cascarrabias, un enfant terrible, un hombre aparentemente duro y rudo que, a veces, hacía recordar las maneras nada académicas de Ernest Hemingway. Al mismo tiempo, una arrogancia intelectual supuestamente parisina (en el fondo, cinematográfica, holliwoodense) impregnó el carácter rudo y la presencia del escritor en cada secuencia de su biografía. Comencé a leer a Mailer cuando tenía veintitrés años y, desde entonces, me ha parecido siempre un testigo incómodo de la mentalidad imperial gringa y un crítico implacable del sueño americano; un escritor que va a sobrevivir a su propia muerte precisamente por haber sido un fotógrafo verbal intratable del siglo más civilizado y al mismo tiempo más criminal que ha vivido en la Humanidad. Como Hemingway, como Faulkner, como Scott Fitzgerald. Como John Steinbeck. Como Dos Passos. Como Truman Capote, como Gore Vidal. Como William Styron. Los desnudos y los muertos (1948) es, como todas sus obras, una fábula cruda en la que describe el absurdo acontecer de la guerra. Moralista a su pesar desde ese novela hasta ahora mismo, Los desnudos y los muertos marcó el camino iniciático de un escritor que hacía de la historia inmediata una novela y de la novela realista una historia que se parecía mucho a la realidad de la historia. Recuerdo con especial agradecimiento a Mailer la lectura de sus Costa Bárbara (1961) Marilyn (1973) Genio y lujuria (1976) donde rinde homenaje a Henry Miller, y la espeluznante La canción del verdugo (1979) que ganó uno de sus dos Pullitzer en 1980. Al estilo de A sangre fría, de Truman Capote, Mailer escribió La canción del verdugo como un alegato contra la pena de muerte. El protagonista de esta novela- reportaje- tragedia es Gary Gilmore, un criminal múltiple que finalmente se negó a ser indultado y murió, como Chessman, en la cámara de gas. Tampoco puedo olvidarme hoy de Los ejércitos de la noche, ¿Por qué estamos en guerra? tan actual para la sociedad norteamericana y todo Occidente, y las monumentales y algo frustrantes y literariamente frustradas El fantasma de Harlot y Noches de la Antigüedad. He escrito en más de una ocasión sobre mis ganas de haberlo conocido personalmente. Sólo conseguí verlo una vez, a media tarde y durante unos segundos, en el lobby del Algonquin Hotel, establecimiento neoyorquino que durante años mantuvo una excelencia intelectual fuera de lo común en los comensales de una tertulia exclusiva de la que Mailer fue mandarín, banderín de enganche y alma de cualquiera de los proyectos editoriales, literarios y cinematográficos que se pusieran encima de la mesa. En uno de nuestros viajes a Nueva York en la década de los 80, fue a recibirnos al aeropuerto Kennedy una muchacha española, guapísima (decíase modelo, aunque no lo era) y amiga de Bryce Echenique. Aquella amiga le dijo a Bryce que esa noche íbamos a tener ocasión de ver, hablar y cenar con Mailer. Sería en el Odeón. Bryce, que iba delante con la muchacha, se volvió alborozado para Barral y para mí. Comenzamos a hablar de Mailer en la limusina, a ver quién había leído más, quién conocía mejor su aventuras y quiénes de la jarca de escritores que nos acompañaban entonces iba a ir con nosotros al Odeón. Por simple intuición, me hice el despistado una vez que llegamos al hotel, el Saint Règis, en la 55 con la Quinta, recomendados por Barbara Probst Salomón. No fui a aquella cena, sino que me marché al Village con el periodista español Pedro Erquicia a ver un inolvidable espectáculo de tres negras gordas vestidas de rojo cantando jazz, mientras en los breves descansos hablábamos intensamente de Marisa Paredes. Al regreso del Village, nos entretuvimos escuchando tocar en un piano blanco al pianista negro del Sain Règis. Yo me quejaba por dentro de haber perdido la ocasión de conocer a Norman Mailer en persona, hasta que en las primeras horas de la madrugada llegaron del Odeón los restos del naufragio con sus quejumbrosas noticias: Mailer no había aparecido en toda la noche, pero por contrapartida se añadieron a la cena demasiadas gentes que no conocíamos. Al final, hubo discusiones, puñetazos y hasta se escapó alguna navaja que no hizo, por simple casualidad, sangre mayor. Y Bryce pagó la cuenta de todo. Todo esa noche había ocurrido como si fuera un suceso que a Mailer le hubiera gustado escribir en Los hombres duros no bailan y que quedó en el aire, para el recuerdo de quienes seguimos deseando viva e inútilmente conocer a Mailer hasta ayer, el día de su muerte a los 84 años de edad, tras una biografía plena de escritor peleón, que fue fiel, en definitiva, al estilo de vida que se había trazado como escritor y libérrimo. Ciudadano del Imperio. Dos veces Pulitzer Norman Mailer nació en New Jersey en 1923, hijo de un contable judío oriundo de Sudáfrica y creció en Brooklyn. Muy interesado en la aviación, estudió aeronáutica en Harvard. A los 25 años, tras su experiencia en la guerra del Pacífico, publicó Los desnudos y los muertos (1948) que fue un gran éxito que le pesó como una losa Se casó 6 veces, tuvo 9 hijos y ganó dos veces el Pulitzer, con Los ejércitos de la noche (1968) y La canción del verdugo (1979)