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ABC DOMINGO 11 s 11 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA LA VOZ DEL VATICANO La Iglesia española debe entenderse con el Estado mediante una fluida y transparente interlocución con el Gobierno. El catolicismo en España constituye una enorme energía, no sólo moral, sino también social, que tiene vocación de transversalidad. El Ejecutivo debe respetar y entender el hecho religioso tratándolo no como una convención privada sino como una variable de la identidad colectiva y como un factor decisivo en las vidas de millones de ciudadanos y familias. Para que eso ocurra hay que elevar el listón en unos y en otros... ON particular y legítima satisfacción, ABC ofrece a sus lectores una inusual entrevista: el Secretario de Estado del Vaticano aborda en conversación con nuestro colaborador Juan Manuel de Prada- -una de las figuras más solventes de la literatura y el columnismo social y político en España- -las grandes cuestiones de la Iglesia. El cardenal Bertone- -antes de su nombramiento como número dos de la Santa Sede, arzobispo de Génova- -se refiere a la personalidad del Papa, a la transparencia de su mensaje, a las polémicas sobre sus discursos e intervenciones, a las siempre delicadas relaciones con el mundo musulmán y a las que mantiene la Iglesia con el Estado, en términos generales, y con el español en particular. Si toda la entrevista constituye una pieza periodística de enorme valor interpretativo, las referencias a España demuestran que desde la sutileza dialéctica y la inteligencia en los planteamientos el discurso eclesial y religioso adquiere una expansión extraordinariamente mayor que cuando queda reducido a una soflama o empequeñecido por la mistificación con afanes políticos y de corto alcance. a afirmación del cardenal Bertone según la cual determinadas leyes aprobadas a instancias del actual Gobierno socialista son una patente contradicción con toda la tradición católica del pueblo español tradición que le ha dado la mayor civilidad y que ha permitido que España sea considerada en muchos sectores un faro de civilidad y un punto de referencia resulta de capital importancia en la medida en que el prelado subraya la descapitalización del acervo cultural y moral de la sociedad española en un mundo que exige determinadas respuesta éticas y de naturaleza trascendente que el relativismo actual no le proporciona. La crítica del Secretario de Estado del Vaticano es, sin embargo, compatible con el reconocimiento de algunos comportamientos gubernamentales que darían indicios de una mejoría en las relaciones bilaterales. Así, frente a determinados histerismos en torno a las recientes beatificaciones de mártires de la Guerra Civil, el cardenal Bertone apunta a gestos positivos del Ejecutivo- -el alto nivel de la representación española enviada a Roma, por ejemplo- -y, sin lugar a dudas, confirma el carácter institucional de la Iglesia al reivindicar los acuerdos entre la Santa Sede y el Estado y subrayar que no tiene sentido en el mundo actual una denuncia unilateral del Concordato, como algunos sectores radicales de la izquierda española parecen pretender. Sostener que las declaraciones del cardenal Bertone a ABC resultan de la mayor significación moral y política para España es una obviedad. No lo es tanto, sin embargo, apoyarse en ellas, en su altura y categoría, en su conocimiento y profundidad, para volver a reiterar la necesidad de que desde la izquierda española beligerante hacia la Iglesia, y hacia las creencias teológicas y morales que predica, C se produzca una seria reflexión acerca del laicismo militante que propugna y facilite un proceso de mayor empatía con el hecho religioso que no puede ser clandestino ni estrictamente privado, sino patrimonio cultural esa civilidad a la que se refiere el cardenal Bertone es la clave de la cuestión- -de una sociedad aconfesional y libre pero respetuosa con su identidad. S L i las reflexiones del Secretario de Estado vaticano deben procurar una suerte de estímulo intelectual en la izquierda radical- -la hay, no radical, que convive con total naturalidad y respeto con la proyección social y pública de la religión católica, mayoritaria en España- también deben llamar a sectores alejados del tono y el propósito que las palabras del cardenal Bertone traslucen. La Iglesia y el Gobierno deben establecer un marco de interlocución que- -como ha ocurrido en el acto de beatificaciones en Roma y sucederá con la creación de tres nuevos cardenales españoles, ceremonia a la que asistirá la vicepresidenta primera del Ejecutivo- -se eleve sobre coyunturas concretas y disponga de la altura y del vuelo institucional que corresponden a la naturaleza de esa imprescindible relación. Uno de los aspectos más negativos de esta legislatura ha consistido en el vuelco, a las bravas, de la jerarquía de valores sociales en España. Desde el matrimonio homosexual- -tan innecesario como justo hubiera sido una normativa que regulase uniones civiles- -hasta la llamada memoria histórica pasando por algunos aspectos lesivos para la libertad de educación en la asignatura llamada educación para la ciudadanía se ha tratado de iniciativas divisoras, radicales, excluyentes e inne- cesarias que, con un propósito nada ingenuo, han apostado por la confrontación. Es verdad que en el devenir social cada vez se plantean más problemas y más preguntas para las que hacen falta soluciones y respuestas. Pero unas y otras han de buscar la integración y la mayor cohesión. En España no ha sido así: cada supuesta solución en determinadas materias ha creado un problema adicional. Y esos problemas adicionales han concernido a la Iglesia católica, que ha expresado, con todo derecho, su opinión crítica. El hecho de que un sector muy reducido de la jerarquía haya incurrido en determinadas sobreactuaciones o en concretos discursos hiperbólicos no deja de ser una anécdota respecto de las cuestiones de fondo, que, tratadas como lo hace el cardenal Bertone, adquieren la verdadera dimensión que su importancia requiere. a Iglesia española debe entenderse con el Estado mediante una fluida y transparente interlocución con el Gobierno. El catolicismo en España constituye una enorme energía, no sólo moral, sino también social, que tiene vocación de transversalidad. El Ejecutivo debe respetar y entender el hecho religioso tratándolo no como una convención privada, sino como una variable de la identidad colectiva y como un factor decisivo en las vidas de millones de ciudadanos y familias. Para que eso ocurra hay que elevar el listón en unos y en otros. Pronto habrá elecciones por partida doble- -en la Conferencia Episcopal Española y generales para unas nuevas Cortes Generales- y aunque de distinta naturaleza, ambos procesos electorales pueden resultar auténticos puntos de inflexión para recuperar un estado de cosas entre la Iglesia y su jerarquía y el Estado y su Gobierno que ha descendido excesivamente en su calidad, se mida ésta como se mida. Si se valoran desde esa perspectiva las muy infrecuentes declaraciones del Secretario de Estado vaticano hoy en ABC, se advertirá que las posibilidades de entendimiento y la claridad en la acotación de las discrepancias permitirían intentar que la cuestión religiosa- -que ha rebrotado en estos últimos años- -regrese al lugar en el que la sociedad española la dejó en la Constitución de 1978: en la aconfesionalidad del Estado- -no en el laicismo- -con la relevancia debida a la Iglesia Católica (artículo 16 de la Constitución) y en el statu quo de unos acuerdos entre el Estado y la Santa Sede de 1979 que deben mantenerse y perfeccionarse. El cardenal Bertone, hoy desde las páginas de ABC, en la mejor tradición de la Santa Sede, tiende la mano para que así se produzcan los acontecimientos sin que ni unos ni otros tengan derecho a obstaculizar un marco de relación entre la Iglesia y el Estado que garantiza esa civilidad que en los últimos tiempos algunos han enajenado. L JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC