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4 OPINIÓN VIERNES 9 s 11 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro FRANCIA SE RECONCILIA CON EE. UU. RANCIA ha vuelto a arrebatar el corazón norteamericano. La visita de Nicolas Sarkozy a los Estados Unidos ha reanudado con apasionamiento la centenaria relación trasatlántica que ha existido entre ambos países. Está visto que Sarkozy no deja indiferente a casi nadie. Allí donde va siempre libera emociones. El pasado miércoles volvió a hacerlo. Esta vez el auditorio fue el Capitolio de Washington. En una hora hizo olvidar la sombra de Chirac y la guerra de Irak. Los dardos de su discurso fueron tan certeros como los nombres que pronunció ante los congresistas y senadores norteamericanos. Uno tras otro fueron taladrando la pantalla de frialdad, recelo e indiferencia del pasado. Elvis Presley y Duke Ellington, John Wayne y Marilyn Monroe, Ernest Hemingway y los astronautas del Apolo XI... Confesar que su educación sentimental es norteamericana fue la estrategia elegida por Nicolas Sarkozy para ganarse a la clase política de Estados Unidos. Lo consiguió con un golpe de audacia, y en apenas unos minutos hizo olvidar el desencuentro y reanudar una alianza bilateral que es imprescindible para la seguridad de Occidente. Después de los fuegos de artificio que son tan apetecidos por los norteamericanos, vino la letra menuda. Pero lo que dijo Sarkozy fue mucho más interesante que lo anterior. Dejó bien claro que Francia va a ser un aliado fiable de los intereses norteamericanos ya que no hay diferencias entre estos y los franceses. La globalización hace que no haya compartimentos estancos ni burbujas de seguridad frente a las amenazas contra la libertad y la democracia que supone la irrupción del totalitarismo islamista. El 11- S fue un golpe dirigido contra los Estados Unidos y las sociedades abiertas. De hecho, lo que es malo para una de ellas es malo para las demás. Por eso Francia no bajará la guardia en sus compromisos occidentales y estará al lado de Estados Unidos y de la Alianza Atlántica. Seguirá en Afganistán el tiempo que haga falta. Considera inaceptable que Irán se dote de la bomba atómica y contribuirá a la paz del Oriente Próximo impulsando la existencia de un Estado palestino que no afecte a la seguridad de Israel. Francia, por tanto, vuelve a la escena política internacional dispuesta a ejercer un papel de liderazgo activo en la defensa de Occidente al lado de Estados Unidos. Su maniobra de aproximación táctica a Washington ha aprovechado el momento favorable que le brinda el horizonte de cambio presidencial que se producirá dentro de un año, cuando se reorienten buena parte de las líneas estratégicas diseñadas por la política exterior de George Bush. A la espera de saber quién será el sucesor, o sucesora, del actual inquilino de la Casa Blanca, Nicolas Sarkozy ocupa posiciones con una proclamación de alianza que quizá le atribuya dentro de unos meses el papel de interlocutor privilegiado de Europa. F COACCIÓN MORAL AL TC L presidente de la Generalitat catalana, José Montilla, ha dado un paso más en la escalada verbal que, desde hace meses, protagonizan los socios del tripartito para intimidar al Tribunal Constitucional y condicionar la independencia de sus magistrados a la hora de resolver los recursos de inconstitucionalidad contra el Estatuto catalán. José Montilla ha incurrido en el dislate de equiparar la estrategia legal del Partido Popular ante el TC con el alzamiento militar de 1936 y la intentona golpista de 1981. El problema es que esta opinión refleja el pensamiento actual de la dirección socialista, convencida de que las instituciones del Estado de Derecho deben ceder siempre ante la voluntad política del Gobierno y del Parlamento, aunque sea contraria a las leyes y a la Constitución. Y, sobre todo, deben no arruinar las leyes estrella de la legislatura. Por eso, Montilla no se dirige tanto al PP como a los magistrados del TC, a los que pretende imponer la coacción moral del riesgo de ser tachados de cómplices de esa supuesta estrategia golpista de los populares si acabaran aceptando su recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto catalán. El acoso socialista al TC sube así de tono de manera temeraria porque asimila el legítimo ejercicio de los recursos legales a un ejercicio golpista, de manera que un fallo desfavorable al Estatuto no sería para los socialistas catalanes un acto de protección del orden constitucional, sino una agresión antidemocrática. Ahora que tan sensible se muestra el Gobierno en exigir respeto a las sentencias judiciales, debería exigir lo mismo al presidente de la Generalitat catalana y a sus socios nacionalistas y de extrema izquierda. Pero Montilla, por desgracia, no ha cometido un lapsus, sino que ha consolidado públicamente una estrategia que sitúa la defensa del Estatuto catalán fuera del discurso legal y la adentra en el terreno de la confrontación entre poderes, como si de antemano el TC careciera de legitimidad para revocar, en todo o en parte, un estatuto de autonomía. No es ajena a E esta presión sobre el Tribunal Constitucional la inestabilidad interna de la institución, atenazada por un cruce de recusaciones que paraliza su pleno en el recurso sobre la reforma de su ley orgánica y por la discrepancia irremediable, por ahora, entre PP y PSOE sobre su próxima renovación, proceso que en esta ocasión corresponde al Senado y que con toda probabilidad quedará aparcado hasta después de las elecciones generales. Por si fuera poca cosa la acometida del presidente de la Generalitat, su estrategia comprende, además de la intimidación directa al TC, una amenaza al conjunto del sistema constitucional, pues Montilla añadió a su inaceptable juicio comparativo entre populares y golpistas, la advertencia sobre el desapego creciente de Cataluña hacia España. Por lo visto, el Estatuto catalán, que reconoce a Cataluña como nación, que establece un modelo confederal, que pone al Estado y a la Generalitat en pie de igualdad, no parece ser suficiente para que, como decían socialistas y nacionalistas, Cataluña quede insertada en el proyecto español. Por el contrario, ese Estatuto que, según Zapatero, iba a terminar con la tensión territorial heredada de Aznar, no sólo no ha servido para este objetivo, sino que ha agravado aún más la situación, pues la amenaza de la desafección catalana viene del máximo responsable de la Generalitat y del socialismo catalán y la realiza cuando más vulnerable es el Estado, en manos de un Gobierno que ha propiciado este proceso de desmantelamiento estatal en Cataluña. El victimismo, tan propio del nacionalismo, ha calado entre los socialistas catalanes y se ha convertido en el argumento para condicionar la independencia de los magistrados del TC, pero también el funcionamiento del Estado de las autonomías, cuya fractura por el Estatuto catalán aún puede agravarse si, una vez más, los nacionalistas, con el sorprendente y lamentable apoyo del socialismo catalán, no arrancan nuevas concesiones. MARRUECOS IMPONE CONDICIONES tráves de un portavoz oficial, Marruecos condicionaba ayer, por primera vez, la normalización de sus relaciones con España a la apertura de un diálogo franco y abierto sobre la soberanía de Ceuta y Melilla. La sutileza aparente del lenguaje diplomático deja muy claro en este caso que el Reino alauí pretende sacar provecho de la situación. Se trata, por una parte, de rentabilizar el enfado reflejado a nivel institucional por la visita de los Reyes a las dos ciudades españolas y, por otra, de aprovechar la debilidad de un Ejecutivo que no sabe hacerse respetar en el ámbito internacional. Por razones que él mismo provocó antes incluso de acceder a la Presidencia, Rodríguez Zapatero tiene cerradas las puertas de la Casa Blanca y juega en segunda división en la Unión Europea, muy por debajo del peso de nuestro país en términos políticos y socioeconómicos. A pesar de anunciar el llamado Plan África el episodio reciente de Chad es otra prueba más de esa ineficacia de Exteriores. En tiempos bien recientes, Rabat ni se hubiera planteado pedir la apertura de negociaciones sobre Ceuta y Melilla, pero ahora se siente con fuerzas para pisar el acelerador de una reivindicación imposible. La españolidad de ambas ciudades es incuestionable desde el punto de vista histórico, jurídico y sociológico, y ha quedado más que demostrada por el entusiasmo popular de estos últimos días. Sin embargo, Marruecos sabe A que la palabra diálogo figura siempre entre las opciones prioritarias para Zapatero y no está dispuesto a soltar la presa sin quedarse con algún bocado. En otras palabras, quiere cobrar en especie el retorno a la situación anterior. Las palabras de la vicepresidenta Fernández de la Vega tras el Consejo de Ministros de ayer demuestran que también esta vez el Gobierno prefiere mirar para otro lado y ocultar los problemas bajo un alarde de optimismo superficial. No es verdad, en efecto, que las relaciones entre ambos países sean excelentes, y que todo se arregle con una nueva dosis de retórica vacía. Acaso Rabat pretende condicionar la vuelta del embajador a un gesto del Gobierno español que en ningún caso se puede ni se debe producir. Zapatero ha podido comprobar que no le ha servido de nada su postura obsequiosa sobre el tema del Sahara y su preferencia tan evidente hacia Marruecos, que le ha valido la enemistad sin matices de Argelia. Le guste o no, la política exterior no funciona por premisas ideológicas ni con buenas palabras carentes de contenido. Con un presidente que rehúye siempre que puede las cuestiones internacionales y con un ministro de perfil bajo, nuestra diplomacia sigue dando tumbos hasta llevar a España a una preocupante pérdida de influencia en esta compleja sociedad global. Marruecos lo sabe y trata de apuntarse ahora una baza insospechada como medio de presión.