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ABC MIÉRCOLES 7 s 11 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LOS NUESTROS N un momento en que crece de modo inquietante el número de ciudadanos que, siendo españoles, desean dejar de serlo, el entusiasmo con que ceutíes y melillenses afirman su españolidad produce una simpatía conmovedora y hasta tierna por lo espontáneo de su expresión, hija de un largo y justificado sentimiento de desamparo. Y no porque se trate de una eclosión de nacionalismo barato ni de sentimentalismo patriotero, sino porque al reclamarse españoles están proclamando su orgullo de pertenencia a una sociedad democrática y abierta, luminosa y moderna, y reivindican con ello su ciudadanía de un Estado de Derecho bien distinto del régimen feuIGNACIO dal que al otro lado de las CAMACHO vallas les mira con codiciosa mirada anexionista. Ser español no es ni mejor ni peor que ser sueco, u holandés, o británico, aunque a menudo muchos hayamos tenido la tentación de desear ser de otra parte, de cualquier nación menos agitada por los demonios del cainismo, la barbarie o la simple estupidez colectiva, tan frecuentes en los recovecos de nuestra Historia, como certificó con lírico pesimismo Jaime Gil de Biedma. Pero desde hace algún tiempo, desde que la convicción de la democracia enderezó la trayectoria torcida de nuestro destino común, España se ha convertido en un razonable ámbito de convivencia del que podemos mostrarnos, si no orgullosos, al menos sí sensatamente satisfechos. Ocurre que la costumbre desemboca en rutina y la rutina en hastío, de tal manera que se nos olvidan los fracasos y desdeñamos el éxito objetivo que históricamente supone una larga etapa de concordia civil y política. Por eso no es casualidad que surja un cierto orgullo nacional cuando el experimentalismo temerario de este Gobierno adanista compromete la cohesión tan trabajosamente lograda, ni que símbolos como la Corona o la bandera se conviertan en objetivos a defender cuando resultan puestos en cuestión; no se defiende tanto el concepto abstracto de una patria cuanto su carácter de marco de libertades y de progreso. Por eso también los habitantes de Ceuta y Melilla se envuelven en la marea rojigualda cuando los Reyes los visitan para dibujar en el imaginario colectivo un mapa completo de la nación española. Situados en la encrucijada física de dos mundos, el de la libertad y el de la opresión, el de la modernidad y el del medievo, eligen abierta y conscientemente su pertenencia a una comunidad de ciudadanos frente a una de súbditos. Y en esa elección no participa sólo la población de origen europeo, sino gran parte de su contingente africano que conoce por experiencia la ventaja comparativa de estar a uno u otro lado de la débil frontera. Los demás españoles tenemos el compromiso ineludible de amparar esa opción inequívoca igual que defendemos el derecho de los vascos amenazados por el delirio excluyente del nacionalismo étnico. El alborozo de ceutíes y melillenses no es un brote de rancio españolismo de pandereta, sino un clamor para que a este lado del Estrecho nadie olvide que ellos también son de los nuestros. Aunque a veces parezca que nosotros no sabemos bien quiénes somos. E EL RECUADRO YO QUIERO SER CABALLA A lluvia en Sevilla no es ninguna maravilla. Maravilla, maravilla, lo que se dice maravilla, con los tiempos que corren, si es que quieren reciclar la rima, los Reyes en Melilla. O en Ceuta. En la España más España. Maravilla... y envidia. Me ha dado envidia de Ceuta, achares de no vivir al pie del Hacho. Yo de mayor quiero ser caballa. Pero no caballa gaditana con piriñaca, que tampoco viven malamente, como las mojarritas en la Caleta, sino, al otro lado de la mar de la Cuna de la Libertad, caballa de Ceuta. Los ceutíes se llaman a sí mismos, y a mucha honra, caballas. Y más a orgullo tienen ser españoles. Yo le aplicaría ahora a aquella tierra que una vez me enseñó amorosamente, palmo a palmo, el senador socialista Antonio Rallo, la frase que Blas Infante dedicó a Andalucía: La España más España de todas las Españas -Es menester ver, maestro, que para poder encontrarnos con España tengamos que coger el ferry en Algeciras... Así son las cosas. Si hubiera un Libro Español de los Récords, Ceuta y Melilla deberían figurar con todos los honores. Son las dos únicas ciudades españolas donde puedes sacar tranquila y orgulloANTONIO samente la bandera nacional sin una BURGOS consecuencia y sin una condición: 1. Sin que te llamen facha. 2. Sin que juegue la selección nacional de fútbol. Así nos gusta ver a nuestros Reyes a algunos que somos monárquicos por razones estéticas e históricas: llegando a las ciudades engalanadas hasta la corcha con banderas nacionales, rindiéndoles honores la tropa, sonando la Marcha Real y el repeluco antiguo y alfonsino de El Abanico Y con la gente aplaudiéndolos y vitoreándolos como ya sólo se aclama a los cracks del Real Madrid o a las triples canastas de la selección de baloncesto. ¡Qué maravilla los Reyes en Melilla y en Ceuta! Y qué pena de esta España donde los Reyes, así, ejerciendo de Reyes, ni a soñar que nos echemos pueden ir de visita oficial no digo ya a esos trozos de España que se llaman L Cataluña o Vascongadas, sino hasta un cierto Madrid, porque a la vista está que cuando la Castellana se llenó de banderas de España, a los que las llevaban les dijeron de todo. ¿Será que al igual que una vez, cuando a los de las pateras se les fue la mano y llegaron hasta Asturias fue Covadonga lo único que quedó de España, y como otra vez, cuando los gabachos napoléonicos descubrieron el jamón y el fino La Ina fue Cádiz lo único que quedó de España, ahora lo único que nos queda de lo que entendemos por España son Ceuta y Melilla? Porque han ido los Reyes a esas ciudades, españolas desde muchos antes de Rege Carolo, y se ha mosqueado el primo de Zumosol de la pastela y el cuscús. ¿Y qué? Es lo normal. Lo malo no es que se mosqueen los vecinos de la morisma cuando los Reyes van allá por tierra española, allá por tierra africana, donde un soldadito español de esta manera cantaba... Lo malo es que si los Reyes hubieran hecho eso mismo en Cataluña, el cabreo del siglo se lo hubiera cogido Mojamed Carod. Y si hubieran ido de esta misma manera a las Vascongadas, menuda marcha verde hubiera organizado Mojamed Ibarreche. Qué maravilla de Ceuta, qué portento melillense, que puedas sacar con toda libertad la bandera constitucional de España y colgar con ella tus balcones sin que los vecinos del bloque te señalen como facha y te digan que cuidadín, que a tu hija, la que está colocada en la Junta, puede que no le renueven el contrato... ¿Y la maravilla de los retratos de los Reyes puestos en los escaparates, como en las Monarquías Parlamentarias europeas consolidadas? ¿Y la gente llevándolos en las manos? Pero no para meterles mecha ni candela, sino para agitarlos y, en todo caso, para faltarles una mijita el respeto metiéndoselos bajo el sobaco cuando llega la comitiva regia. Pero no por nada, sino para tener las manos libres a fin de rompérselas tocándoles las palmas. Como que ni Valladolid, como con Felipe III, ni en el Madrid de Carlos III. Yo pondría la capital de España en Ceuta y Melilla. Los meses pares en Ceuta y los impares, en Melilla. Ahí sí que se puede manifestar con toda libertad lo que dijo Pemán en el Himno de Aviación: La gloria infinita de ser español