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20 ESPAÑA HISTÓRICA VISITA DE LOS REYES A CEUTA Y MELILLA EL OPORTUNISMO DE ZAPATERO LUNES 5 s 11 s 2007 ABC Aquel viaje desleal Zapatero, entonces líder de la oposición, quiso hacer de mediador con Marruecos en 2001, en plena crisis, y se marchó sin consultarlo con Moncloa, que le pidió que no fuera. Aquello no tuvo precedentes POR M. CALLEJA MADRID. El 28 de octubre de 2001, Marruecos abría la enésima brecha con España y de forma repentina llamaba a consultas a su embajador en España, que luego tardó más de un año en volver a Madrid. En medio de la crisis diplomática, y saltándose a la torera el principio básico de lealtad al Gobierno y a su presidente, el jefe de la oposición español viajó a Rabat para desenredar las cosas por su cuenta, al mismo tiempo que lanzaba duras críticas al Ejecutivo por no valorar lo suficiente a Marruecos. Aquel político, que apenas dos semanas antes había dicho que no parecía lo más aconsejable realizar el viaje hasta que España y Marruecos vol- a la diplomacia española. Sus palabras sobre la cuestión del Sahara acabaron por desconcertar a todo el mundo en España, ya que contrastaban incluso con la postura tradicional que había mantenido el PSOE. El líder socialista aseguraba que en cualquier solución, Marruecos debe tener una participación central En Rabat estaban encantados con el político español. Finalmente, Mohamed VI recibió a Rodríguez Zapatero, en una entrevista que el secretario general del PSOE calificó de positiva y muy, muy sincera Dando muestras de un talante en ciernes, Zapatero invocó la necesidad de diálogo entre culturas y pidió el compromiso por parte española de conocer la realidad del país vecino y servir de puente a las relaciones Norte- Sur. Quizás en ese encuentro surgió en su cabeza la idea de la Alianza de Civilizaciones Zapatero, que contó los entresijos de la reunión a los medios de comunicación antes que al Gobierno, compartió rueda de prensa con el primer ministro marroquí, Abderramán Yussufi, quien se dedicó a arremeter contra los periodistas españoles. Lo cierto es que aquella mediación de Rodríguez Zapatero no fue nada fructífera. En julio de 2002, Marruecos ocupaba el islote de Perejil. Diálogo entre culturas Zapatero con Mohamed VI en 2001, con un mapa detrás que incluía Ceuta y Melilla en Marruecos vieran a su sitio normal y que de pronto cambió de opinión, era José Luis Rodríguez Zapatero. El insólito viaje de Zapatero a Rabat en un momento tan delicado en la relación de los dos países, cuando cada gesto y cada palabra es medido al milímetro por los gobiernos y la primera norma básica es el cierre de filas con el Ejecutivo y dejar en sus manos la estrategia que hay que seguir, causó malestar en La Moncloa, pero también perplejidad. El Gobierno de Aznar pidió al secretario general del PSOE que no realizara el viaje, al considerarlo una grave interferencia en plena crisis. Pero Zapatero hizo oídos sordos y mantuvo su agenda, ABC que incluía una entrevista con el Rey Mohamed VI, sin consultar siquiera con el jefe de la diplomacia española, que aquel año era Josep Piqué. Así que, sin encomendarse al Gobierno de la Nación, Zapatero se marchó a Rabat. Antes se presentó ante la prensa marroquí como mediador del conflicto y criticó con aspereza MARRUECOS, EL VECINO INCÓMODO Las buenas relaciones diplomáticas no tienen que estar basadas, como me parece que ha ocurrido, en el miedo a hipotéticas o reales amenazas raya en el ridículo, sino que manifiesta, desgraciadamente, el talante de un Gobierno que no defiende precisamente ni las libertades ni la diversidad social y religiosa que se disfruta en ellas por el hecho sencillo de formar parte de una nación democrática. Para exagerar aún más esta sobrectuación se llama a consultas por tiempo indefinido al embajador en Madrid. El Gobierno de Marruecos, que es el Gobierno del Rey más allá que el de las elecciones, utiliza estos pronunciamientos para su política interna, en la que una dosis de victimismo y otra de complacencia con los más radicales nacionalistas se acomoda bien con la reivindicación de Ceuta y Melilla, con el asalto a la Isla de Perejil y una desastrosa política ante la emigración ilegal, una parte de ella precisamente a través de las ciudades citadas, en las que se han vivido- -como se sabe- -episodios dramáticos. Poner en un brete a España apacigua, al parecer, ciertos movimientos molestos en el Reino norteafricano. Una actitud, por cierto, que ha contado con una red de protección muy particular ya que, durante ya demasiado tiempo, se ha entendido que las relaciones entre los vecinos, más que buenas, deberían ser complacientes. Para no molestar a Marruecos se han evitado reacciones a numerosas declaraciones o determinadas políticas que, sin duda, lo merecían. Marruecos ha sido el peligro que se ha tratado de anestesiar, el lugar en el que se disputaba la batalla económica de muchas empresas españolas y en el que se batalla por una influencia que, de un modo u otro, parece que gana Francia. Sarkozy se ha plegado más abiertamente que España a los planes de Marrue- Germán Yanke L os países no se inventan con tiralíneas, los hacen la Historia y la voluntad de los ciudadanos. Por eso resulta un tanto enervante y un poco más absurdo que el Gobierno de Marruecos proteste tras el anuncio de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla. La única descripción cierta que puede hacer Marruecos de esas ciudades es- -desde todo punto de vista, salvo el del expansionismo nacionalista- -que están al lado de su país, nunca que son su territorio Añadir, como ha hecho el primer ministro El Fassi que son ciudades expoliadas no sólo cos en el Sahara (otro ejemplo de que lo que está al lado se quiere tomar como propio) pero no con menos sorpresa que en nuestro país, en el que, lamentablemente, se ha venido modificando de hecho una política de larga data obligada por las resoluciones internacionales y por la deuda de España con una antigua, en este caso sí, colonia. Las buenas relaciones diplomáticas, o las mejores posibles, no tienen que estar basadas, como me parece que ha ocurrido, en el miedo a hipotéticas o reales amenazas. Ni a ocultar, y así no resolver, las discrepancias y los problemas. Repárese, por ejemplo, en las diferentes reacciones ante la voluntad del juez Garzón de procesar en su momento a Augusto Pinochet y ahora a trece altos cargos de Marruecos por presuntos delitos de genocidio y torturas en el Sahara. No me refiero en este caso a los Gobiernos españoles, sino a una buena parte de la opinión pública que, al margen del parecer sobre el contenido de los autos, insistía en el primer caso en los aspectos procedimentales de una justicia universal y, en este de Marruecos, en la re- acción que pudiera ocasionar en Rabat. Es evidente que las instituciones españolas han estado en el mismo escenario que buena parte de la opinión pública. Y que Ceuta y Melilla lo han padecido no sólo desde el punto de vista protocolario. Por eso, la visita de los Reyes no sería exactamente, como dice el Gobierno, una muestra de normalidad sino de vuelta a la normalidad, que más que lo común es lo ajustado a las normas. Y a la normalidad interna debe seguir la exterior, alejada de una retórica de magníficas relaciones que es una y otra vez desmentidas por las frases y los hechos. Las correctas relaciones entre dos vecinos deben ajustarse a la lealtad y al Derecho y si es algo que debe exigirse a todos, más cuidado hay que tener con un país que no es precisamente un ejemplo de democracia ni de respeto a los derechos humanos. Si nuestro Gobierno no se hubiera creído que, con Marruecos, bastaba ser anti- Aznar como si así inclinar la cabeza significara una cosa distinta, a estas alturas la dignidad estaría acompañada por el rigor y el apoyo de la UE.