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ABC DOMINGO 4 s 11 s 2007 ESPAÑA 25 HISTÓRICA VISITA DE LOS REYES A CEUTA Y MELILLA ANÁLISIS La historia sobre la geografía El problema no es la reivindicación marroquí, sino la ausencia de auténtica democracia en Marruecos, lo que automáticamente convierte en dudosa- -por no decir ilegítima- -cualquier reivindicación de su Gobierno Rafael Valladares Historiador ay dos prejuicios, seleccionados entre un elenco bastante numeroso, que contaminan la visión que una gran cantidad de españoles peninsulares e insulares tienen respecto de Ceuta y Melilla (y aclaramos lo de peninsulares e insulares porque los españoles ceutíes y melillenses se hallan bien vacunados contra los errores que pasamos a exponer) El primero consiste en asumir sin más que la geografía- -léase los accidentes naturales -debe determinar las fronteras de un país. Decimos sin más porque si este viejo axioma, típico de los imperialismos de todos los tiempos, estuviera en vigor, mucho nos tememos que habría que rediseñar los límites de buena parte de los Estados de nuestro planeta. El segundo prejuicio, más ceñido a la realidad de las dos plazas españolas del norte de África, estriba en la creencia de que Ceuta y Melilla son sólo los restos (y, por tanto, una enorme molestia) de la malograda experiencia colonial española en Marruecos durante los siglos XIX y XX. El problema pues, que para la España de hoy representa el supuesto contencioso entre Madrid y Rabat a causa de las plazas citadas, se resolvería sencillamente con su devolución a los marroquíes, tal y como se hizo en 1956 con el territorio que formaba parte del famoso Protectorado, del que hoy, por cierto, los españoles de a pie ignoran casi todo pese a la importancia que tuvo para España. Se diría que el estigma de la guerra de África ha proyectado su sombra sobre Ceuta y Melilla con gran injusticia para ambas ciudades y, sobre H Alfonso XIII en su visita a Melilla en 1927, la última, hasta ahora, que ha realizado un Rey a esta ciudad española todo, para sus habitantes. La Historia enseña cuán volátiles pueden llegar a ser los argumentos políticos cuando se confrontan con los hechos. Ante todo, conviene retroceder más de cinco siglos- -para los que sepan contar- -antes de pronunciarse sobre la descolonización de Ceuta y Melilla y antes también, desde luego, de relacionar la naturaleza histórica y jurídica de estas ciudades con la del Gibraltar británico, comparación a la que ningún español bien instruido debe temer. En 1415, la corona de Portugal emprendió una expansión africana cuya primera conquista fue Ceuta, a causa de su papel estratégico en el Estrecho. Después, en 1497, la Corona de Castilla apadrinó al duque de Medina Sidonia para la toma de Melilla en el contexto de una política de constitución de plazas militares en el norte de África que miraba consolidar la culminación de la Reconquista de 1492; se trataba, en otras palabras, de prevenir nuevas invasiones de esta procedencia. Por entonces, lo que hoy llamamos Marruecos no existía como Estado jurídico, sino como una amalgama de tribus generalmente envueltas en guerras intestinas. No obstante, el actual Reino de Marruecos ha creado la ficción de haber sido expoliado entonces, lo que, en sentido estricto, no es jurídica ni históricamente válido. Obviamente, los motivos de identificación entre el Marruecos de hoy y aquellos marroquíes del siglo XV obedecen a intereses políticos orquestados mediante una manipulación de la historia. En 1580, Portugal fue incorporado a la Monarquía Hispánica. Pero cuando en 1640 un sector de las élites de Portugal impuso la escisión de esta Corona con respecto a España, estaba por ver qué sucedería con Ceuta. Sin embargo, la ciudad optó por permanecer bajo soberanía española, sin que haya inconveniente en reconocer que en ello pesó mucho la dependencia que sufría la plaza en relación al abastecimiento que le llegaba de Andalucía. De hecho, este factor había integrado tanto a los ceutíes en la órbita española que cuando Madrid y Lisboa firmaron la paz en 1668 nadie en Portugal lamentó que Ceuta quedara del lado español: antes bien, parecía un problema resuelto. Nació así una comunidad de identidad singular, híbrida de pasado portugués y futuro español, anclada en tradiciones lusas como su patrona, la Virgen de África, o el escudo de la ciudad, donde aún lucen las Quinas portuguesas (cinco escudos azules que forman una cruz) Y es aquí donde se cruza Gibraltar. Al ser este puesto ocupado por Gran Bretaña en 1704 en un acto de guerra, el papel de Ceuta se vio revalorizado por un motivo tan evidente como el de salvaguardar los intereses españoles en el Estrecho, ahora irremisiblemente compartido con nuevos vecinos. La cesión de la propiedad (no de la jurisdicción territorial, que es cosa harto distinta) de Gibraltar a Londres, se hizo mediante el artículo 10 del Tratado de Utrecht en 1713, que es la pieza jurídica que desde entonces regula la posesión inglesa. La diferencia entre propiedad y jurisdicción es, entre otras cosas, lo que permite al reino de España- -que sí era un Estado cuando cedió la Roca a Gran Bretaña- -reivindicar la soberanía gibraltareña. Ceuta y Melilla nos recuerdan a diario que, más allá de buenas intenciones (o ingenuas, que es peor) las fronteras existen y que hay que aprender a vivir con ellas, pero de acuerdo al Derecho, no al capricho de la fuerza. Y junto al Derecho está la Historia, a la que ABC Manipulación de la historia Es la Historia lo que obliga a respetar a una población que ocupa una determinada geografía, aunque ésta no coincida con la naturaleza Las fronteras existen y hay que aprender a vivir con ellas, pero de acuerdo al Derecho, nunca al capricho de la fuerza nunca hay que temer. Entre naciones civilizadas y, por tanto, democráticas, cualquier cambio de límites debe responder al acuerdo, no a la imposición. Madrid y Londres lo demuestran a diario con Gibraltar, donde sólo cabe negociar. Y cuando el resultado no es el deseado, sólo queda intentarlo de nuevo. Pero en el caso de Ceuta y Melilla el problema no es la reivindicación marroquí, sino la ausencia de auténtica democracia en Marruecos, lo que automáticamente convierte en dudosa- -por no decir ilegítima- -cualquier reivindicación de su Gobierno. El resto corre a cuenta de la Historia, pues cuando hablamos de la españolidad de Ceuta y Melilla es de Historia de lo que hablamos. En este sentido, sorprende el lamentable desinterés de los españoles por el pasado de África, nuestro continente más cercano, o el absurdo complejo de culpa primermundista que algunos compatriotas esgrimen como argumento para devolver Ceuta y Melilla a Rabat en una especie de gesto de compensación. No, es la Historia lo que obliga a respetar a una población que ocupa una determinada geografía, aunque ésta no coincida con la naturaleza o con las ensoñaciones nacionalistas. Ésta es la razón por la que España linda con Gibraltar, Marruecos con Ceuta y Melilla y Francia (se nos olvida con frecuencia) acepta el enclave de Llivia en su lado de los Pirineos. Es la Historia y conviene saberla.