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ABC SÁBADO 3 s 11 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA CON UNA MANO A LA ESPALDA Hemos procesado a una treintena de acusados con la mano atada a la espalda de la democracia, los ojos vendados de la justicia, y los oídos sordos al hostigamiento de los falsarios. Se trata de una inmensa victoria en la lucha contra el terrorismo. Una victoria que es nuestra y es de una civilización... NTRE los muchos riesgos que entraña un atentado brutal como el del 11- M, el mayor es que la sociedad que lo padece se permita a sí misma embrutecerse hasta convertirse en la escoria que son sus atacantes. También, como toda crisis, le da la ocasión de ofrecer lo mejor de sí misma: lo hemos hecho los últimos tres años y ha cristalizado en la sentencia de la Audiencia Nacional. A los familiares de los 191 muertos esta afirmación puede hacerles torcer su mueca dolorida a perpetuidad. Ellos perdieron todo o casi todo y tal vez les resulte imposible concebir que el 11- M nos ha perfeccionado, pero así es: las mochilas atentaban contra todos; a los que no nos mató, nos hizo más fuertes. No fuimos los primeros en padecer el terrorismo yihadista. Sí hemos sido, singularmente, el país que supo desde el minuto cero tras el atentado lo que debía hacer. Lo supimos en las horas urgentes: las de donar sangre, transportar heridos, doblar turnos en los hospitales. No dudamos en los tres primeros días, los más aciagos, aquellos en los que, justo es decirlo, hubo gente muy distinguida que falló, pero también millones de ciudadanos que creyeron en sus leyes y su sistema democrático. Lo supieron los forenses y los policías. No hubo razias, malos tratos ni brotes xenófobos populares. Tampoco dudaron los jueces, los fiscales, los abogados, los intérpretes, los periodistas, los miles de funcionarios que han trabajado para que el juicio del 11- M concluyera con éxito. Todos han de ser mencionados: no sólo porque Brecht ya nos puso al tanto de que César llevaba un cocinero en sus campañas, sino también porque la victoria es de todos. Pertenece a esta sociedad que ha esperado confiada la sentencia, es decir, la justicia. La respuesta colectiva ha sido modélica, como lo es la gente modesta que cumple con su deber sin alharacas y asegura: Sólo hice lo que tenía que hacer Sin embargo, se han despilfarrado tantas toneladas de sentido común en el camino de la lucha contra el terrorismo, que haberlo conservado merece un elogio. Antes del 11 de marzo de 2004 había una disyuntiva planteada en todo el mundo: una elección moral con consecuencias legales que estaban resolviendo de forma equivocada otros países. El atentado de Casablanca se tradujo en redadas masivas, el Ejército argelino eligió la crueldad sangrienta, EEUU autorizó la tortura, arrojó a la papelera las Convenciones de Ginebra y abrió Guantánamo. sas actuaciones conforman un tipo de respuesta al terrorismo: la de un Estado ilimitado, desdeñoso con las garantías y la ley, cuyos gobernantes acopian poderes porque han dejado de creer en la presunción de inocencia. No ignorábamos la existencia de esa opción, ¿cómo desconocerla en el país de los GAL? Son las naciones que han visto a sus instituciones deslizarse hacia la escoria que persiguen aquellas de las que cabe esperar la lucidez necesaria en E los momentos difíciles. El juez Barak, del Tribunal Supremo israelí, fue ejemplo de esa clarividencia en una histórica sentencia del año 1999 en la que condenó el castigo físico a presuntos terroristas durante los interrogatorios. Además de sus razonamientos jurídicos, dio argumentos políticos profundos: Aunque una democracia debe luchar con una mano atada a la espalda, tiene no obstante otra mano superior. Preservar el imperio de la ley y los derechos individuales constituye la clave de su concepto de seguridad. Al final del día, ambos fortalecen su espíritu y le permiten sobreponerse a las dificultades alabras que no conviene perder de vista en estos momentos en que todos los países se esfuerzan en comprender con exactitud la naturaleza de la amenaza terrorista para enfrentarse a ella. En Gran Bretaña se ha hablado de que la nueva ley antiterrorista, y ha habido varias desde el 11- S, pondrá sobre la mesa de nuevo el espinoso asunto de alargar la detención sin cargos de los sospechosos de terrorismo más allá de los 28 días que Blair arrancó a los lores. Quienes se oponen piden pruebas de que la prolongación de las detenciones ayude a prevenir atentados. Así ha de ser, pues en la valoración del peligro terrorista debe figurar siempre el gran riesgo al que se enfrentan las sociedades abiertas: la autoderrota. Sobrevendría si cediéramos parcelas de libertad a cambio de promesas de una seguridad que ni las dictaduras logran absoluta. La mano superior de nuestra civilización no es una herencia genética: la repulsa a la tortura, las garantías procesales, la igualdad ante la ley, los derechos que protegen al individuo del poder abusivo, figuran impresos en los códigos legales. Ha costado siglos a la humanidad escribirlos, pero Abu Ghraib nos recordó que P siempre están amenazados, no son indelebles y debemos repasarlos con procesos impecables en las circunstancias excepcionales. Porque es en esa tesitura cuando sobreviene la tentación de arrumbarlos: el vicepresidente de EEUU, Richard Cheney, señaló poco después del 11- S que la guerra contra el terrorismo se regiría por reglas distintas y que las agencias de información estadounidenses tendrían que adentrarse en el lado oscuro para trabajar. El dilema no cogía por sorpresa a nadie en España. Sin embargo, todos supimos que nuestra elección era el Estado de Derecho, una idea a menudo magullada por la grandilocuencia, pero explicada con sencillez por Locke: Donde termina la ley empieza la tiranía Donde termina la ley empieza el lado oscuro. Y con la ley lo hemos hecho. Otros países han celebrado juicios por terrorismo sin pasar al lado oscuro, pero en ninguno han tenido lugar después de la conmoción social de un atentado tan exterminador como el del 11- M. En ninguno la acción de la justicia ha tenido que mantener su escrupulosa actuación al tiempo que se defendía de la calumnia. La iniquidad de estos tres años ha sido esa atroz campaña mediática que, con el apoyo de ciertos dirigentes políticos, se ha desarrollado sin aportar pruebas, sólo despertando sospechas delirantes y extendiendo la mancha de la difamación a quien cuestionara esa actitud. Hemos llegado al final a pesar de las víboras, que con la sentencia terminan de ahogarse en la ciénaga de sus infundios; a pesar de quienes defendían una instrucción ad infinitum para seguir engordando la talega donde guardan su fortuna; y también a pesar de quienes querrían un mundo sin ley, un planeta oscuro en el que todos seamos sospechosos hasta que se demuestre que somos culpables. emos procesado a una treintena de acusados con la mano atada a la espalda de la democracia, los ojos vendados de la justicia, y los oídos sordos al hostigamiento de los falsarios. Se trata de una inmensa victoria en la lucha contra el terrorismo. Una victoria que es nuestra y es de una civilización, igual que Abu Ghraib fue motivo de bochorno para todo Occidente. Pero como el 98 nos legó a los españoles nuestro natural modesto y a temporadas acomplejado, al leer el juez Gómez Bermúdez la sentencia que ha condenado a los culpables y ha absuelto a los inocentes o a aquellos contra los que no había pruebas, no hemos sacado pecho. Sólo hemos erguido la cabeza, para mirarnos al espejo y susurrar serenos: Hemos hecho lo que teníamos que hacer A pesar de que, desde nuestra periferia geográfica y existencial, hoy podríamos mirar limpiamente al mundo entero y afirmar con orgullo: la nuestra sí es una misión cumplida. H E IRENE LOZANO Escritora y Premio Espasa de Ensayo 2005