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64 AGENDA Tribuna Abierta MARTES 30 s 10 s 2007 ABC Miguel Torres Periodista EL HORROR TOTALITARIO N estos días de otoño, en los que cumple el sesenta y cinco aniversario del esfuerzo sobrehumano que hizo el pueblo y el ejército ruso para inclinar a su favor en solo tres meses el resultado final de la batalla de Stalingrado, es estremecedor leer Vida y destino de Vasili Grossman, una de las más grandes novelas de la literatura de aquel país, recientemente editada en España en su versión íntegra y traducida directamente del ruso por Galaxia Gutemberg. Sobre el horrísono, desgarrador fondo de la batalla más sangrienta de la historia, en la que perdieron la vida dos millones de personas entre combatientes de ambos bandos y población civil, el escritor describe los aspectos más abyectos, y los más sublimes, de la condición humana. Con idéntica capacidad a la de otros maestros de la literatura rusa para descender a los infiernos del ser humano, Vasili Grossman compuso una gran sinfonía épica y recreó en un gigantesco friso de más de mil páginas la tragedia humana bajo el totalitarismo, la imposibilidad de sobrevivir a la barbarie nazi y al terror del régimen estalinista. Una coral estremecedora E Vasili Grossman vivió la guerra desde el Volga hasta Berlín como corresponsal de Estrella Roja Vida y destino fue su gran obra, una novela concluida en 1960 que puede compararse a Guerra y paz de Tolstoi que se desarrolla simultáneamente en la lucha, calle a calle, casa a casa, durante más de seis meses, en Stalingrado; en el campo de concentración alemán donde agonizan los prisioneros rusos obligados cavar las fosas a las que serán arrojados sus compañeros fusilados, y después sus propias fosas; en el estremecedor trayecto de ancianos, mujeres y niños a las cámaras de gas; en el campo de trabajo ruso donde, paradójicamente, no hay prisioneros alemanes, sino viejos bolcheviques, mencheviques, eseristas y kadetes aniquilados por la vesania de las purgas de Stalin; en la prisión moscovita de la Lubianka, centro de la demencial represión y purgas de Stalin contra héroes de la revolución obligados bajo tortura a confesarse traidores o firmar de- laciones redactadas por la policía. El dolor, la tortura, la desesperación, el hambre, la delación, la muerte, la soledad. Es la crónica de una guerra no desde la narración de las batallas, sino la del drama infinito, aniquilador, del pueblo que la sufre. Relato pormenorizado de la lucha por sobrevivir a la demencia nazi y al propio tiempo comprobar cómo todo un pueblo se precipita inexorablemente hacia el apogeo del poder estalinista. Stalingrado no fue sólo el gozne en el que giró el sentido de la segunda guerra mundial, la primera derrota de Hitler; Stalingrado no fue solamente el comienzo del hundimiento del mito del genio militar del führer; Stalingrado no fue únicamente el gran rebote de las tropas alemanas contra la pared del Volga y que habría de llevar al ejército rojo, en dos años, hasta el corazón de Berlín, a la toma del Reichtag aniquilado; Stalingrado fue sobre todo el comienzo del imperio soviético que habría de durar más de cuarenta años, la consagración de las purgas iniciadas por Stalin en 1937. Antes de Stalingrado se podían criticar en voz baja y en el ámbito familiar los vicios de una política soviética que se habían traduci- do en una derrota militar en más de mil kilómetros de territorio ruso; ahora sólo cabía hablar de la clarividencia del amo del Kremlin. Una tercera parte de la población mundial vivió bajo regímenes moldeados por la revolución soviética, que se extendió mediante nuevas revoluciones, guerras civiles y étnicas. Vasili Grossman vivió la guerra desde el Volga hasta Berlín como corresponsal de Estrella Roja Vida y destino fue su gran obra, una novela concluida en 1960 que puede compararse a Guerra y paz de Tolstoi. Marxista convencido en su juventud, creyó que comunismo y libertad serían compatibles en cuanto desapareciera Stalin. Pero se equivocó. Intentó publicar Vida y destino en tiempos de Kruschef, pero el texto fue requisado y destruido por Mijail Suslov, el ideólogo del Kremlin. Grossman murió en 1964, con solo cincuenta y nueve años, sin poder atisbar ni de lejos la caída del comunismo y amargado por el convencimiento de que su obra había desaparecido para siempre. Pero en 1984, veinte años después de su muerte, una copia de texto llegó a occidente. Estremecedor relato sobre una etapa clave en un siglo dominado por los totalitarismos gemelos del fascismo y del comunismo, con el propósito de que el mundo aprenda la lección. Lola Santiago Escritora LOLITA E visto recientemente las dos versiones que se hicieron en cine de la inolvidable novela de Nabokob: Lolita. Y tras revisarla lentamente veo que cada una, en su estilo y su ritmo, trata de seguir lo más fielmente posible la novela, es más, incluso llega a transcribir párrafos enteros, y esto se comprende porque no hay mejor guionista que el maestro ruso dado su afán preciosista, convitiéndose en maravilloso estilista del lenguaje, y así se entiende que en sus memorias, su canto a Lo, encarnado en la persona del profesor Humbert Humbert, hombre de mediana edad enamorado perdidamente de esta nínfula, se convierta en el canto a la mujer, por dispar que nos parezca, porque de lo que no hay duda es que toda la novela es un canto al amor y a las esclavitudes que este puede provocar e incluso más allá aún: hasta dónde nos puede arrastrar. En el caso del profesor Hambert H. hasta el asesinato, y Lolita, como niñamujer perversa que es, se ríe, se ríe, no le hace caso, lo subyuga para a continuación chantajearlo y, al final, lo abandona. Sí, mi tocaya, Lolita, es una niña sensual y maquiavélica e, incluso, se nos aparece en la novela, en las dos versiones del cine, de for- H Toda la novela es un canto al amor y a las esclavitudes que este puede provocar e incluso más allá aún: hasta dónde nos puede arrastrar ma manipuladora, usando a la perfección las armas de la seducción como cortesana consumada, con esa pizca de malicia y candor propia de sus catorce años, que le da un mayor atractivo ante su desdichado e infeliz amante, a veces, pocas, satisfecho, según quiera ella, pues su poder sobre él en este aspecto es total. Y ese canto al amor por una niña y sus vaivenes le lleva a la pedofilia; niña, que, además, pasa a ser su hija, lo que hace que su situación moral se agrave pues ahora es su tutor, y todo esto está reflejado a la perfección en ambas versiones cinematográficas. La primera, la de 1962, del gran Stanley Kubrick, perfecta en su contención y dramatismo, en su juego de actores representados genialmente por James Mason en el profesor Humbert Humbert; la madre de Lolita, prototipo de la mujer media americana, encarnada maravillosamente por Shirley Winters y Lolita por una Sue Lyon de atractivos senos, bastante desarrollados para el papel de niña que le toca representar. Dolores es un verdadero tormento para su amante, al ver que ella juega con él, le miente, hace su voluntad, en definitiva, se le escapa de las manos, para acabar huyendo con su rival, un dramaturgo que ya la conocía: Peter Sellers, que resulta como actor bastante histriónico. La segunda versión, la de Adrián Lyne, de 1997, es más armónica, menos dramática, si se me permite decir esto de una obra cien por cien dramática, inclusive el protagonista Humbert Humbert sufre menos, hasta podemos decir que hay etapas en que se divierte; su sufrimiento se condensa más al final, siendo más llamativo que el de James Mason, más artificioso, pero no más denso. Aquí se ve la muerte de su rival, paso a paso, bala a bala, centímetro a centímetro de su cuerpo, acabando en un baño de sangre en la cama blanca e impoluta. Pero el dramatismo es menor, inclusive hay como una mayor empatía del protagonista, Jeremy Irons, con la niña, Dominique Swain, que aquí es más niña en todos los sentidos, de carácter y de cuerpo. Sí, entre ellos hay como una cierta complicidad que permite juegos, miradas, besos, e incluso hacer el amor de manera explícita. Estamos ya a finales de los noventa y esto, cinematográficamente hablando, posibilita la expresión del sexo en la pantalla, que se nos hace casi necesario para entender mejor la relación. Y nos sirve para ver también el sentimiento de dolor placer continuo, que es la dicotomía en que se mueve el protagonista o narrador de la acción, aunque ésta gire continuamente sobre el universo de su amada Lola, a la que dedica las palabras, las frases más bonitas, más llenas de sentimiento de toda la literatura amorosa del siglo XX, pues toda la obra es una continua búsqueda de ella a través de ella, teniéndola siempre como único centro. Era lógico el final terrible, desolador, de esta obra, y hasta el autor parece querer llevar más allá la acción dramática, al señalar con una breve nota la muerte de ambos, ocurrida pronto y con poco tiempo de intervalo, como si aún en la distancia un destino maléfico los empujara a compartir fechas, muerte, incluso esta casualidad es el más triste epitafio para Humbert Humbert que la amó hasta la locura, para Dolores que quiso rehacer su vida lejos de él y sólo halló la muerte. Así el destino de ambos se interrelaciona de nuevo, llevándoles fuera ya de esta vida, a compartir la otra le guste a Dolly o no le guste. Sí, su destino ya estaba, antes de nacer, literariamente trazado, para hacer de ellos dos perfectos amantes del siglo XX, uno: amando sin amar; el otro: amando hasta morir, pero unidos por siempre a pesar de ellos mismos. De aquí la grandiosidad de la obra, que se alza sobre los meros límites del amor, con anécdota incluida, tomando tintes épicos para llevarlos a traspasar, juntos, las puertas de la gloria. O del infierno.