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ABC DOMINGO 28 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CUANDO LE FELIPE LLAMÁBAMOS E EL RECUADRO CATALUÑA, ¿TERCER MUNDO? UBO un tiempo, hacia 1970, en que muchos envidiábamos a los barceloneses, por aquel clima de libertades que en los años finales de la dictadura se respiraba en la Ciudad Condal. Y hay un tiempo, ahora, en que hay que sentir todo lo contrario: alegrarse de no vivir en Barcelona. Entre otras cosas porque tras unos años de no verle ni la matrícula, ya no sabemos siquiera si eso de decir Ciudad Condal es políticamente correcto o si es un signo de lo peor que le pueden a uno acusar allí: de españolismo. Evoco aquellos lejanos octubres en que el viejo José Manuel Lara nos invitaba al fallo de un premio Planeta que entonces no era lo que es. El Planeta era despreciado por la crema de la intelectualidad y la pomada de la progresía. El premio de prestigio era el Nadal, y las novelas que había que leer, las que publicaba Carlos Barral. La anual visita de cronistas del Planeta nos permitía a algunos provincianos saborear las mieles de europeísmo de aquella Barcelona abierta, culta, tan suya, tan orgullosamente burguesa, tan valedora de sus reivindicaciones todavía regionales, en las que te encontrabas la bandera de las cinco ANTONIO barras hasta en las cajas de cerillas del BURGOS Drugstore del Paseo de Gracia, templo, junto con Bocaccio, de madrugadas de sueños de libertades, de veneración de la narrativa hispanoamericana y de lectura de venecianos novísimos poetas a los que no se les caían los anillos por escribir en castellano. Me acuerdo ahora de aquella Barcelona que aún era ciudad de los prodigios, con Manuel Vázquez Montalbán haciendo lírica de su Barsa, con Salvador Paniker yendo a Madrid a arrancar conversaciones sobre la democracia y con los cantantes de la Nova Cançó invitándonos a tirar de la estaca, que como no fuera la estaca que nos encontrábamos en cada cigarrillo de nuestro paquete de Celtas, no sé qué estaca íbamos a abatir a base de cubatas de ron y ligues con una de Bandera Roja que traducía a Susan Sontag. ¿Existió alguna vez aquella Barcelona que tomába- H mos como modelo de la España que había de ser? Si existió, ha fenecido. Basta oír a Albert Boadella, con lo que en aquellos entonces era, para comprobar que todo aquello de la Asamblea de Cataluña, los Capuchinos de Sarriá, las mesas democráticas y la crítica de Robert Saladrigas a nuestros primeros libros en las páginas de Destino fue un sueño. Aquella Barcelona nos recibía a todos con los brazos abiertos y la sentíamos nuestra. Como en el bolero, ya todo aquello pasó, todo quedó en el olvido. La tierra más abierta de las Españas se ha convertido en la más cerrada y excluyente. Ya no son escritores catalanes los que van representando a España a la Feria de Fráncfort, sino que les niegan el pasaporte de catalanidad a los que osan escribir en castellano. Antes se sentía uno como en su propia casa en aquella Barcelona del alborear de la democracia y ahora todo es cerrada oscuridad nacionalista, aldeana y cateta. Y encima, la otra cara de la moneda: si Felipe González decía que el cambio es que España funcione el Estatuto soberanista que pisa la raya de picadores de la Constitución debe de ser que Cataluña no funcione Antes estabas deseando ir a Barcelona, para respirar aquellos aires de libertad. Y para disfrutar de las mejores autopistas, las mejores infraestructuras que mucho antes de los Juegos Olímpicos de 1992 ya tenía el Principado. Ahora ya te has hecho a la idea de la falta de libertades, pero temes ir a Barcelona por lo más elemental de lo material: porque un socavón se puede abrir bajo tus pies en el Carmel de cada día; porque puede volver el apagón del siglo de Endesa, o el apagón informativo; porque en el aeropuerto del Prat tienes asegurado el caos; porque despídete que tomar un tren de cercanías, de aquellos maravillosos, como europeos, en los que tu editor llegaba desde su casa de San Cugat a la oficina de Pedralbes. Como los plátanos de Canarias, los desastres de Cataluña: todos los días uno, por lo menos. Aquel editor del tren de cercanías me publicó allí en 1972 un libro que se titulaba: Andalucía, ¿Tercer Mundo? Me imagino que ahora, a la vista de las presentes desgracias y carencias, estará buscando quien le escriba un ensayo que se titule: Cataluña, ¿Tercer Mundo? SE zorro cano de aires cansados y algo displicentes, ese buda esquinado de rencoresal que le asoma un resto de brillo en la mirada, ese taimado santón abotargado con el alma cosida de cicatrices mal curadas, fue un día el paladín refulgente y carismático de una esperanza. Entonces era un demiurgo seductor enestado de gracia, un fascinante y kennedyano hechicero de masas en cuyos hombros se posaba el futuro como una paloma recién IGNACIO liberada. Hace veinticinco CAMACHO años, tal día como hoy, no imaginábamos que aquella paloma acabaría desplumada en el guiso de un pragmatismo feroz aderezado de corrupciones y crímenes de Estado, junto con el laurel de anhelos colectivos que aquella tarde ungió las sienes del tribuno victorioso en medio de una sacudida de entusiasmo y confianza. En aquel tiempo liminar, utópico y radiante en que le llamábamos Felipe no sospechábamos lo pronto que iba a transformarse en González. Aún hoy preferimos creer que se trató de un proceso implacable de adaptación a la lógica descarnada del poder y su ejercicio; sería demasiado cruel pensar que ya desde el principio anidaba eldesigniodel engañoen aquelproyecto iluminado de optimismo histórico. Con todo, el tiempo sedimenta el dolor y pone bálsamo en las heridas del desencanto; a veces incluso ofrece el reflejo macabro de un espejo cóncavo que agiganta la memoria de lo que alguna vez quisimos olvidar. Visto desde el contraste de esta época de incuria, incompetencia y desvarío, incluso el González más crispado, mentiroso y oscuro de su largo declive parece un gobernante responsable y maduro del que añorar al menos su sentido de Estado. El felipismo fue una ilusión truncada que mientras mantuvo el impulso de la frescura acometió una reforma de modernización imprescindible del país y de sus estructuras físicas y sociales. Luego se dejó enredar en la seducción del poder, y se embarró de codicia, mentiras, ocultaciones y corruptelas hasta convertirseen un régimen degradado y clientelar, sostenido tan sólopor la ambición y la necesidad de alimentarse a sí mismo. Incapaz de aceptar la pérdida de su antiguo vigor y la licuación de su liderazgo, González cometió el error de considerarse imprescindible y acabó odiado y vilipendiado, sepultado por una marea de encono y rabia. Nunca superó su derrota, ni ha terminado de asimilar que un tipo como Aznar, al que humana e intelectualmente despreciaba, enderezase el rumbo de la nación y le superase de largo en eficacia. Pero quizá lo que más nos gusta de la Transición es que éramos más jóvenes, y por eso el recuerdo del Felipe magnético que encantaba las serpientes del miedo y la zozobra prevalece aún por debajo de la amarga evidencia de su oprobio. También porque le beneficia el relativismo y sale bien parado de las comparaciones; quizá ni él mismo soñase con este tardío engrandecimiento retrospectivo de su perfil, reflejado como la sombra china de un gigante sobreeldesolador escenario en elqueun insensato aprendiz debrujo jugueteatemerariamente con las más delicadas piezas de su legado.