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27 10 07 GASTRONOMÍA Coñac El licor de los dioses A primeros de noviembre comenzará a destilarse en la región de Coñac ese licor de dioses como llamó Víctor Hugo al aguardiente más conocido del mundo. Debe su nombre a la ciudad donde nació, y su nacimiento fue fruto del ahorro y la casualidad POR CARMEN FUENTES L Cuna de Reyes La ciudad de Coñac, a orillas del río Charente, tiene un antiguo castillo de los Valois, donde nació Francisco I, propiedad desde el siglo XVIII de la marca Otard, que tiene allí su destilería y bodega. Posee también el Museo del arte de Coñac, que muestra cómo se elaboraba el producto y la industria complementaria que tenía (cristalería, encartonado de lujo, impresión... y una colección de 25.000 etiquetas, carteles y objetos sobre el coñac. a ciudad de Coñac es célebre en todo el mundo por el aguardiente que se extrae de sus vinos, y es, desde hace más de cuatro siglos, cuna de uno de los licores más bebidos (e imitados) del orbe, al contar con la particularidad de ser el único que se obtiene a partir del vino de uva blanca de las cepas cultivadas cerca de la ciudad que le da nombre. Todos los demás licores parecidos son sucedáneos. Bien lo sabe España que, tras una guerra comercial, no le quedó más remedio que llamar brandy a lo que durante muchos años denominó y vendió como coñac. Pero la historia del coñac está unida a una serie de apellidos (Martell, Rémy Martin, Hennessy, Courvoisier... que, pese al paso del tiempo y los traspasos comerciales, han hecho pervivir la marca, potenciando su desarrollo y elaborando nuevas estrategias para superar los baches (que también los ha tenido) del más universal de los aguardientes. Una historia que arranca en el siglo III, cuando los romanos que llegaron a la Galia enseñaron, entre otras cosas, a las gentes de esa región a hacer vino y a cultivar el viñedo, la madre de todo lo demás. Una vez aprendida la lección, durante siglos estuvieron haciendo vinos que fueron famosos en la zona, hasta que en un afán expansionista emprendieron la aventura de venderlos más allá de la región. Entonces vino la sorpresa. Los caldos no aguantaban el trayecto de las nuevas rutas marinas que se empezaron a abrir en el siglo XVII, y los vinos de la región, secos y afrutados, al ser sometidos durante el viaje a temperaturas altas, llegaban a lugar de destino hechos una ruina. Destilarlos para que aguantasen Fue entonces cuando a los viticultores, que veían peligrar su negocio, se les ocurrió destilarlos, pe- Trescientos años tienen estos troncos de roble de Limousine con los que se hacen las barricas C. F. ro no con la idea de hacer un aguardiente, sino porque pensaron que la destilación sería la mejor forma de que aguantasen el largo viaje a Holanda, Inglaterra o Noruega (sus mercados) y, una vez allí, añadirles un poco de agua para rebajarlos y que volviesen a su ser Pero el milagro no surgió y, a comienzos del XVIII, el comercio con Inglaterra fue suspendido durante un tiempo por razones políticas y los productores decidieron conservar sus destilados en barricas de robles de los bosques cercanos para que no se estropeasen. Al ir a verificar su estado, comprobaron atónitos que el aguardiente había tomado un bello color dorado y que esa viveza y ese ardor, propios de un aguardiente joven, se había matizado convirtiéndose en algo sumamente agradable al paladar y lleno de aromas. Con el envejecimiento en madera había nacido una nueva bebida, y eso sí que fue un milagro (fruto del azar, como tantos descubrimientos en la vida) que se denominó coñac, porque los cargamentos salían, a través del río Charente, de la villa de Coñac hacia el puerto de La Rochelle y, de allí, a Europa. Fueron años de gran expan-