Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 27 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA TOGAS EN EL BARRO A EL ÁNGULO OSCURO UN TALENTO NUEVO IEMPRE que iba al Cock, el garito en la trasera de Chicote, me encontraba con Jaime Royo- Villanova, nocherniego y místico, fumando unos cigarrillos de tabaco de pipa que le liaba Mari Luz, la novia que había traído paz y belleza a sus días. Jaime era cordial y apasionado, y se afanaba por traer un poco de luz a mi mundo tenebroso; alguna vez me llevó a su piso, para invitarme a trufas o a canutos, mientras divagábamos sobre los arquetipos platónicos. Un día me llamó para decirme que había encontrado editor para una novela; y se atrevió a pedirme que se la presentara. Acepté por mala conciencia: tenía la impresión de no haber correspondido nunca a la generosidad que él había dilapidado conmigo, tenía también la impresión de haberlo tratado con cierta condescendencia. En alguna ocasión, enardecido por el alcohol, Jaime me había afeado mi temperamento taciturno o displicente; cuando le respondí, de modo un tanto áspero, que sufría demasiado para no ser taciturno o displicente, me enseñó las cicatrices de su alma. Y me dijo que es posible sobrevivir al dolor, que todavía es posible amar en paz, en algún lugar del futuro. Jaime Royo- Villanova me envió su JUAN MANUEL novela, Malvania, que acaba de publicar DE PRADA Ediciones del Viento. Me preparé para aliñar una presentación de circunstancias, como tantas veces he hecho con los libros de los amigos. Y entonces me encontré con un talento insospechado, un talento que me asaltaba en cada página, irónico y juguetón, ese talento que sirve para expresar con una apariencia lúdica las cosas más terribles. Malvania es una ciudad del porvenir, próspera y encapsulada en su banalidad; las criaturas que la habitan tienen algo de fantoches que han hecho de sus aberraciones un juego de charadas. Enseguida advertí que, bajo su aspecto de ciencia- ficción rococó, Jaime Royo- Villanova estaba proponiendo en su novela una alegoría exagerada y feroz de la sociedad actual. Bajo su fachada de divertimento más bien grotesco, embalsamado de rarezas, Malvania me proponía una reflexión sombría, esencialmente seria, sobre la enfermedad que co- S rroe al hombre de nuestro tiempo: la muerte del espíritu. Los habitantes de Malvania han decidido que el alma es una enfermedad, que Dios es una proyección esquizofrénica, que el único arte posible es el que nos solaza con fórmulas tan vacuas como estridentes. Los habitantes de Malvania beben para anestesiar la nostalgia del espíritu, frecuentan las consultas psiquiátricas para mantener a buen recaudo la conciencia, aman sin tino, como quien se entrega a un automatismo o a una pulsión bárbara. No es que sean exactamente hombres malvados; es que han dejado simplemente de ser hombres, se han convertido en meros artefactos. Su existencia es una sucesión de vacuos regocijos que Jaime Royo- Villanova relata con hilarante sarcasmo; una existencia sin cortapisas morales que el autor no trata de juzgar al estilo del moralista, sino que más bien escarnece con la finura del ironista, de un ironista igualmente dotado para la crónica de sociedad y la utopía siniestra. El poder de convicción de Malvania se cifra, sobre todo, en la elección de un estilo burbujeante como el champán y pulido como el charol; un estilo de apariencia leve, incluso frivolona, que esconde el bisturí de la sátira más afilada. Uno se ríe mientras persigue en su peripecia desnortada a los personajes de Malvania; pero, de repente, siente que esos personajes son demasiado parecidos a uno mismo, siente que son su propio reflejo, pasado por un callejón de espejos deformantes. Y, al descubrirlo, la risa se le pega a los dientes, como si fuese de estopa, y la causticidad del autor le penetra hasta la médula del ser, allá donde antaño se refugiaba el alma. Malvania camina hacia el apocalipsis, pero después del apocalipsis está la posibilidad de empezar de nuevo. Es posible sobrevivir al dolor y amar en paz, en algún lugar del futuro. Hace algún tiempo decidí, impulsado por mi temperamento taciturno o displicente, dejar de recomendar libros por compromiso; hoy les recomiendo Malvania con la felicidad de quien apadrina un talento lleno de novedad y de riesgo, insospechado incluso para mí. Con la felicidad de saludar a un escritor que ha venido para quedarse. www. juanmanueldeprada. com nadie puede ya sorprender el manoseo a que los partidos españoles someten al poder judicial y a sus máximos órganos jurisdiccionales; por desgracia la codicia política de nuestra clase dirigente hace tiempo que convirtió de hecho en papel mojado la independencia nominal del sistema de justicia, cuyos mecanismos aparecen uncidos a los de los aparatos de influencia que dominan la vida pública. En cambio, sí resulta sorprendente la naturalidad con que los propios dignatarios judiciales, incluidos jueces y magistrados, se dejan sobar por sus mentores políticos, aceptanIGNACIO do sin el menor remilgo un CAMACHO papel subsidiario de correas de transmisión de consignas o criterios. La adscripción partidaria de los miembros de los altos tribunales en bloques monolíticos se havueltoun lugar comúnen elanálisis mediático, al que los interesados corresponden con una exactitud que debería movernos a perplejidad a los ciudadanos, si no diésemos por sentado que ese triste correlato se registra con tan minuciosa como desalentadora regularidad. Para saber el sentido de cualquier fallo del Tribunal Constitucional sobre un pleito de índole política basta con hacer recuento banderizo de sus componentes, como si fuese una tercera Cámara: tantos progresistas contra tantos conservadores. Según sea la mayoría de unos o de otros, el veredicto se ajustará alas preferencias del PSOE o del PP sin quenadie parezca alarmarse por la evaporación del derecho puro y abstracto como fuente de inspiración de sentencias. Convertidos los magistrados, con su asombrosa anuencia, en marionetas de simplista obediencia política, no tiene nada de extraño que los aparatchiks que mueven a su antojo los hilos del guiñol judicial se enreden con impudicia en un juego de zancadillas y recusaciones destinado a dejar en inferioridad al adversario. El espectáculo de zafiedad que estamos viendo en torno al Constitucional, con el Estatuto cataláncomo botín defondo, debería avergonzar a cualquier sociedad democrática medianamente articulada en torno a principios de dignidad e independencia de poderes. Pero sobre todo debería motivar a los magistrados deeseorganismo a elevar siquiera una protesta de pedagogía democrática en reivindicación de sí mismos y de su prestigio profesional y moral, en vez de plegarse con bovina sumisión a un indecoroso juego de despropósitos. Porque si ya sabemos de antemano el sentido de sus resoluciones, convenientemente orientadas según el equilibrio parlamentario de fuerzas, podríamos ahorrarnos la simulación y que fallen los recursos unos diputados revestidos de togas en el guardarropa del Congreso. El encarnizamiento dela política ha enfangado las instituciones en unas trincheras de cenagoso sectarismo, y vaa ser muy difícilrescatarlas indemnes del barrizal. La túnica alba de la justicia está desgarrada y en sus manchas se ven las huellas de las sucias manazas de los santones de los partidos. Para regenerar esta degradación no va a haber más remedio que partir de cero, y eso ya es imposible en esta refriega que lleva casi un cuatrienio revolcando el prestigio de una democracia humillada, mancillada y vejada en sus valores más sagrados.