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ABC VIERNES 26- -10- -2007 VIERNES deESTRENO 83 EL HOLOCAUSTO A TRAVÉS DEL CINE La lista de Schindler El pianista La vida es bella Traidor en el infierno El tren de la vida Spielberg empleó las rentas de arcas perdidas y dinosaurios para poder rodar el proyecto de su vida: una película de más de tres horas, en blanco y negro y sin estrellas. Un éxito. Polanski no pudo recoger el Oscar que ganó con esta desgarradora historia de un pianista que sobrevive al terror nazi gracias a su talento y alguna tecla negra de más. Roberto Benigni no sólo pisoteó los sillones de la Academia para celebrar su triunfo, sino que demostró que se puede hacer comedia incluso de algo tan espantoso como el holocausto. Billy Wilder, cuya familia pereció en Auschwitz, es incapaz de contener alguna pincelada de humor en este drama tremendo sobre la vida en un campo de concentración. Deliciosa comedia rumana sobre unos judíos que juegan a La vida es bella para escapar al horror. Unos cuantos se disfrazan de nazis y dirigen un tren hacia la ansiada libertad. Los destinos del totalitarismo En su debut como director, el director de fotografía húngaro Lajos Koltai estrena Sin destino adaptación de la novela del premio Nobel Imre Kertész, que trata las experiencias de un chico judío en los campos de concentración alemanes POR SERGI DORIA BARCELONA. No es casualidad que dos grandes novelas sobre el crimen industrializado de los totalitarismos nazi y comunista lleven en su título la palabra destino. Vida y destino del ruso Vassili Grossman y Sin destino del húngaro Imre Kertész, premio Nobel en 2002, van más allá de la literatura concentracionaria de los campos o del Holocausto para constituir lo que Jorge Semprún denomina objeto artístico de ficción Grossman y Kertész superan la cronología y la cuantificación de la banalidad del mal que diseccionó Hannah Arendt. Kertész tenía 14 años cuando en 1943 le pusieron el siniestro pijama a rayas en Auschwitz y Buchenwald. En Sin destino su trasunto literario, el joven Köves arriba a Auschwitz en un vagón de ganado sepultado entre otras sesenta personas que nada sabían del macabro topónimo. Entre la sucia neblina de la madrugada divisa desde un ventanuco con púas una estación abandonada; deletrea por primera vez el nombre de Auschwitz. Para dar forma literaria a momentos vividos, Kertész recuperó en su memoria muchas sensaciones que escapaban al lenguaje referencial. Mientras escribía Sin destino olisqueaba la correa de su reloj. No era un gesto maniático. Como cuenta en sus conversaciones con el editor Zoltán Hafner, reunidas en el Dossier K editado en España por Acantilado, el olor del cuero recién curtido me recordaba de alguna manera el olor que se extendía entre los barracones... El olor, el olor... el horror, el horror. Fragmentos de realidad que aquilatan el objeto de ficción: Mientras la autobiografía recuerda algo, la ficción crea un mundo argumenta Kertész. Con la ficción recobra recuerdos que no podría expresar racionalmente: Donde empieza Auschwitz, se acaba la lógica advierte; la literatura es la única forma de razonar el desequilibrio, de manejar un absurdo que tendría al suicido como corolario. Publicada en 1975, Sin destino es la crónica de un año y medio de la vida de un adolescente en los campos de concentración: está narrada con la precisión de un entomólogo y aliñada con la ironía de quien se resiste a la muerte de la cultura y la identidad individual. La liberación llegó un 11 de abril del 45, cuando los SS abandonaron de forma urgente el campo y, tras un rumor de botas, gritos y disparos, asomaron los tanques del general Patton. Kertész recuerda que la primera noche de libertad se guisó gulash y hubo chocolatinas y cigarrillos Lucky Strike... Resultaba extraño regresar al género humano Pero el género humano no mejoraría. Una de las herencias del siglo XX es que cada vez cuesta más amar a la Humanidad como concepto abstracto. No sabemos si después de Auschwitz, como dijo Adorno, ya no es posible la poesía. Para Kertész la era de los moralistas concluyó hace tiempo y, después del estalinismo, el maoísmo, Pol Pot, los militares argentinos, los Balcanes, Ruanda, Darfur y el terrorismo islamista, en el interminable índice onomástico del genocidio que no cesa, el veredicto del escritor húngaro suena políticamente incorrecto: Resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana... Nuestra época no es propicia para la conservación del individuo: nos resulta más fácil entregarnos a teorías sobre la salvación del mundo que aferrarnos a nuestra existencia propia, singular e irrepetible. Elegir nuestra propia verdad en vez de la verdad La verdad de Sin destino es cómo intuir algo parecido a la felicidad cuando tienes ante sí unas duchas que son cámaras de gas. Cómo renunciar a la singularidad que nos proporciona un raído gabán o esa cartera arrugada para pasar a ser un número tatuado en una piel violentada por el hambre y las enfermedades. Encontré el número que me correspondía y lo repetí mentalmente varias veces para no olvidarlo... Entramos en una sala enorme y bien iluminada, donde había presos trabajando con navajas y máquinas rasuradoras... Me cortó el cabello hasta el último pelo, dejándome la cabeza totalmente afeitada... Sin decir palabra, me agarró el órgano más delicado y me quitó todo el vello con su navaja, toda aquella pelambrera que apenas había comenzado a crecer y que constituía aún mi orgullo como hombre... Fragmentos de Sin destino que ahora se transforman en fotogramas. Y ese hedor de los hornos crematorios. Kertész acerca su nariz a la correa del reloj para recobrar el olor de la piel quemada. Kertész tenía 14 años cuando le pusieron el siniestro pijama a rayas en Auschwitz y Buchenwald Más información sobre la película: http: www. baditri. com Para Marcell Nagy, estudiante de primaria, Sin destino fue la segunda película de una prometedora carrera