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ABC VIERNES 26 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA UNDERGROUND AS cámaras del Gran Hermano filmaron en el metro de Barcelona una sórdida versión de La naranja mecánica y luego entre los jueces y los fiscales reescribieron con torpeza una mala parodia de Billy Wilder que podría titularse Con togas y a lo loco En el vagón de autos había un testigo pusilánime y medroso que no pasará a los anales del heroísmo civil como Gary Cooper en Solo ante el peligro Es difícil que con tan pocos personajes haya salido una escena tan sórdida, en la que sólo la víctima queda a salvo de cualquier reproche. Podría ser un episodio secundario de la Historia universal de la infamia pero en realidad constituye tan sólo el testimonio de un generaliIGNACIO zado fracaso. CAMACHO El agresor, ese tarado estúpido y balbuciente, es un fracaso de la educación y de la familia, una excrecencia social que quizá pronto se convierta en una estrella de la televisión, a la que ya ha vendido su primera entrevista. La vergonzosa descoordinación de las autoridades judiciales es un descalabro de la justicia, que sólo ha sido capaz de reaccionar bajo el impacto tardío de la alarma social en un contexto de presión política electoralista. El joven testigo pasivo y acobardado representa el naufragio de la solidaridad y del coraje. Y la propia muchacha golpeada y humillada simboliza la derrota del buenismo integrador, arrollado por la evidencia de un impulso xenófobo que anida en el interior de la conciencia desestructurada de una sociedad sin valores. Pero también la eclosión mediática del caso, su deriva en espectáculo de morbosa popularidad, supone un fracaso del equilibrio moral de una comunidad carcomida por la hipocresía. Hay un fondo oscuro de fascinación violenta escondido en el impulso de las miles de descargas del vídeo en internet y de su multidifusión televisada, y hay una profunda doblez ante la exhibición de un fenómeno que se repite a menudo de forma anónima e impune sin que nadie se agite ni incomode. Sin esa grabación espeluznante, la denuncia de la víctima habría caído en saco roto como otras muchas que apenas suscitan la condescendiente displicencia de los funcionarios de guardia. Ahora todos nos rasgamos las vestiduras y exigimos un castigo ejemplar para el agresivo mentecato, como si acabásemos de descubrir una realidad asombrosa y conmovedora: hay racismo entre nosotros, quién podría haberlo imaginado. Pues sí, hay racismo, y odio, y fractura, y una violencia cotidiana, gratuita y opresiva en los subterráneos de una marginalidad que preferimos ignorar hasta que sale reflejada en la grabación de una cámara. Esemajadero suburbial pagará los platos rotos de la simulación colectiva, que necesita expiar la mala conciencia de un confortable e indolente desapego ante el lado oscuro de nuestra prosperidad. En la última secuencia de Collateral de Michael Mann, Tom Cruise muere en el metro de Los Ángeles sin que nadie repare en el cadáver que viaja por los solitarios convoyes de la madrugada. Ahí abajo, en los túneles silenciosos de la sociedad dual, viaja también el horror de la cara oculta que escondemos hasta que se refleja en el espejo sin azogue del escándalo. L EL BURLADERO LA CÁMARA DEL INFIERNO ROVIDENCIALMENTE, la cámara estaba allí. De no haber sido así, hoy no hubiese tenido usted la sensación de que le han pateado, manoseado, insultado y abofeteado impunemente. Porque eso exactamente es lo que han sentido las personas de bien que se han asomado al éxito videográfico del año: una joven que atendía a un monótono desfile de oscuridad a su derecha, era asaltada por su izquierda por un energúmeno sin mediar más palabra que el insulto; eso ha hecho, como saben, que el panorama se transforme en un agitado paisaje de indignación. De no haber asistido a la performance de una naranja mecánica breve y doméstica, el caso pasaría a formar parte del grueso de las infamias cotidianas que se viven en las tripas de esta sociedad nuestra sin que siquiera lo sepa el vecino de asiento, que mira para otro lado creyendo que las cosas no pasan si no las ve. Cada día se producen asaltos, linchamientos, acosos, abusos y lesiones, pero no somos testigos, sólo los suponemos. Ojos que no ven. Ahora que los ojos han visto se ha conmovido el sentir general de una masa social temerosa CARLOS y su sacudida ha hecho posible el miHERRERA lagro de la rectificación en sede judicial, ese gorila dormido necesitado de electroshock. A estas alturas, una vez el ejemplar de ABC esté en sus manos, es probable que se haya producido el arresto del joven barcelonés, al cual le espera un rigor jurídico al que no se enfrentó cuando fue localizado y detenido. Cuando el juez decida- -siempre que alguien acuse, ya que de lo contrario está atado de pies y manos en virtud de la ley de enjuiciamiento criminal, esa que elaboró el gobierno de González para evitar que Garzón le metiese más gente en la cárcel- la sociedad respirará algo más tranquila y volverá la vista a aquellos asuntos a los que estaba dedicando sus horas calmas. Pero la calle seguirá siendo la misma calle, llena de violentos, extorsionadores, macarras y criminales. Mañana tal vez volvamos a saber P de una nueva agresión, incluso motivada por inmigrantes sobre jóvenes españoles, cosa que también ocurre, y lamentaremos la monumental crisis de autoridad que se vive en todos los ámbitos en los que nos movemos. Nos dará la impresión de que sólo se actúa contundentemente si hay una cámara de por medio, precisamente porque la gente se motiva si lo ve en prime time y obliga a las autoridades a tomar medidas a cuenta de la alarma social. No quisiera estar en la piel del tal Sergi: a pesar de su bravuconería y su escasa capacidad para el discernimiento, algún día llegará a creer que ha pagado él por todos los que cometen delitos semejantes. Y puede que tenga razón, pero el árbitro sólo puede pitar penaltis si los ve, no si se los cuentan. Dos días antes de que el incapaz mental del metro machacase a aquella pobre hija, una pandilla de veinte hijos de puta apaleó hasta el borde de la muerte a un joven sevillano que había cometido la osadía de salir en defensa de un par de chicas a las que pretendían vejar de forma indecente. El joven sigue en la UCI y la turba de maleantes, entretanto, se ha dedicado a colgar en Internet las imágenes del linchamiento. A la espera de que la Policía arroje a esta chusma a los pies de la justicia, una familia llora la trágica muerte de su hijo, estudiante de Derecho, fallecido a consecuencia de la agresión de un salvaje al que interrumpió en el maltrato a su pareja. No había cámara, con lo que la indignación, en este caso, queda para le lectura de titulares. Es la diferencia. Hay quien, llevado por una estomagante buena voluntad, encuentra razones pare explicar estos comportamientos: la desestructuración, la sociedad competitiva que aparca a los menos resueltos, la globalización de la violencia, usted, yo, el cambio climático... No conviene que nos engañemos. Entretanto se arreglan las causas que hacen del buen salvaje un delincuente, que vayan colocando cámaras por donde puedan y que retraten, a ser posible, a todos los sergis que pueblan esos pequeños infiernos individuales. www. carlosherrera. com