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46 MADRID Descenso a los infiernos s El problema del chabolismo LUNES 22 s 10 s 2007 ABC En territorio de zombis La Cañada Real tiene el epicentro de su degradación en las inmediaciones de Valdemíngomez, un kilómetro de miseria y dramáticos contrastes con un boyante supermercado de drogas M. DÍAZ MADRID. Yonkis drogándose a bordo de coches destartalados, o tirados de cualquier manera junto a las paredes con pintadas que anuncian que se ceden terrenos. Niños, ancianos y animales que atraviesan la estrecha carretera sin mirar, forzando los frenazos del intenso tráfico de camiones que se dirige a la cercana incineradora de Valdemingómez. Raquíticas construcciones frente a lujosas casas coronadas de antenas parabólicas. Los contrastes más dramáticos y la degradación más absoluta se contempla a cualquier hora del día en el tramo más conflictivo de la Cañada Real, el más cercano a Valdemingómez. Los disturbios de estos días en una zona del inmenso asentamiento ilegal han vuelto a poner bajo la lupa informativa su penoso epicentro delictivo de la Cañada Real, donde los toxicómanos, cada vez más desde que arrancó el desmantelamiento de Las Barranquillas, buscan sus dosis esquivando los lujosos coches de quienes se las venden. Todo, como no podía ser de otra manera, en la más absoluta ilegalidad. Fueron los propios residentes de otra zona de la Cañada Real, la que se intentó desalojar desatándose una jornada de violencia el pasado jueves (el sector V) los que han señalado las inmediaciones de Valdemingómez como el foco conflictivo del macropoblado. Aquí no hay drogas ni chabolas afirmaron indignados, protestando porque algunos medios de comunicación hayan vinculado el intento de desalojo policial con la delincuencia y el tráfico de drogas, y señalando muy cerca, en el tramo anexo de Valdemingómez: Es sólo un kilómetro de los 15 del asentamiento en la Cañada Real critican. Sí hay un grupo que no son normales, por decirlo de alguna manera, pero la mayoría sí lo somos; no queremos que nos llamen delincuentes o algo parecido afirmó una de las representantes de la coordinado- La carretera fantasma donde la Policía tiene que escoltar a los camiones de la basura chos de ellos inmigrantes indocumentados. El cóctel, antes ya cargado, se ha convertido en explosivo. Mediodía de un día laboral cualquiera. Los abandonados laterales de la angosta carretera de dos carriles que comunica este tramo del poblado con el resto del mundo están salpicados de grupos de toxicómanos que caminan como zombis unos porque han ya han conseguido su preciada dosis y otros por que aún la buscan. A su lado, juguetean numerosos niños y varios ancianos ven pasar el abundante tráfico. Muchos jóvenes, algunos cargados de abalorios, charlan con aparente desconfianza, mirando retadores a los conductores que contemplan sorprendidos lo que les rodea. Las actividades delictivas de calado o los simples trapicheos son constantes en la zona. Esto será dentro de poco una bomba de relojería alertaba un policía nacional hace poco a este diario. El contraste es brutal: multitud de nacionalidades conviviendo entre escombros y basura; jóvenes con ropa de marca caminando por zonas sin asfaltar junto a niños semidesnudos; casas con jardines y hasta piscinas junto a penosas chabolas. Una iglesia evangélica, una mezquita y hasta un hotel Los residentes de la Cañada tienen sus propios lugares de culto. Los han levantado ellos mismos. Sin permiso, como todo demás. Una iglesia evangélica en la parte baja del poblado, donde están las mejores casas, es frecuentada por gitanos. En la parte media, donde habitan los árabes, tienen a su disposición una mezquita para orar. Externamente parece una vivienda más pintada de granate. También tienen un hotel aunque no tenga rótulo: el boca a boca es suficiente. Está en la entrada y en él duermen colombianos, peruanos, ciudadanos del este... La especulación ha llegado a la zona y los carteles de Se cede se repiten. No pueden vender porque no son propietarios legales. Los precios rondan los 70 euros el metro cuadrado. En las desconchadas paredes lo mismo se anuncia la venta de caballos y se tiende la ropa que se apelotonan los yonkis destrozados. ra de asociaciones de vecinos de la zona, Elena Martín, reclamando que no se generalice cuando se habla de delincuencia y degradación. Esos dos nombres se convierten en adjetivos al adentrarse en el tramo cercano a la incineradora de Valdemingómez, donde se han ido exiliando los traficantes que iban saliendo de otros poblados desmantelados en Madrid. Los bidones con brasas o las hogueras a las puertas son las señales de que se está vendiendo drogas comentan algunos vecinos que insisten en que no todo es malo aquí Junto a los traficantes han ido llegando en los últimos años más residentes con dudosas intenciones laborales, mu- Una bomba de relojería Hogueras en el camino La Policía tiene que escoltar a diario a los camiones de la basura que van al vertedero de Valdemingómez Aquí no se vende el terreno, se cede y varias parcelas y construcciones se anuncian con estas palabras y un número de teléfono plasmados a brochazos en las paredes. Tampoco faltan las pintadas en árabe. Los precios de venta de esas curiosas cesiones oscilan entre los 3 y los 10 millones de euros. El poblado ha sido escenario de los más variados delitos y su problemática ha vuelto a saltar a la opinión pública tras el violento desalojo de hace unos días. Ocurre cada cierto tiempo: a finales de verano fue porque los camiones del servicio de recogida de residuos de Madrid comenzaron a utilizar de noche un camino alternativo en su camino a la planta de Valdemingómez, tras denunciar amenazas y agresiones. Atropellos mortales Hasta principios de año, cuando se abra un acceso definitivo, el servicio diurno sigue recorriendo esta parte de la Cañada Real, aunque escoltados por la Policía. Tampoco es la primera vez que se han producido atropellos mortales: los niños cruzan sin ningún reparo y la circulación es muy fluida.