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ABC SÁBADO 20 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FUEGO AMIGO ESDE que Churchill sentenció aquello de que los adversarios están en frente y los enemigos al lado, es de conocimiento común que en política el mayor peligro proviene siempre de la propia retaguardia. El que te la va a clavar suele ser uno de los tuyos, y a la menor oportunidad que te muestres desatento te deja la daga metida hasta el fondo en el quinto intercostal. Se trata de una siniestra ley de aplicación universal, sin distingos de ideologías ni de escalas, porque da igual que se trate de un cargo público de relieve, una poltrona mediana o un puestecillo orgánico de infantería: siempre hay alguien al que le conviene ocuparlo o cuya ambición IGNACIO no conoce jerarquías. De CAMACHO vez en cuando, además, la víctima coincide en el centro de un eje de conspiraciones cruzadas; entonces lo suelen dejar como a Julio César, cosido a puñaladas al pie de la estatua de su más conspicuo enemigo. Esto es lo que le ha ocurrido a ese socialista valenciano, Joan Ignasi Pla, atrapado en una encrucijada de lo que ahora se conoce como fuego amigo. El hombre no es precisamente un Adenauer, sino más bien un mediocre coleccionista de derrotas, ni ocupa un cargo de deslumbrante poder, al frente de la oposición a una mayoría absolutísima del PP que él ha contribuido a engordar con sus reiterados fracasos. Pero se le han cruzado las coordenadas de un grupo mediático herido en su orgullo y necesitado de exhibir su potencia de fuego, por un lado, y por el otro las de los tradicionales descontentos dispuestos a acelerar por su cuenta el curso de los hechos. Si tuviese el techo de cristal quizá no hubiera ofrecido fisuras, pero he aquí que se le había olvidado pagar la cuenta de un constructor aficionado a hacer depósitos en el banco de favores. Era el blanco perfecto: fácil, poco comprometido y desatrincherado. Como jugar a los barquitos; tocado y hundido. A Rafael Escuredo también le cazaron por el mismo procedimiento hace veinte años largos, cuando era presidente de Andalucía y se las tenía tiesas con Guerra y González en el esplendor de su gloria. Hombre correoso y político bragado, los suyos lo acorralaron primero, lo aislaron más tarde y lo derribaron después filtrando un asuntillo de un chalé y una constructora, casualmente en el mismo medio de comunicación que le ha hecho a Pla un torrefactado express. El valenciano es pieza de caza menor, pero estaba en el sitio inadecuado en el momento menos oportuno. El disparo que lo ha abatido es una advertencia de poderío de gente muy seria a la que no le gusta que la ninguneen, y tiene efectos colaterales sobre la probable candidatura de la vicepresidenta Fernández de la Vega, que ahora tendrá que aterrizar sobre un rastrojal quemado. No hay que tener muchas luces para advertir que se trata de un mensaje destinado a la Moncloa. Ya políticamente difunto, liquidado en un blitz tan rápido como sencillo, el pobre Pla ha dado elegantemente las gracias al PP por no hacer sangre de su defenestración. En realidad, Camps y los suyos no necesitaban ensañarse: no eran más que sus adversarios. D EL ÁNGULO OSCURO ROSA DE INGLATERRA N un cuento reciente que escribí el personaje femenino protagonista guardaba un declarado parecido fisonómico con Deborah Kerr. Un amigo que lo leyó, después de ponderármelo muy generosamente, añadió: Pero se nota que eres un mitómano irredento. El personaje de la chica es inverosímil. Ya no quedan mujeres que se parezcan a Deborah Kerr Me quedé pensativo, antes de concederle la razón. Y es que, en efecto, jamás he conocido a una mujer que me evocase, ni siquiera mínimamente, a la Rosa de Inglaterra apodo con el que siempre se la conoció en Hollywood (aunque ella fuese nacida en Escocia) Había en su belleza algo estatuario, una distinción que la alejaba de los cánones imperantes; algo muy gélido y candente a la vez que le permitía bordar con igual maestría el papel de una monja y el papel de una adúltera. Creo que ha sido, junto con Vivien Leigh, la única actriz británica de la que he estado enamorado. Incluso en sus películas de juventud, tenía una belleza de mujer muy hecha y muy derecha, algo que la aparta de las preferencias estéticas contemporáneas, más proclives a la carnaza adolescente. Tenía un rostro que parecía inspirado JUAN MANUEL en uno de esos bustos romanos que adorDE PRADA nan las galerías de los museos, un rostro de mármol emergido de alguna recóndita blancura que se incendiaba en el cabello. Era en el cabello donde uno empezaba a atisbar que aquella mujer de rasgos patricios podía esconder un torbellino de pasiones sofocadas, pero prestas a enardecerse. En Narciso negro la arrebatadora y sublime película de Michael Powell y Emeric Pressburger, no llegaba a mostrar el cabello; y así pudo componer la monja más hermosa de la historia del cine, con permiso de Audrey Hepburn. Siempre arrastró una cierta fama de actriz en exceso comedida, en exceso aristocrática; también se le ha recriminado que sus personajes fuesen demasiado parecidos entre sí, demasiado parecidos a ella misma. Pero un mero vistazo a su carrera bastaría para desmentir estas atribuciones. La escena por la que siempre será recordada, el revolcón con E Burt Lancaster en De aquí a la eternidad constituye desde luego una refutación de ese estereotipo. Deborah Kerr poseía una virtud que ya no asiste a las actrices: podía entregarse en una secuencia a los arrebatos más tórridos y seguir siendo en la siguiente una señora de la cabeza a los pies. A esto se le llama clase; y Deborah Kerr ha sido la classy dame por excelencia. Si tuviera que elegir un par de películas de su gozosa filmografía me quedaría, en primer lugar, con Tú y yo el remake que Leo McCarey hizo de su propia película, veinte años después de rodarla con Irene Dunne y Charles Boyer. Esa cita en la azotea del Empire State Building con Cary Grant quizá sea, para los amantes de la comedia romántica, la más memorable referencia del género. Y no me olvidaría de Suspense la adaptación que Jack Clayton hizo de Otra vuelta de tuerca la obra maestra de Henry James. Allí Deborah Kerr interpretaba a la institutriz protagonista, en lucha con una ansiedad reprimida, en lucha con los fantasmas tortuosos del deseo, más demoníacos que las apariciones que sobresaltan al espectador. Nadie como ella ha sabido encarnar en la pantalla el conflicto de una mujer de fachada circunspecta que siente cómo las pasiones calladas se revuelven en un lecho de ortigas, mientras la juventud se le escapa como arena entre los dedos. Era en este ámbito de pasiones refrenadas, agónicas y a menudo contradictorias donde mejor brillaba el arte interpretativo de Deborah Kerr. La muchacha de apariencia pavisosa que esconde un carácter indomable, la malcasada que forcejea con las tempestades de su corazón, la mujer atildada que se revela intrépida, la frígida que combate con perplejidad sus insospechados ardores. Como el verso de Garcilaso, era más helada que la nieve y más encendida que el fuego; y de esa rara simbiosis de nieve y fuego nacía el milagro de su belleza irrepetible. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo, porque nos ha dejado una actriz de las que ya no quedan, una mujer de las que ya no existen, de las que quizá nunca existieron, salvo en los sueños de los mitómanos irredentos como yo. Descansa en paz, Rosa de Inglaterra. Nunca podré olvidarte. www. juanmanueldeprada. com