Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 15 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA APARATO DE PODER NO de los mayores, insondable misterios de la Administración española es el de cómo es posible que, después de haber transferido la mayoría de sus funciones a unas autonomías hipertrofiadas, el Estado tenga cada vez más funcionarios. Hay ministerios prácticamente reducidos a la condición de un gabinete de iniciativas legales; se han traspasado competencias masivas en educación, sanidad y justicia, acompañadas de contingentes humanos millonarios; se ha licuado y centrifugado la estructura administrativa central en beneficio de unas comunidades autóIGNACIO nomas elefantiásicas y, sin CAMACHO embargo, su personal no deja de crecer: seiscientos mil empleados en total, veinticinco mil más sólo en los tres últimos años. ¿Qué demonios hace toda esta gente? ¿Para quién trabaja, para qué sirve? La única explicación es de índole política y, por tanto, escapa de un criterio de racionalidad gestora: el Estado no es ya una organización institucional para administrar servicios públicos, sino un enorme aparato de poder. Poder al servicio del poder. Un poder que se retroalimenta rodeándose de una maquinaria burocrática engordada sin tasa ni contención por un impulso mixto de clientelismo y de derroche. Cohortes de asesores de confianza- -el presidente se ha rodeado en Moncloa de un Ejército de ¡656! pretorianos, y cada ministro tiene su propia legión de colaboradores- archipiélagos de empresas públicas creadas para huir del interventor, gabinetes de quehaceres vaporosos, consejos de atribuciones fantasmales, delegados y procónsules que duplican funciones en unas autonomías que a su vez multiplican el engranaje en miles de cargos territoriales creados sin otro objetivo que el de colonizar parcelas de presupuesto. Un magma difuso, un megaorganigrama oceánico de imposible transparencia cuyo cometido esencial consiste en la ocupación política del Estado, concebido como una superficie ilimitada capaz de desdoblarse a sí misma en un ritmo de crecimiento exponencial y a la medida de las necesidades clientelares de un poder en expansión ininterrumpida. La prueba del carácter esencialmente político de tan desproporcionado incremento- -mimetizado en forma piramidal hasta los ayuntamientos- -es su falta de repercusión en la mejora de los servicios en que teóricamente debería redundar esta muchedumbre burocrática. Ni en eficacia, ni en proximidad, ni en presteza, ni siquiera en competitividad productiva se percibe una mayor calidad en la atención al público. Simplemente porque no es ésa la función esencial del despliegue, sino la creación de una estructura autónoma de poder cuya meta es el sostenimiento del poder mismo a través de redes clientelares y mecanismos de dependencia que vinculan hasta a una cuarta parte de la población. Un insaciable Leviatán sufragado con el esfuerzo sin contrapartidas de unos ciudadanos reducidos a la mera condición de contribuyentes. Como decía ayer, con lúcido sarcasmo, el viñetista Puebla, qué se puede esperar de una tropa de 650 consejeros que en todo este tiempo no ha sido capaz de arrimarle a Zapatero una sola buena idea. U EL ÁNGULO OSCURO LOS TOMASISTAS ECIDÍ hacerme taurino el día en que los eurodiputados socialistas españoles votaron en contra de la concesión de subvenciones a las ganaderías de toro bravo. Enseguida me di cuenta de que, detrás de ese gesto tan indigno, subyacía un proyecto de pretensiones más vastas; enseguida supe que el Régimen había diseñado la destrucción sistemática de lo que antaño llamábamos esencias patrias que son la última línea de resistencia de nuestra identidad ancestral contra las operaciones de ingeniería social de los totalitarios. Todas mis previsiones se cumplieron: el Régimen ha tratado desde entonces de desprestigiar el espectáculo taurino por todos los medios; y, como los benditos milagros existen, como todavía hay españoles que no soportan que les toquen los cojones y mucho menos que se los arranquen de cuajo para convertirlos en eunucos del Régimen, la fiesta nacional ha resistido los zarpazos de sus enemigos, que se disfrazan de mascaradas ecologistas y otros aquelarres progres, y alcanzado paradójicamente una de sus épocas de mayor esplendor. Puedo confesar con orgullo que me hice taurino gracias al Régimen. Y es que ser taurino hoy es un marchamo de resisJUAN MANUEL tencia. Como taurino neófito he descuDE PRADA bierto algunos rasgos o manías de los aficionados que no me agradan. Quizá el más pintoresco sea ese cerrilismo con que unos y otros defienden al torero de su predilección, negándoles al resto el pan y la sal, como si no se pudiera disfrutar de estilos de toreo diversos. Pero todos estos rasgos y manías palidecen ante el grotesco fenómeno de sugestión colectiva provocado por el regreso de José Tomás a los ruedos. La mística que rodea al personaje quizá posea su embrujo: Tomás ha descubierto que la forma más acabada de apoteosis mediática, en una época en que cualquier chisgarabís puede vivir su momento de gloria televisiva, consiste precisamente en rehuir el acoso de los medios. Pero la pose huidiza no convierte a Tomás en el mejor torero de nuestra época; tampoco su toreo de estafermo que se planta delante del toro y no se inmuta. Para mí los grandes toreros son aquellos que, arrimándo- D se, componen un duelo plástico con el animal que los embiste; pero el dontancredismo me parece toreo del malo, tremendista y facilón, por mucho que se engalane con una estética sobria, casi ascética. Digo facilón porque sospecho que en las actitudes gratuitamente suicidas de ciertos toreros existe un propósito de halagar al público más sugestionable. Yo no creo que la calidad de un torero se mida por el número de cicatrices que lo engalanan; aunque, desde luego, si contamos el número de veces que los toros han corneado a José Tomás en esta temporada, su supremacía es incontestable. Y eso que los toros que han corneado a José Tomás no eran- -por decirlo piadosamente- -los más bravos que han pisado las plazas desde que el mundo es mundo. Todos hemos visto corridas esta temporada en que José Tomás ha compartido cartel con toreros que han toreado mucho mejor que él y han obtenido menor premio y aplauso. Quien regresara con la aureola de adalid de las esencias puristas del toreo se está convirtiendo en imán de un público que viene a ver si lo pilla el toro, a ver por dónde le hinca el cuerno, a ver si al hincárselo le rasga la taleguilla, etcétera. Un público que se mete a ver una corrida como quien se sube en una montaña rusa, para poder gritar de miedo a cada muletazo. Pero lo más enojoso de este fenómeno protagonizado por José Tomás no es su toreo tremendista, ni la sugestión que ejerce sobre ese público morboso que espera poder contar a sus nietos que estuvo en la plaza el día que un toro se lo llevó por delante, sino esos tomasistas sobrevenidos que para ensalzar a su ídolo necesitan previamente vituperar a los demás toreros, o que incluso llegan a denigrar la fiesta nacional, presentando a José Tomás como una suerte de mesías que ha venido a salvarla de la cochambre. Estos tomasistas sobrevenidos suelen ser progres que han hallado en José Tomás un banderín de enganche para hacerse perdonar su afición taurina; no en vano su ídolo posa con camisetas del Che Guevara cuando lo entrevistan, que es una cosa que se la pone muy dura a cualquier progre con pedigrí. Ya veremos si este tomasismo sobrevenido no es en realidad un caballo de Troya enviado por el Régimen. www. juanmanueldeprada. com