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ABC VIERNES 12- -10- -2007 El Nobel premia la obra indómita de Doris Lessing CULTURAyESPECTÁCULOS 77 Juan Ángel Juristo COMO USTED UNA ABUELA JAIME GARCÍA uando me enfrento a la obra de Doris Lessing, sobre todo a las últimas donde parece obsesionarse con la idea de la vuelta al primitivismo del hombre después de una catástrofe, cuando la veo en la televisión, por ejemplo, recibiendo el Premio Príncipe de Asturias, recuerdo con placer los dos o tres encuentros en que estuve con ella, cuando era una escritora célebre y antes de convertirse en una figura celebérrima y, sobre todo, la especial relación que he tenido con ella como lector que lee la obra de un escritor a quien considera entre sus favoritos por razones que aún hoy todavía a uno se le escapan. No sé si la última vez que comí con ella por invitación de Edhasa, la editorial que la publicaba, fue con motivo de la edición de El cuaderno dorado lo que sí recuerdo con vive- C za fue la sensación próxima, fuerte, de encontrarme ante una mujer de una energía particular, con su pelo blanco, su manera de vestir aparentemente descuidada, muy de inglesa contestataria con el sistema, en definitiva, y de que la tarde se pasaba como volando, como en un instante de fugacidad que podría parecer una eternidad. Recuerdo que, coqueto uno, le dije que me hubiese gustado tener una abuela como ella, a lo que se prestó de inmediato pero en otro mundo dijo, riéndose. Desde luego que le oculté la fascinación que siempre me habían producido las fotografías que la retrataban la primera vez que topé con sus obras de la editorial Seix Barral, una mujer de rara belleza exótica, vestida con una elegancia casi glamourosa, los tiempos eran otros, y no porque hubiese nacido en Persia, eso también, sino porque poseía un halo de belleza que poco o nada tenía que ver con su presencia física, sino que iba más allá. Y ello se nota particularmente en sus primeros libros, donde se advierte la fuerza de las convicciones de una escritora dotada de una pasión sin tapujos, así, En busca de un inglés o en su primera novela, Canta la hierba e incluso con Diario de una buena vecina o La buena terrorista Es un magnetismo que le está reservado porque es una persona excepcional y no sólo como artista, y eso son cosas que se notan. Doris Lessing siempre me fascinó, y no porque considere que su obra es particularmente excepcional, hay títulos como Memorias de una superviviente o Martha Quest que poseen una rara ejemplaridad, sino porque posee una coherencia tranquila que en estos tiempos es difícil de hallar, porque esa coherencia está alejada de fanatismos de toda clase, incluso de las adoraciones de sus correligionarios, porque es una mujer de una curiosidad intensa y de un arrojo nada común. Recuerden aquella anécdota de haber mandado a la editorial británica que le publicaba una novela escrita por Doris Lessing siempre me fascinó, y no porque considere que su obra es particularmente excepcional, sino porque posee una coherencia tranquila que en estos tiempos es difícil de hallar ella pero cuyo manuscrito hizo pasar por el de una escritora novel. Y el rechazo previsto, y lo ya no tan previsto, que la escritora hiciera pública la carta del rechazo donde la editorial explicaba los motivos, denunciando así algo más que la situación difícil de un escritor desconocido sino lo terrible del lugar común y de que, en realidad, no se atendiera a la calidad de la obra misma. Doris Lessing ha sido un símbolo de muchas de las tendencias que se originaron en los años sesenta en el Reino Unido, la lucha contra el apartheid en Suráfrica, fue expulsada de aquel país, el movimiento feminista, cierto acomodo hedonista que la puritana Inglaterra necesitaba a marchas forzadas... pero en Doris Lessing aquellas tendencias eran, son, genuinas, por eso nunca quiso que se la confundiera con causas donde detectaba lo espurio, el aprovechamiento miserable o acomodaticio del asunto. Con el tiempo su obra se ha hecho más sabia, más abstracta, pero mantiene esa intensidad, por ejemplo, La hendidura de sus primeros libros, cuando mantuvo cierto idilio con el Partido Comunista, al que enseguida abandonó, no así su pasión por la vida y las cosas, donde en ellas aún anda. Lo dicho. Una abuela como ella.