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ABC VIERNES 12 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA A MUCHA HONRA los jóvenes de mi generación, que ahora frisamos el medio siglo, nunca nos conmovieron demasiado el patriotismo ni las banderas. Nos había vacunado el franquismo con su retórica de nostalgias imperiales, con su matraca de la España grande y libre, que nosotros veíamos pequeña y cautiva, encerrada en un oscurantismo mediocre y rancio que nos tapiaba las puertas de una Europa luminosa y abierta acostumbrada a mirarnos por encima del hombro. Pero todo eso cambió con lademocraciay con eldesarrollo, que no casualmente vinieron el uno después de la otra, y nos empezamos IGNACIO a sentir cómodos en un país CAMACHO capaz de concederse así mismo la oportunidad tantas veces negada por los demonios de la Historia, en cuyo pesimismo moral habíamosmamado unaeducaciónanclada en hondas decepciones intelectuales. Quizá no pueda decirse que nos embargara el orgullo, pero al menos dejamos de sentir vergüenza. Y así andábamos, más o menos contentos, sensatamente satisfechos con nuestra autoestima colectiva, razonablemente integrados en un marco normalizado de convivencia democrática, cuando de pronto se desató un desvarío quejoso y victimista en el que gentes excitadas comenzaron a reclamar privilegios de desigualdad en nombre de no se sabe qué derechos históricos, y a apostrofarnos a los demás españoles como supuestos represores de sus fantasmales delirios identitarios. Amparadas en la pasiva inepcia de un Gobierno desorientado y torpe, contemplativo o desidioso, cuando no cómplice, se han empeñado en crear una crisis que compromete un proyecto de libertad tan sereno que ni siquiera necesitábamos reivindicarlo. Y entonces se nos ha despertado en la conciencia una vaga cosquilla de orgullo, más cabal que fervoroso, más reactivo que nacionalista. Yo jamás me he planteado guardar en mi casa una bandera, ni colgarla en un balcón, ni pasearla por la calle, ni menos pelearme contra nadie a palos con su mástil. Pero me cabreo si vienen unos fanáticos tribales agitando sus excluyentes banderas, a las que yo no he ofendido, a pasármelas por la cara y a esconder o quemar de paso la mía y la de mis conciudadanos. Y siento la obligación de proclamar, sin alharaca ni tremendismo, que esa enseña impugnada, escondida y ultrajada, no sólo simboliza un complejo acervo histórico y un incuestionable hecho nacional, sino que representa la Constitución en torno a la que desde hace tres décadas convivimos con relativa justicia y notable libertad, y merece un respeto y un homenaje en nombre de quienes se sacrifican por los valores que encarna y de los que en ella encuentran el amparo contra la exclusión en su propia tierra. Que se llama España. El patriotismo moderno no surge de una sacudida emocional sino de una racional convicción democrática. No se proyecta contra nadie, ni es menester sacar pecho ni sentirnos furiosamente españoles para saber que lo somos con todas las consecuencias. Herederos de un pasado convulso de glorias y fracasos, de vilezas y heroísmos, de horribles tragedias y espléndidas hazañas. Pero, a día de hoy, ciudadanos de una nación libre, integradora y abierta hasta para quienes pretenden liquidarla. Españoles, sí, y a mucha honra. A EL BURLADERO LOS NECIOS Y LA LIBERTAD EMASIADOS necios para tan poco territorio. Si España fuese Rusia, cuya dimensión se nos escapa a los peninsulares, acostumbrados a viajar, como mucho, de Gerona a Huelva, podría diluir en el café el azúcar amargo de la necedad. Pero España mide lo que mide y en ella cabe lo que cabe. Hoy, día de la Fiesta Nacional, día de la bandera izada con reservas, día para salir del armario con una enseña liada al cuello, día de la afirmación de las muchas cosas que nos unen, día del reconcomio de unos cuantos estúpidos patrios, la sandez permanente se hace cuerpo en unos cuantos sujetos que no pueden perder la oportunidad de hacer saber que están ahí. La envidia que siempre me produjeron países como Francia o Estados Unidos se reaviva hoy cuando veo que a nadie se le ocurre en aquellos lugares hacer de la fiesta nacional una cuestión de enfrentamiento y bronca. Claro que en Francia o en Estados Unidos no hay prácticamente franceses o estadounidenses que quieran dejar de serlo y, en cambio, aquí hay unos cuantos papafritas permanentemente enfadados que sí, paCARLOS ra los cuales el día de hoy es el paraHERRERA digma del mal, el retrato de lucifer, el día de la bestia. No haga demasiado caso: si el cuerpo le pide sacar una bandera de España al balcón, hágalo sin importarle que un vecino le diga que se siente agredido. Que se contente con lo que tiene. El símbolo de esta vieja nación europea no puede quedar para los estadios de fútbol- -en los que puede jugar la churretosa selección nacional- -con la excusa de que su uso es agresivo y partidario. La bandera es de todos, pero es sabido que si alguno la reclama y tira de ella, entonces es que se la está apropiando. ¿Cuál es la razón por la que el PSOE se resiste tozudamente a exhibir con normalidad la bandera constitucional española? probablemente la de que no es la suya. A los socialistas de aluvión, a los de vieja hornada, y a D los de reciente factura les ocupa su corazón cualquier otra. Para los miembros del partido en Cataluña y en el País Vasco sus banderas son la Senyera y la Ikurriña, sin discusión: la sacan, la mueven, la agitan y la besan con toda naturalidad y dedicación. Para muchos de los restantes socialistas españoles la bandera de su preferencia es la republicana- -la de la Segunda República, concretamente- o la de su comunidad. Para otros, la bandera constitucional supone una bandera, sí, pero no una enseña particularmente emocionante. Es la que hay y ya está. No sienten una necesidad especial de hacer que se cumpla la ley ni siquiera en aquellos lugares en los que izar la bandera es síntoma inequívoco de libertad. Prefieren obligar por ley a que se retiren viejos símbolos del pasado que garantizar la presencia en todas las instituciones de un símbolo del presente. La Ley de Memoria Histórica que está a punto de salir del horno, sin ir más lejos, contempla castigar a los propietarios particulares de edificios que exhiban símbolos del franquismo con la retirada de cualquier tipo de subvención, que por lo visto es el peor castigo que puede recibir un español- subvención como saben, es el conjuro mágico de nuestro tiempo- Todavía no hablan de entrar en las casas a fisgonear si hay una foto del abuelo siendo recibido en audiencia por el gobernador civil de la época, pero todo se andará. En cualquier caso, hoy es el día de España, bendita nación que de larga vida goce, y ningún agorero, ningún quemafotos, ningún majadero tiene por qué aguarle a usted la fiesta en el caso de que entienda que el día de hoy merece ser celebrado. Ya sé que son muchos y que parecen no caber en el país, pero no deje que le atenacen los complejos innecesarios: luzca su bandera de España si le apetece y hágalo con toda naturalidad. Puede que el territorio sea pequeño para tanto necio, pero, ahora que lo pienso, más grande es el aire que agita el símbolo de la libertad. www. carlosherrera. com