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ABC JUEVES 11 s 10 s 2007 INTERNACIONAL 33 La agonía del SPD El intento de Ségolène Royal de revitalizar el Partido Socialista de Francia y alcanzar la jefatura del Estado terminó en fracaso. Pero más significativo aún es que el Partido Socialista Alemán esté casi muerto, dentro de una coalición cuyos éxitos se deben a Merkel nes la supremacía del centrismo liberal y quienes no encuentran otra opción que el retorno a las cavernas de la rigidez izquierdista, el dirigismo económico y la aventura populista. El martes, Merkel, la canciller de la Unión Cristianodemócrata (CDU) que dirige la gran coalición, advirtió por primera vez a sus socios socialdemócratas- -y con más severidad de la que acostumbra a exponer en público- -que las veleidades populistas de algunas de sus facciones ponen en peligro la continuidad de la coalición. Lo que podría parecer sólo una lucha menor por la prolongación del subsidio de desempleo para unos tramos de parados de mayor edad son, según advierte ya el socio democristiano, una concesión que busca la izquierda del SPD para dinamitar el rigor de las reformas que están de hecho marcando la recuperación económica de Alemania. identificable con los devaneos estatalistas, neocomunistas, antiglobalizadores y rayanos en el antisistema de sectores del socialismo español y de la amalgama protoideológica que ha acabado liderando Prodi en Italia. Como ciertos sectores del socialismo europeo meridional, en el SPD se han reactivado las corrientes que se consideran más cercanas ideológicamente a los herederos del partido comunista de Alemania oriental que a las corrientes que han asumido plenamente el mercado y la democracia sin adjetivos. La solución extraordinaria de una alianza entre los dos grandes partidos alemanes, la CDU y el SPD, fue celebrado en su día por toda la socialdemocracia como la solución menos mala ante un panorama de crisis grave y un bloqueo de las reformas que tampoco Gerhardt Schröder, pese a su pragmatismo, había logrado superar. Si en otras partes del mundo el giro hacia posiciones izquierdistas intervencionistas o abiertamente liberticidas no es ya siquiera noticia, sí supone un motivo de alarma que, ante la encrucijada en que se halla la izquierda cuando ya apenas mantiene gobiernos, salvo los ya casi periféricos como el español o el italiano, surja una tendencia radical no ya en el partido escindido de Oskar Lafontaine, sino en el propio seno del SPD. La buena noticia podría estar en que, de no imponerse los socialdemócratas en el SPD a corto plazo, unas elecciones anticipadas en Alemania podrían llevar al histórico partido a un no menos histórico desastre. Otra noticia que debería sembrar la alarma en el SPD es que la CDU y los liberales del FDP llevan ya tiempo en conversaciones. Y las cifras podrían cuadrar. Bush no pudo evitar la condena del Congreso al genocidio turco de los armenios Avisó del daño a sus relaciones cuando Ankara prepara un ataque en el Kurdistán ANNA GRAU SERVICIO ESPECIAL NUEVA YORK. La Casa Blanca intentó ayer hacer piña con el lobby turco para impedir la aprobación definitiva de una resolución del Congreso norteamericano calificando de genocidio la matanza de armenios hace más de noventa años a manos del Imperio Otomano. El Gobierno de Turquía ha gastado cientos de miles de dólares en movilizar para esta causa a los gabinetes privados de comunicación más prominentes de los Estados Unidos, incluido el de Lawrence Ari Fleischer, exsecretario de prensa de Bush. No pudo ser y finalmente, el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes aprobó la resolución por 27 a favor y 21 en contra. Washington intentó hasta el final no irritar a su estratégico socio en la OTAN y, sobre todo, en la azarosa postguerra iraquí. Esta condena del Congreso ha llegado en el peor momento para la Administración Bush: con el jefe de su Estado Mayor del Ejército de Tierra, George Casey, admitiendo (o denunciando) públicamente que le faltan soldados y hasta manos para cubrir los frentes en Afganistán y en Irak. No es el primero que lo piensa. El anterior jefe del Estado Mayor conjunto, Peter Pace, ya filtró lo mismo a la prensa antes de dimitir. Ahora, la Casa Blanca teme quedarse sin el vital apoyo turco en Irak, o, lo que es peor, con un nuevo frente abierto, si Ankara cumple su amenaza de entrar a sangre y fuego en el Kurdistán iraquí para acabar con los sangrientos atentados del PKK, ilegal en Turquía. El primer ministro Erdogan anunció que hoy enviará al Parlamento un decreto pidiendo permiso para que el Ejército entre en esa región iraquí. En medio de este campo de minas políticas y militares, sólo ha faltado que el Congreso de Estados Unidos desempolve el viejo asunto de si los brutales padecimientos del pueblo armenio fueron un genocidio o fueron simples fricciones interétnicas, como argumenta Turquía. El presidente Bush ha evitado siempre en sus discursos pronunciar la palabra prohibida. Y siempre ha alegado que la seguridad americana es primero. Se podría pensar qué gana el pueblo americano arriesgando sus intereses geopolíticos para poner los puntos sobre las íes en un asunto que en teoría le queda lejos. Pero si el lobby turco es poderoso, el voto armenio es abundante, por ejemplo en la circunscripción de la presidenta de la Cámara baja, Nancy Pelosi. También Hillary Clinton y todos los aspirantes demócratas a la presidencia habían expresado su apoyo a la resolución. Hermann Aún humean las cenizas de aquel proyecto tan frívolamente jaleado como efímero y ridiculizado de llevar al poder en Francia a un Partido Socialista (PSF) con una dirigente vacua, inane y zapaterizada como Ségolène Royal, cuando se ha puesto a arder el gran partido socialdemócrata europeo por antonomasia, que es el alemán. El SPD entró en crisis antes de la victoria antiamericana del último mandato de Gerhard Schröder, pero ha entrado en agonía hace meses en el seno de una gran coalición en la que todos los buenos resultados de la alianza los cosecha la canciller Angela Merkel. No era por ello sorprendente que se agudizaran las contradicciones entre su presidente Kurt Beck, en busca desesperada de autoridad, y unos ministros socialdemócratas en el Gobierno que quieren consolidar el proyecto de recuperación económica común con los democristianos sin lanzarse a nuevas aventuras de subvenciones populistas. El gran partido socialista alemán, pionero en todo lo que la izquierda democrática ha hecho en Europa, no hace ya sino reflejar el inmenso dilema general de una izquierda que se debate entre tener que aceptar con correccio- Coalición para las reformas Lucha de lobbies El sindicalista al rescate Resulta paradójico que al final sea un viejo tradicionalista con hondas raíces en el sindicalismo como es el vicecanciller Müntefering, como aliado con los ministros de Finanzas, Peer Steinbruck y el de Exteriores, Frank- Walter Steinmaier, el que lidere el frente de lealtad a la gran coalición y de defensa de las reformas liberalizadoras frente a aquellos que quieren escuchar los cantos del izquierdismo demagógico de un Oskar Lafontaine, ya definitivamente integrado en un partido, la Nueva Izquierda (NL)