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ABC JUEVES 11 s 10 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA TEORÍA DEL PIJO El vejamen del gangoso, en los ambientes rurales de principios de los cincuenta, reflejaba crueldad o falta de caridad, pero no escondía implicaciones políticas. El gangueo es una afección orgánica, no un rasgo ideológico. El vejamen del pijo, por el contrario, está teñido ideológicamente. Por eso resulta profundamente desagradable el vídeo con que las Juventudes Socialistas han considerado ingenioso defender la asignatura polémica... AMBIÉN existió una Commedia dell arte en la España del gasógeno. El mariquita, la beata, el gangoso, hacían las delicias del personal en los poblachones con Juzgado de Primera Instancia y cine convertible en sala de teatro, o viceversa. El cómico subía a las tablas y tiraba del repertorio, que no era sólo vocal y gestual sino a la vez moral. El teatro nació del rito religioso. Todo el teatro, incluido el profano. Contiguo a Esquilo está Aristófanes, cuyas procacidades producen todavía asombro. El rito, no obstante, sigue ahí: en Las ranas, el vehículo de las facecias más hilarantes, de los golpes más atrevidos, es Dionisio, un dios. No habría podido serlo, sin embargo, Zeus, por lo mismo que, en el teatro del Siglo de Oro, un noble estaba autorizado a ser tremebundo, aunque no glotón o sisador. El caso es interesante por cuanto revela que tendemos a concebir el mundo fragmentándolo en categorías, en tipos. Los tipos son puntos de condensación, o si se quiere, centros dotados de un alto poder gravitacional: atraen hacia sí y homologan la realidad circunstante, hasta reordenarla con arreglo a una escala en que el número de posiciones es muy reducido. Lo que no entra dentro de un tipo, no existe. O dicho al revés, usted no será percibido como usted, sino como el tipo al cual se le ha adscrito. En la España del gasógeno, Proust o Gide habrían sido mariquitas; y Demóstenes habría sido un gangoso. Ignoro en qué momento el pijo de derechas fue incorporado al repertorio de los tipos morales, desplazando acaso a la beata y superponiéndose al gangoso. Lo que no ofrece la menor duda, es que integra una figura altamente popular. Hay gente, muchísima gente, que identifica a la derecha con el pijo ideal, y descalifica luego, mediante esta metonimia abusiva, a una parte de la sociedad. La derecha es como el pijo; el pijo es aborrecible; luego la derecha es aborrecible. El sistema de asociaciones funciona como un mecanismo de relojería y localiza al enemigo. Sirve para agrupar y también para dividir. El vejamen del gangoso, en los ambientes rurales de principios de los cincuenta, reflejaba crueldad o falta de caridad, pero no escondía implicaciones políticas. El gangueo es una afección orgánica, no un rasgo ideológico. El vejamen del pijo, por el contrario, está teñido ideológicamente. Por eso resulta profundamente desagradable, y quizá más que desagradable, el vídeo con que las Juventudes Socialistas han considerado ingenioso defender la asignatura polémica. Me refiero, claro, a Educación para la Ciudadanía. l vídeo ha sido una mala idea, desorbitada por la exageración paródica. La representante de la buena causa, la chica que responde siempre lo que hay que responder, es una parodia. Se trata, no obstante, de una parodia menor, de una parodia amable, de una parodia cómpli- T ce. Esta parodia ha sido el peldaño de una licencia intolerable. Una vez concedido que el bueno puede ser un poco excesivo, se ha abierto la veda para que el malo sea grotesco, o despreciable, o peor, inhumano, en tanto que situado más allá de los límites pasados los cuales nos negaríamos a pegar la hebra con otra persona, por llamarla de alguna manera. Eso es lo que es el joven estólido que en el vídeo representa a las Jóvenes Generaciones del PP A ese muñeco, condecorado con un cocodrilo gigante a la altura de la tetilla izquierda, no se le puede tomar en serio, ni aún para rebatirlo. a sido el vídeo, meramente, una mala idea, o significa algo más? ¿Asistimos sólo a une gaffe, a un desliz? Me gustaría creer en la hipótesis del accidente. Por desgracia, no es una hipótesis realista. Todos los indicadores señalan que el PSOE, en su encarnación zapaterista, ha decretado la marginación civil de la derecha. La decisión infausta ofrece flancos políticos e institucionales de sobra conocidos. Esto, con todo, no es lo peor. Lo peor nos remite a la fenomenología moral: al movimiento en las conciencias, y también en los instintos, de que trae su fuerza la exclusión política. Estamos siendo testigos, en España, de un experimento de laboratorio. El hombre es fácilmente fanatizable. Esconde, bajo la tapa del cráneo, un sistema de resortes prontos a dispararse apenas actúa sobre ellos un puñado de estereotipos rudimentarios. Por eso la pornografía es eficaz, a despecho de que maneje cuatro, cinco señuelos básicos; por eso persisten en tener éxito los folletines sentimentales, por mucho que estén calcados los unos sobre los otros; por eso era infalible el cómi- ¿H co de la legua cuando gangueaba. Y por eso es enorme la responsabilidad de los líderes democráticos. La democracia supone un logro cultural, en una acepción muy precisa. En gran medida, somos propensos a menospreciar al que estimamos que no tiene razón. En gran medida, igualmente, somos animales hobbesianos: cobardes y violentos, y tanto más violentos, cuanto más lo son a su vez nuestros vecinos. El balance histórico de esta nuestra forma de ser, han sido las disensiones civiles, saldadas con el triunfo de una de las partes y la imposición del orden desde arriba. La respuesta democrática consiste en romper el círculo de sucesivas opresiones mediante el arreglo institucional oportuno, y, más importante todavía, la actitud oportuna. En una democracia, se reconoce el derecho del otro a discrepar, e incluso, a promover su discrepancia a través de los medios que proporciona el gobierno. Pero se trata, como acabo de afirmar, de un equilibrio difícil, sutilísimo. El poder debe ser limitado; no vale cualquier cosa para alcanzarlo o perpetuarlo; es menester que los códigos de moral pública sean abiertos y flexibles; y sobre todo, hay que respetar al prójimo. El clima de convivencia democrática genera inercias benéficas. Más probable es que se robustezca la democracia, cuanta más democracia se tiene a las espaldas. Pero esta inercia, aunque parezca paradójico, hay que trabajársela. Hay que soplar en las velas, porque no siempre el viento empuja lo suficiente. Y los que más tienen que soplar, son los políticos, o por extensión, los que juegan un papel destacado en la vida pública. Aquí no está ocurriendo lo que mandan los breviarios de buen comportamiento democrático, sino lo contrario. Y aunque el presidente no es el único responsable, sí es uno de los más conspicuos, por su posición y sus ejecuciones. os circunstancias imprimen un sesgo especial, casi surreal, al experimento desafortunado. La primera, es que la arremetida contra la convivencia se haga, precisamente, en nombre de la convivencia. Bien está que se destierren algunos números agraviantes del repertorio del cómico. Pero resulta asombroso que, de paso, se comprima en la caricatura del gangoso a la mitad de un país. El segundo factor reside en la reinvención de la historia. Desde que se murió Franco, todo es nuevo en España: la izquierda democrática y la derecha democrática, surgidas tras una solución de continuidad de cuarenta años. La interrupción ha sido arrasadora, irreversible, para bien y para mal. ¿Qué necesidad existía de resucitar los renglones más intemperantes, más torpes, de un guión recitado por quienes se buscaron el bulto cuando España era distinta, y peor? D E ÁLVARO DELGADO- GAL