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ABC MIÉRCOLES 10 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA DEJAD EN PAZ LA MALDITA GUERRA Ínclitas guerras paupérrimas, sangre infecunda, perdida (Blas de Otero) IENTRAS una partida de asesinos intenta de nuevo torcernos el futuro a bombazos, una recua de políticos semianalfabetos ocupa su tiempo en la pretensión de reescribir el pasado. Pertrechados de prejuicios sectarios, no creen tener nada mejor que hacer en estos momentos críticos que evacuar un juicio histórico para el que carecen de conocimiento y de credibilidad. Quieren salIGNACIO tar de un plumazo sobre toCAMACHO neladas de estudios, sobre decenas de miles de testimonios, sobre millones de experiencias de sufrimiento y congoja, sobre décadas de esfuerzo de varias generaciones empeñadas en asumir de un modo razonable las consecuencias de un desvarío fratricida. Allá ellos. Conmigo que no cuenten ni para discutirlo. Sencillamente, no me interesa. No reconozco a esta clase dirigente, prohijada en covachuelas de aparatos cerradamente banderizos y políticamente estrábicos, la autoridad intelectual ni moral necesaria para un dictamen sensato sobre nuestra tragedia de sangre. El juicio histórico está en los libros, y la memoria forma parte de la experiencia individual de quienes tuvieron la desgracia de asistir a aquel vergonzoso fracaso de convivencia, cuya sombra sólo proyecta demonios de desesperanza. Si no fuese por el compromiso de una generación renovadora que se esforzó en buscar una salida a ese trauma colectivo, nadie podría vivir en paz sintiéndose depositario de esa herencia de horrores. Hemos tenido que aprender a conciliar nuestra memoria con la existencia de aquel pozo de infamia que no vivimos. A desvincularnos del dolor de nuestros mayores para levantar un marco cívico en el que no tuviésemos que avergonzarnos los unos de los otros. A buscar en el interior de nuestra conciencia el aliento para desprendernos de ese lastre de culpa. A rechazar la tentación de ajustar cuentas con un pasado innoble. A impedir que los fantasmas envilecieran con su pena cainita e irredenta nuestro horizonte de libertad. Para eso hemos tenido que admitir la universalidad de la infamia. Desprendernos de los prejuicios familiares, ideológicos o vitales y bajar al infierno de la razón en busca de un rescoldo de piedad. Se logró, y no fue fácil, pero se impuso la exigencia de un pacto con nuestra propia necesidad de sobrevivir. Un pacto de mutuo perdón retrospectivo que ahora quieren liquidar mirando hacia atrás los que no saben urdir un acuerdo de mínimos para avanzar hacia delante. Sabemos que provenimos de un albañal de odio cuyas salpicaduras hemos tenido que limpiar para poder mirarnos en un espejo de dignidad. La memoria de esa ciénaga nos provoca espanto, compasión y repugnancia. Y lo que queremos es enterrar de una vez esa maldita guerra con todos sus muertos, y que quienes nos representan se ocupen del futuro de nuestros hijos y dejen de revolver el estéril pasado de nuestros padres y nuestros abuelos. Si saben, y si no, que se dediquen a otra cosa. M EL RECUADRO MEMORIA HISTÓRICA DEL TÍO JULIO E STE año les hemos llevado anticipadamente las flores de noviembre. No en el tiempo de los crisantemos, sino en el de los nardos. El cementerio del pueblo aún no tenía el azacaneo de cubos y escobillas de cal de otras veces. El silencio sí era el mismo. Hacía verdad el verso de Juan Ramón: ellos se han ido, pero siguen los pájaros cantando en los cipreses, junto al romero, en la quietud de la sierra. Sobre el mármol antiguo ya amarillecido del panteón, sus nombres. Y las fechas, ay, de su asesinato: Julio Herce Perelló, 29 julio 1936; Julio Herce Nogales, 13 agosto 1936 Son el tío y el abuelo Julio. Isabel, mientras reza, se fija una vez más en esas fechas, y me advierte algo en lo que no había reparado antes. Me dice mientras salimos, las blancas flores sobre el mármol, los pájaros cantando en el silencio de la sierra: -No me había dado cuenta antes: al tío Julio lo mataron antes que al abuelo. ¿Te imaginas lo que pasaría el abuelo, al ver que sacaban a su hijo para matarlo? Fue en la Cuesta de los Molinos. Donde el atardecer se hace rojo los días de verano que la gente comenta la calor que ha tenido que hacer en Sevilla. Allí, en ANTONIO una cuneta, por esas fechas, mataron al BURGOS tío Julio, estudiante de Derecho en la Universidad de Sevilla, falangista de antes de las elecciones del Frente Popular. Hubo un tiempo en que una cruz de hierro recordaba el lugar del sacrificio. Cuando de niños íbamos de jira al puente del camino viejo de Sevilla, los hombres se quitaban el sombrero al pasar por esa cruz y las mujeres bisbiseaban una oración. Y todos se santiguaban. Ya esa cruz no existe. La quitaron. Como quitaron en la plaza el mármol solemne que rendía honores a los nombres de todos los caídos del pueblo, asesinados por el terror revolucionario de aquellos días, cuando al abuelo Julio lo mataron apenas seis días antes que entraran los nacionales, por un terrible delito: ir a misa y, encima, con devocionario, y ser de comunión diaria. El Papa va a beatificar a 498 mártires de la fe en la guerra de España. Nosotros tenemos uno, anónimo, en la familia. Isabel sabe qué es el odium fidei con sólo evocar el misal negro de su abuelo. Junto a la tumba del abuelo y de tío Julio están las de otras familias cuyos varones también fueron masacrados: los Crespo, los Puerto, los Castelló, los Fontán, los Yanes. Todos nos habíamos olvidado del horror de aquellos asesinatos. Con la reconciliación habíamos perdonado. Pero con esta revancha de la Memoria Histórica se me revuelven ahora estos recuerdos terribles de cuanto me contaba mi suegro Daniel, que iban a sacarlo también de la cárcel para fusilarlo, pero lo salvó el encargado de San Antonio quien se encaró con sus camaradas: ¿Pero cómo lo vais a matar, si nada más que tiene 15 años? Si no fuera por esta revancha de la Memoria Histórica, yo no habría vuelto ahora a leer las terroríficas memorias del sanguinario doctor Salvador Vallina, sembrador del odio asesino en el pueblo: Pero la semilla que arrojamos en el surco social germinó más tarde y cuando estalló la revolución popular contra la agresión fascista, se sublevó en masa el pueblo de Guadalcanal. Se sacaron de todos los edificios religiosos los objetos combustibles, como imágenes de madera, altares, retablos, etc. y los amontonaron en una alta pirámide en la plaza pública. Se prendió fuego a la pira y las llamas iluminaron con sus resplandores todo aquel territorio, hasta las más altas montañas. A pocos pasos estaban encerrados en el Ayuntamiento los peores fascistas, desde donde contemplaron sus símbolos reducidos a cenizas por el fuego purificador, y después fueron llevados al cementerio y fusilados. El cura principal, que había ejercido influencia perniciosa en el pueblo, fue fusilado dos veces. La primera vez quedó mal herido y a la mañana siguiente lo encontraron con vida, sentado sobre una tumba y rezando, y fue fusilado definitivamente. Isabel no me lo dice, y no quiero recordarle los nombres queridos cincelados sobre el mármol amarillecido de las blancas flores. Mas sé que con esta venganza revanchista de la Ley de Memoria Histórica siente como si al abuelo y al tío Julio los volvieran a fusilar en la tapia del cementerio o en la cuneta de la Cuesta de los Molinos. Por el terrible delito que querer a España o de creer en Dios.