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60 AGENDA Necrológicas LUNES 8 s 10 s 2007 ABC Dolores de Urcola y de Zuloaga s Aristócrata Gallega por encima de todo Ostentó con dignidad uno de los títulos nobiliarios más antiguos de España, el Señorío de la Casa de Rubianes, hasta su fallecimiento en agosto pasado, a los 105 años M. F. DE SAGARRA Hija de dos bilbaínos, Ignacio de Urcola y Rufina de Zuloaga, Dolores de Urcola y de Zuloaga, Señora viuda de la Casa de Rubianes, marquesa viuda de Aranda y Grande de España nació en 1902 en la madrileña calle de Velázquez. Se educó en el Colegio de San José de Cluny que entonces estaba situado en el Paseo de la Castellana y vio levantarse la neogótica iglesia de la Concepción en la calle de Goya cuyas obras, que empezaron en 1902 según el proyecto del arquitecto Eugenio Jiménez Corera, fueron terminadas tras la muerte de éste por Jesús Carrasco en 1914. La imagen de la Inmaculada preside, desde su torre de 44 metros, el corazón de Madrid. Doña Dolores de Urcola falleció el pasado día 12 de agosto en su Palacio de Rubianes, donde había querido vivir y donde ha muerto, de vejez sencillamente, quedándose dormida una noche para siempre. Como mueren los justos resumía su hija Beatriz, marquesa de Unza del Valle, quebrándosele la voz por el recuerdo de una madre que tres días antes de fallecer leía un libro en francés sobre los amores de Napoleón. Políglota, hablaba perfectamente inglés, francés y alemán, era afable e inteligente, escuchaba a todo el mundo y todo le interesaba, siendo tal vez esa la clave de su longevidad. Y eso que la vida no le ahorró a la Señora viuda de la Casa de Rubianes sufrimientos pues vio morir a tres de sus hijos, primero Alfonso, el pequeño, luego La Señora viuda de la Casa de Rubianes el día que cumplió cien años María Dolores y el año pasado el mayor, Gonzalo. Doña Dolores de Urcola deja dos hijos, Beatriz y Fernando, 25 nietos y 37 bisnietos Su entierro constituyó una enorme manifestación de duelo de gente de toda condición que se acercaron a dar su último adiós a la Señora viuda de la Casa de Rubianes a la que querían entrañablemente por su devoción a Galicia, donde era una institución, y por su generosa ayuda a quien la necesitara. Más de uno recordaba cómo en la guerra civil procuraba comida a los paisanos y que muchos de ellos sin sus desve- los no hubieran sobrevivido. Doña Dolores de Urcola contrajo matrimonio en 1930 en Madrid, en San Fermín de los Navarros, con don Alfonso de Ozores y de Saavedra de Saavedra y Salamanca que heredaría el Señorío de la Casa de Rubianes, con Grandeza de España y el marquesado de Aranda. Precisamente sería don Alfonso quien inició en Galicia el cultivo del mejillón, trayendo del Japón, allá por los cincuenta, la primera batea y las cuerdas que han creado años después la riqueza gallega y ha sacado a Galicia de su secular atraso. Doña Dolores de Urcola colaboró enormemente con su esposo en toda esa labor de cultivo. Los Señores de la Casa de Rubianes, que amaban profundamente Galicia, lucharon toda su vida por mejorar las condiciones de vida del pueblo gallego. Doña Dolores de Urcola también promocionó en toda Galicia la camelia pues el Pazo de Rubianes, del siglo XVIII, cuenta con camelios de varias especies como la Camellia Sasanqua, Camellia Reticulata y Camellia Japónica. Algunos de ellos galardonados con la camelia de oro y plata en las distintas ediciones del Concurso Exposición Internacional de la Camelia que la Diputación de Pontevedra organiza anual- mente. Jardín, finca y arboleda forman el pazo que se comenzó a construir en 1764, y aún conserva el estanque de ranas, con su pérgola y glorieta emparradas y en el que la Señora viuda de Casa Rubianes, ayudada por sus hijas, diseñó y construyó un jardín geométrico de traza laberíntica. Doña Dolores de Urcola fue también durante veinticinco años presidenta de la Asociación Española Contra el Cáncer de Galicia, imponiéndole la Medalla de la misma la entonces presidenta de la Asociación, la condesa de Elda. Remontándonos en el tiempo encontramos el origen del Señorío de la Casa de Rubianes, uno de los tres reconocidos oficialmente en España, en García de Caamaño, descendiente de una de las más antiguas familias de Galicia, de la que la leyenda dice que provenían de un Príncipe troyano y que un Caamaño en tiempo de los suevos era Gobernador de Galicia. Más adelante, huyendo del Rey de Castilla Pedro I el Cruel, García de Caamaño, Señor de la Casa de Noya pasó a la otra orilla y se instaló en Rubianes siendo ése el origen del Señorío de la Casa de Rubianes. Doña Dolores de Urcola y de Zuloaga, Señora viuda de Casa Rubianes vivió y murió en ese Palacio. Soledad Carrasco Urgoiti Esta mañana recibo la triste noticia de que mi vieja y querida amiga, Soledad, ha fallecido en el hospital de la universidad de Columbia, donde había ingresado hace unos días. Al recibir la triste noticia una serie de viejos recuerdos han vuelto a mi memoria. Los recuerdos datan de 1959, cuando mi padre, Luis de Zulueta, vino a vivir conmigo a Nueva York. Mi padre tenía entonces 79 años, pero permanecía activo como periodista y le gustaba también continuar su actividad de profesor. Entre el grupo de gente hispanohablante de esta ciudad, había reunido unas cuantas señoras que venían a casa regularmente y a las que daba unas clases de lo que se podría llamar cultura general Las señoras que venían eran en su mayoría de Hispanoamérica y no tenían una gran formación académica. Cuando mi padre conoció a Soledad y a su madre, Graziella Urgoiti, descubrió una nueva alumna en Soledad, a la que la familia llamaba Marisol. Nosotros también la llamamos así. Marisol estaba muy bien preparada en literatura y con una cultura general muy vasta. En mi biblioteca tengo su tesis doctoral: El moro de Granada en la Literatura (del siglo XVal XX) publicado en 1956 por la Revista de Occiden- te. El libro está dedicado A la memoria de mi abuelo, Nicolás María de Urgoiti, que me inició en el amor al libro y está también dedicado a mi padre Para Don Luis de Zulueta, con admiración y cariño Nuestra amistad fue más allá de las fronteras. Cuando yo pasaba el verano en Ginebra con mi padre (mi hermano Julián, con quien vivía, se había ido a Colombia) aparecieron en la ciudad las Urgoiti. Eran Marisol, su madre, y su prima Aurorita, que las acompañaba siempre. Las recibimos con alegría y las invitamos a comer con nosotros. En el ambiente gris de Ginebra, fueron un rayo de luz, que nos animó ese día. Después de la muerte de mi padre en 1964, en Nueva York, yo seguí siendo muy buena amiga de Marisol. Ella venía de vez en cuando a comer conmigo en mi casa o en algún restorán del barrio. Vino varias veces, durante el mes de agosto, a verme a Long Island, a Remsenburg. Venía entre semana y traía siempre algún trabajo que hacer. No paraba nunca. Me decía: Yo no voy a las reuniones del MLA (Modern Languages Association) yo trabajo por libre. Marisol fue una profesora excelente. Yo ni fui alumna suya, ni tampoco colega, pero hablaba conmigo de lo que hacía en clase y de lo que hacía como investigadora. Su sobrino Urgoiti me dijo que apareció en el piso una antigua alumna que tenía cita con ella, y se había jubilado hacía muchos años. La querían todos y les ayudaba enormemente a trabajar. Cuando venía a comer conmigo, venía camino de la Public Library, donde era muy amiga del director, con el que se tuteaba (le llamaba por su nombre de pila) La invitaban con frecuencia a numerosas universidades, especialmente extranjeras, pues sus trabajos sobre los moriscos (obras como Musulmanes y moriscos en la obra de Cervantes: beligerancia y empatía Los moriscos en el pensamiento de Caro Baroja o Reflejos de la vida de los moriscos en la novela picaresca eran conocidos internacionalmente. Con contribuciones en español, inglés, francés, portugués y árabe todavía se encuentra en iberlibro. com el homenaje académico Mélanges. María Soledad Carrasco Urgoiti. Etudes réunies et préfa- cées coordinado por el profesor Emérite Abdeljelil Temini, publicado en Túnez en 1999. Ese libro, en dos volúmenes, da cuenta de la amplitud de sus conocimientos, y en él figuran colaboraciones de algunos de sus amigos y colegas neoyorquinos, como Lía Isaías Lerner y Gonzalo Sobejano. Yo le escribí un breve prólogo sobre la educación liberal, que fue la mía, y también la suya, algo que siempre nos unió. Me mostró la lápida que le habían dedicado en una calle de Granada. Fue ella la que me recomendó para que fuese a hablar sobre Fernando de los Ríos en la ciudad de la Alhambra. Era una de las mejores profesoras e investigadoras de CUNY (Universidad de la Ciudad de Nueva York) pero nunca se daba importancia. Era su vida, como el leer, comer, contemplar los bellos paisajes en un viaje que hicimos juntas por Extremadura, o adorar, como buena católica, a la Virgen de Guadalupe. En una ocasión que la invitaron a una universidad egipcia me consultó sobre cómo debía vestir. Tenía una echarpe de gasa violeta y se lo puso para cubrir la cabeza, respetando las leyes mahometanas. Respetaba todo, pero iba por libre Su abuelo, Nicolás María de Urgoiti, no fue el hombre rico que se hizo más rico por crear la Papelera Española y el periódi- co El Sol como se dijo en una biografía que a Marisol le irritó, como me irritó a mí. Fue un hombre con una verdadera vocación de informar al público lector de lo que pasaba en España y en el extranjero. No había televisión, no había radio y el periódico, como escribió Luis de Zulueta, era la universidad del pobre Me atrevo a corregir a mi padre al decir que era también la universidad del rico. El periódico tuvo sus problemas durante la dictadura. Hubo luchas intestinas y se dividieron en dos bandos. El Sol siguió brevemente su publicación, pero Urgoiti publicó Crisol y cuando murió este diario salió uno final, Luz Todo fruto de grandes esfuerzos. Mi padre, fue periodista desde su juventud en Barcelona, admiraba muchísimo a don Nicolás. El periódico tenía gran altura intelectual y en él publicó Ortega y Gasset su famoso Delenda est monarchia que contribuyó al advenimiento de la Segunda República. Aunque era pequeñísima de tamaño, cuando se subía a una tarima, parecía alta. Su voz era muy buena y ella no leía, sino que en la buena tradición española, hablaba y hablaba muy bien. Su recuerdo vivirá siempre en mi memoria. Carmen DE ZULUETA