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ABC LUNES 8 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA NO BASTA EL DESENCANTO N la sociología electoralespañolaseestá incubando en los últimos meses un curioso misterio: el de cómo es posible que un partido- -la UPD de Rosa Díez y Fernando Savater- -formado por desencantados de la izquierda suscite más simpatías entre los electores del PP que entre los del PSOE. Existe una explicación parcial que hay que buscar en la mayor identificación ideológica de la izquierda, cohesionadaentorno a un voto biográfico que respalda a sus partidos y candidatos al margen de la deriva ocasional que muestren, mientras que los simpatizantes de la derecha soIGNACIO meten a sus representantes CAMACHO a un exigente escrutinio político y ético. Pero sería simplista quedarse ahí, sin tener en cuenta la responsabilidad del propio Partido Popular a la hora de levantar una alternativa convincente ante un Gobierno que suscita una patente desconfianza. Las encuestas preelectorales- -la de ABC y otras recientes- -reflejan al respecto un inquietante síntoma de pesimismo; una clara mayoría de consultados considera que va a ganar el PSOE, incluidos en ella muchos de quienes desean el triunfo del PP y se manifiestan dispuestos a votarlo. El factor no es determinante, como refleja la escasa distancia en estimación de voto, pero sí indicativo de la inercia ventajosa que beneficia a Zapatero ante la ausencia de un recambio poco ilusionante que abre entre algunos de sus partidarios la opción de la tercera vía De alguna manera, se ha instalado en el cuerpo electoral la idea de que el resultado de marzo depende más de los errores del Gobierno que de los aciertos de la oposición. Y lo peor es que muchos votantes perciben que ésa es también la convicción de un PP que debería sentirse más estimulado a vencer por sus propios méritos. Resulta realmente desalentador que un Gobierno incompetente, suspendido en casi todos los aspectos, permanezca al frente de las posibilidades de victoria. El estado actual de la opinión pública es un caldo de cultivo ideal para el surgimiento de una alternativa, y sin embargo parte del electorado que debería potenciarla coquetea con el apoyo testimonial a UPD en un palmario clima de falta de entusiasmo. Rajoy debería hacérselo mirar: algo falla en la oferta del centro- derecha cuando la decepción, con ribetes incluso de alarma, ante la gestión zapaterista no cuaja en una oleadadecidida capaz de enviaralGobierno a su casa. ¿Quiere esto decir que hay que resignarse aotra victoria de ese Zapatero queahora parece disconforme con su popular acrónimo de ZP y busca investirse mediante el marketing deuna respetabilidad que no ha sabido ganarse como dirigente público? En modo alguno; con el estado de disconformidad y hastío que subyace en la opinión ciudadana, sería realmente lastimoso que así ocurriera. El recambio es posibley la distancia corta, pero se necesita un empujón. Una corriente de emoción, una sacudida de empeño, un impulso imaginativo de convicción que vaya más allá de la apelación al sentido común. Hace falta fe en la alternativa y capacidad de transmitirla. Y, si no es mucho pedir, un equipo y un programa capaces de convertir el simple desencanto en una esperanza. E EL ÁNGULO OSCURO LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES L A próxima beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil ha levantado ronchas entre los gerifaltes y sicarios del Régimen, que ven en ella un desafío a la llamada Ley de Memoria Histórica. Y vaya si lo es. Se trata, sin duda, del más formidable desafío que se pueda concebir. La beatificación de los mártires nos recuerda, en primer lugar, que la Guerra Civil no fue esa historieta de buenos y malos que el Régimen pretende imponer, donde unos ponían la sangre y otros el plomo. La beatificación de los mártires nos recuerda que la Segunda República, erigida por el Régimen en espejo de virtudes en el que nuestra democracia debe contemplarse, estimuló y exacerbó el odio antirreligioso desde el instante mismo de su fundación y permitió que, tras el alzamiento militar, la cacería indiscriminada del católico se convirtiese en el pasatiempo predilecto de las milicias socialistas, comunistas y anarquistas, a las que los irresponsables gobernantes republicanos proveyeron de armas para que pudiesen traducir en cadáveres el odio que previamente les habían inoculado. Más de siete mil religiosos fueron martirizados en aquellas jornadas de oprobio; el JUAN MANUEL número de seglares que corrieron idénDE PRADA tica suerte aún no ha sido fijado, pero su establecimiento- -si es que algún día se logra- -dejará chiquitas esas cifras. El Régimen no soporta que tales muertos sean conmemorados, porque deslucen la memoria distorsionada y sectaria de aquel conflicto. Pero la naturaleza del desafío que supone la beatificación de los mártires es de una naturaleza mucho más honda. La llamada Ley de Memoria Histórica se funda sobre una argamasa de rencor y apriorismos ideológicos falaces. Primero se establece que quienes combatieron en el bando republicano fueron unos luchadores por la democracia y la libertad (cuando lo cierto es que muchos de ellos combatieron por instaurar las más feroces formas de tiranía imaginadas por el hombre) después se trata de mantener viva su memoria para que sirva como acicate del resentimiento, para que ese resentimien- to siga infectando la convivencia de los españoles. La sangre de los mártires se alza contra este propósito cainita. Pues quienes ahora van a ser beatificados no fueron asesinados por simpatizar con tal o cual ideología; tampoco lo fueron por batallar en tal o cual bando. Fueron asesinados, única y exclusivamente, por profesar la fe católica, por ser testigos de Cristo. La Iglesia no beatifica a curas trabucaires que se echasen al monte a pegar tiros; tampoco a católicos que fuesen condenados a muerte por haber conspirado contra la República. El reconocimiento de la muerte martirial exige como condición sine qua non que no interfieran motivos de índole política; mártir significa testigo y sólo quienes fueron asesinados por dar testimonio de su fe merecen tal reconocimiento. Y aquí radica, precisamente, la naturaleza desafiante de aquellas muertes. Los mártires que van a ser beatificados podrían haber salvado el pellejo abjurando de su fe; pero su entereza no tembló en aquel trance: entendieron que la fe que profesaban bien merecía el sacrificio del don más valioso que al hombre le es entregado. Y entendieron también que ese sacrificio máximo sólo sería valioso si imitaba el sacrificio redentor del Gólgota. Aquellos hombres y mujeres murieron perdonando a quienes los mataban, murieron amando a quienes los mataban, seguros de que su sangre se convertiría en fermento fecundo. Aquí radica la belleza de su sacrificio, la escandalosa y subversiva belleza de su muerte: murieron con la alegría de saberse amados por Quien iba a acogerlos en su seno, murieron amando a quienes los odiaban, seguros de que ese amor derramado sobre la tierra no sería baldío, seguros de que su sangre acabaría propiciando una cosecha fecunda de reconciliación. Conmemorar a aquellos mártires significa reafirmar su voluntad de amor, significa exorcizar el odio, significa celebrar la belleza de la vida que vuelve a florecer generosamente incluso allí donde ayer se sembró la muerte. Y significa, desde luego, un desafío formidable para quienes se alimentan con el veneno del rencor, los gerifaltes y sicarios del Régimen. www. juanmanueldeprada. com