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4- 5 S 6 LOS SÁBADOS DE El general Kitchener, dueño de uno de los bigotes más patrióticos Darwin, un poder científico to en soldados españoles y franceses durante la contienda. En la década de 1830, al inicio de la era victoriana, el mostacho estaba en plena ascendencia. El impulso vino, sobre todo, de la India. Según Brendon, entre los indios, el bigote era un símbolo de virilidad. Se reían de los oficiales británicos que no se afeitaban el resto de la cara De manera que las tropas de la Compañía de las Indias Orientales cambiaron sus prácticas de afeitado con el fin de parecer más viriles y transmitir mayor autoridad. Por ejemplo, el mostacho se declaró obligatorio en 1854 para todos los integrantes del regimiento de Bombay. No es algo muy distinto de lo ocurrido ahora en Afganistán, donde los soldados británi- Kipling, la memoria imperial cos han sido invitados por su mandos a dejarse pobladas barbas con el fin de ganar ascendencia sobre las tribus locales, entre las que la barba es lo habitual como signo de dignidad. Así, pues, entre moda en la metrópoli imperial y conveniencia en territorios progresivamente conquistados, el bigote adquirió una firme posición, mostrado con orgullo por los hombres, y resultaba seductor para las mujeres. Rudyard Kipling escribió a finales del siglo XIX acerca de una dama que se quejaba de que ser besado por un hombre que no se dejaba crecer el bigote era como comerse un huevo sin sal. Además de falta de educación, poco apetitoso. La opinión de las damas Lo lució el teniente coronel Lumsden en las campañas de la India y Edward Herbert Cecil en la guerra de los Boers. Durante la guerra de Crimea, los barberos anunciaban en las puertas de sus negocios las diferentes modalidades que ofrecían. El bigote se haría emblemático en el famoso cartel de reclutamiento de la Primera Guerra Mundial en el que lord Kitchener, con su robusto mostacho de onduladas y largas puntas, señalaba al frente y decía tu país te necesita Pero al término de la Gran Guerra, la moda se deslizó hacia formas más reducidas y discretas, al tiempo que el Imperio comenzaba a dar señales de agotamiento. Y en el nuevo orden internacional, a partir de 1945, las colonias comenzaron sus procesos de independencia, cuando también el bigote estaba en completa retirada. Cómicos como Charlie Chaplin y Groucho Marx habían contribuido a primero a darle comicidad; luego quedaría también maltrecho por las atrocidades de dictadores como Hitler y Stalin. Una de las últimas apariciones de un bigote bajo la nariz de un político británico de máximo rango fue con el primer ministro Anthony Eden, que ya había optado por una expresión más bien mínima de bigote. Durante su último mandato tuvo lugar la crisis de Suez de 1956, en la que el Reino Unido, junto con Francia, quedó humillado al tener que ceder ante las reclamaciones nacionalistas de Nasser, en una bofetada diplomática de EE. UU. Su sucesor, Harold McMillan, aún llevaría mostacho, pero éste quedaría finalmente eliminado en Downing Street con Harold Wilson. Era obvio que Wilson creía que con un bigote no era posible llevar a cabo la revolución tecnológica opina Brendon. Reducto ya de otro tiempo, los presentadores de la BBC lo eliminaron, mientras los telediarios transmitían las imágenes de nuevas banderas sustituyendo a la británica en varios continentes. El Imperio Británico está tan unido a esa época en la que grandes mostachos, en ocasiones sumados a largas patillas, llenaban la vida pública que cuando el pasado mes se celebró en Brighton el Campeonato Bienal de Barbas y Bigotes, la mayoría de los participantes ingleses habían acomodado su indumentaria a la de la época victoriana. Como ha indicado The Daily Telegraph la prueba definitiva de que cuidar un elaborado bigote es algo laborioso y requiere su tiempo, del que hoy los hombres apenas disponen, es que ni siquiera David Beckham se ha atrevido a intentar llevar uno, y eso que lo ha probado casi todo en cuestión de imagen. LUGAR DE LA VIDA Nombres marinos on los años me voy pareciendo a mis abuelas, y este verano he descubierto que soy tan pescadora como mi abuela Mary. Siendo la mujer más presumida que he conocido, pues pasaba dos horas peinándose y otras dos dándose cremas, el primer recuerdo que tengo de ella es pescando en la playa de la Sarga con el mar hasta las rodillas. Mi madre, en cambio, rememora con horror esa afición de mis abuelos en Villa Cisneros, pues le manchaban el fregadero de la cocina con la tinta de los calamares que usaban de carnaza. Les encantaba pescar en el mar a mis abuelos. Y ahora descubro que me parezco a ellos. Me di cuenta este verano, en una tarde de luz dorada en la ría de Villaviciosa, pescando con mi hermano Juan en su lancha. Durante el regreso a casa decidí, como decido yo las cosas que son para siempre: de un día para otro, comprar un barco. Mi marido siempre dijo que se compraría uno cuando se jubilara, y de repente me pareció muy tarde, viendo que va a cumplir cincuenta años. Pensé en el barco y en nosotros ya jubilados, pescando como mis abuelos, y concluí que no había que esperar ni un día más para tener un barco de pesca. Al principio, claro, estuvimos mirando los de segunda mano, y lo curioso es que el primero que vimos tenía el nombre exacto de mi abuela, Mary, y el nombre era lo que mejor conservado estaba. Desprenden un no se qué los barcos usados. Los de madera me encantan, pero me dan miedo, y los de fibra de vidrio, aunque te digan que casi no han salido al mar, se nota que nadie los endulzó cuando atracaron en el puerto. El problema de un barco nuevo es encontrarle un nombre que nadie haya puesto antes. Me gustan los barcos con nombre de mujer, siempre que esté esa mujer en tierra y el marinero añorándola. Si van a bordo, me parece cursi. Tampoco me agradan las combinaciones de los nombres propios, como ya sucediera hace unos días con un yate que pretendían que bendijera un cura y se montó un jaleo tremendo en el muelle cuando el sacerdote se negó a bautizar el barco de Lucía y Fernando, llamado Lucifer. No se nos ocurre ninguno y el nombre de mi abuela, Mary, navega ya por la ría hace años. C Mónica FernándezAceytuno