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2- 3 S 6 LOS SÁBADOS DE Pedro de Barberana y Aparregui, de negro, con cuello de golilla y la cruz de Calatrava. El conjunto lo completaba el jubón, la ropilla, los calzones y las medias de punto (Velázquez, 1631. Kimbell Art Museum, Fort Worth) Carlos V trajo, vía Flandes, un cierto aire italiano. Hasta que la moda a la española impuso su ley. A partir de Carlos II, el estilo francés tomó el relevo en la pasarela europea tan ancha que debía resultar un milagro pasar por las puertas. Dicen que recibía ese nombre porque ocultaba sin problemas los embarazos. Amelia Leira, del Comité Científico del Museo del Traje, añade a estas prendas el cartón de pecho (antecedente del corsé) que ocultaba las curvas, los chapines altos (un chanclo de corcho en el que se metían los zapatos y que propiciaba el caminar envarado y difícil) y la saya, el vestido de las grandes ocasiones. En la Corte se contaban 350 situaciones que exigían una imagen concreta, según María José García Sierra, conservadora del Ayuntamiento de Madrid. Bodas, funerales, encuentros diplomáticos. Cientos de personas pendientes de la etiqueta necesaria para la ocasión, y muchas más en la trastienda, manos a la obra, especialistas en todo tipo de labores, desde sastres (el creador esencial, desde luego) a peleteros, zapateros, sombrereros, botoneros, guanteros, cordoneros. La industria del textil vivía días grandes. La poderosa España influía sobre medio continente. El negro, y no como símbolo de ausencia sino de posición social, se convirtió en el color de la Corte. Carlos V lo descubrió en el ducado de Borgoña, pero quien lo convirtió en tendencia universal fue Felipe II asegura José Luis Colomer, del Centro de Estudios Europa Hispánica, también conferenciante estos días en el Congreso Vestir a la española (www. vestiralaespanola. es) El negro- -añade- -le venía como anillo al dedo a su afán de cultivar la modestia, de hacerse casi invisible El descu- La industria alrededor del Rey brimiento en América del palo campeche, y de su utilidad como un nuevo tinte, fue decisivo. El negro se tornó intenso y estable. Era el uniforme de agentes de la Monarquía española, de Príncipes europeos, como Rodolfo II, en Praga; de caballeros del milanesado, de gobernadores de Flandes, incluso de la burguesía de países en conflicto con España, como Holanda. A los diplomáticos extranjeros se les advertía de que ése era el tono con el que debían vestirse para ir a ver al Rey. En la segunda mitad del XVI, los cuerpos de las mujeres no tenían curvas. Triunfaban las siluetas geométricas y antinaturales, según Rosa M. Martín y Ros, conservadora del Museo Textil y de Indumentaria de Barcelona. Arriba, el jubón; debajo, el verdugado primero, el guardainfante y el tontillo después. Y, entre el cielo y el suelo, algún detalle: las joyas se cosían a los vestidos, porque no quedaba piel donde lucirlas; el abanico y los pañuelos de encaje eran símbolo de estatus social; el cabello se abombaba con postizos o algodón; y en cuanto a tejidos, terciopelos labrados con fondo de raso negro, la seda- lana, los damascos, las telas llameadas... Los reinados de Carlos V Felipe II, Felipe III, Feli, pe IV y Carlos II marcaron la hegemonía española en el vestir. La ceremonia de despedida se ofició en la cumbre hispano- francesa de 1760, con motivo del enlace de la Infanta María Teresa con Luis XIV A un lado, la austeridad mo. nocromática española, el negro solemne de Felipe IV; al otro, el puñetazo de color y accesorios de la Corte francesa. La moda parisina empezaba a brillar en Europa. Moda pintada en el museo del Prado POR DELFÍN RODRÍGUEZ CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE DE LA U. COMPLUTENSE 1. Tiziano, Carlos V con un perro, 1533. Este magnífico retrato lo representa vestido más bien a la europea, acentuando, gracias a las calidades del jubón y de los demás elementos de la vestimenta, la magnificencia y distancia activa del Emperador. Aunque también acabaría representándolo vestido de negro, como forma pública de expresión de la dignidad no ostentosa y de la majestad del personaje. 2. Tiziano, Isabel de Portugal, 1548. La suntuosidad del vestido de la Emperatriz es una doble excusa para hacer de la pintura un placer y para representar la majestad ensimismada de la esposa de Carlos V con un lujo lleno de simplicidad. 3. Sofonisba Anguissola, Felipe II, 1565. En ocasiones, la renuncia a lo ornamental, la simplicidad y elegancia del negro, prestaban un decoro público y una cualidad íntima que fueron muy apreciados por Felipe II. 4. Diego Velázquez, Las Meninas, 1656. En esta magistral obra de Velázquez, el grupo de personajes, incluido el pintor, representa todo un elenco variopinto y significativo de vestidos y ropajes, como en un simbólico escaparate ordenado por la vida misma, en la que los vestidos y las modas son propias de cada cual y de su posición social, edad y funciones. 5. Diego Velázquez, Felipe IV, 1627. Retrato a la moda sin tiempo, propia de la tradición hispánica, consolidada desde Felipe II y acentuada por la pragmática de austeridad dictada por Felipe IV De negro y con capa corta, la majestad y elegancia públicas del Rey fueron exaltadas por Velázquez con medios limitados casi a la monocromía de las telas. La Infanta Margarita, obra de Velázquez (1653- 54) del Kunsthistorisches Museum Infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, con cuello de lechuguilla y verdugado, en un cuadro de Sánchez Coello fechado en torno a 1575 Ana de Austria viste saya con mangas de punta. En la segunda mitad del XVI triunfaban el cartón de pecho, embrión del corsé, y el verdugado, armazón para ahuecar las faldas. (Alonso Sánchez Coello, 1571. Kunsthistorisches Museum, Viena)