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ABC LUNES 1 s 10 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CONSENSO O EMERGENCIA A dialéctica decisiva de la política española en los últimos treinta años ha sido el pulso entre los nacionalismos y un Estado articulado políticamente en torno al consenso de los dos grandes partidos con capacidad de gobierno. Mal que bien, esa tensión se pudo sobrellevar mientras hubo margen constitucional para la negociación de competencias, estirando el modelo autonómico hacia un marco cuasifederal, pero al agotarse esa vía se ha llegado a un momento de crisis de fragmentación cuyo siguiente pasosólo puede consistir en un tirón de las riendas o un salIGNACIO to hacia el vacío del confeCAMACHO deralismo. El problema añadido consiste en que la etapa zapaterista ha quebrado los consensos nacionales básicos, de manera que ahora no estamos ante dos bloques sino ante tres: los soberanistas, ansiosos de un salto cualitativo; los constitucionalistas, representados por el PP y un am, biguo proyecto encarnado por el presidente Zapatero que se sitúa formal o retóricamente con la Constitución mientras busca espacios intermedios de entendimiento con los fragmentaristas, con la mirada puesta en el aislamiento del centro- derecha. Ese camino hacia el que apunta el Gobierno sólo conduce a una crisis más profunda, que se hará patente cuando los secesionistas se sitúen en un punto de tensión insostenible cuya inflexión puede ser el referéndum- parodia de Ibarretxe. Si ese momento llega sin que se reconstruyan los acuerdos fundamentales, la situación amenazará con volverse ciertamente crítica, al borde de la emergencia, porque si algo tiene demostrado Zapatero es que no sabe sobreponerse a los escenarios de máxima gravedad. Y los nacionalistas le tienen tomada la medida; nada les beneficia más que el alejamiento entre el PP y el PSOE en materia del concepto del Estado. Hoy por hoy, la única hipótesis viable para hacer frente a un reto soberanista de gran escala es la vuelta al entendimiento de un modelo nacional común respaldado por el ochenta por ciento de los ciudadanos españoles y capaz de respuestas a la altura de las circunstancias. Desgraciadamente, se trata de una hipótesis utópica en el actual estado de cosas y relaciones, que sólo puede recomponerse a partir de un cambio sustancial en el equilibrio de poder. Sea quien sea el ganador de las elecciones de marzo, su primera prioridad debería ser el restablecimiento de ese consenso aprovechando la previsible liquidación política del dirigente perdedor, pero es bastante más plausible que eso pueda ocurrir sin Zapatero que sin Rajoy, porque si el presidente renueva se sentirá tentado a proseguir en su deriva aventurerista. Por el contrario, si vence Rajoy acaso le sea más fácil tender puentes a un PSOE en renovación de liderazgo, escarmentado por la experiencia, que buscar con los nacionalistas alianzas circunstanciales que sólo podrían, en el mejor de los casos, dilatar el problema de fondo. Lo que está claro es que la respuesta al gran órdago soberanista no se va a poder cimentar en mayorías precarias, ni siquiera absolutas: hace falta un pacto transversal que devuelva la cohesión a un Estado bajo amenaza. L EL BLOG DE ANASAGASTI ESDE que despotricara sin ambages contra la Casa Real, suelo visitar el blog del senador Iñaki Anasagasti para evitar que el eco de sus exabruptos me llegue filtrado por la prensa. Anticiparé que nunca he profesado una animadversión previa al político nacionalista: creo que su ejecutoria política incluye acciones loables- -así, por ejemplo, sus denuncias del régimen venezolano- junto a otras dignas de denuesto. Pero en su denigración de la Familia Real española introduce rasgos tergiversadores impropios de un representante de la voluntad popular. En una entrada reciente de su blog, Anasagasti acusa al Rey de dimisionario por no haber intervenido para evitar la participación de las tropas españolas en la guerra de Irak. Anasagasti cita aquí el artículo 63.3 de la Constitución, que atribuye al Rey, previa autorización de las Cortes la competencia de declarar la guerra y hacer la paz Habría, en primer lugar, que especificar que la decisión parlamentaria por la que se autorizaba la participación de tropas españolas en aquel conflicto bélico- -participación que, por cierto, nunca incluyó misiones de ataque- -no fue, en modo alguno, una declaración de JUAN MANUEL guerra Pero es que, además, AnasagasDE PRADA ti altera en su blog la redacción del precepto constitucional citado, sustituyendo autorización por deliberación con ello tal vez trate de restar solemnidad a la decisión adoptada por mayoría en las Cortes; o tal vez trate de magnificar la competencia del Rey, a quien según su torticera interpretación del precepto constitucional correspondería la efectiva autorización de una declaración de guerra, tras escuchar el resultado de las deliberaciones de los parlamentarios. Anasagasti miente a sabiendas: la participación de tropas españolas en Irak- -que a muchos españoles nos pareció tan equivocada como al senador nacionalista- -no fue una declaración de guerra y, desde luego, no es competencia del monarca contrariar o invalidar las resoluciones adoptadas en sede parlamentaria. Paradójicamente, aquí el señor Anasagasti se alinea con quienes demandan al Rey actitudes EL ÁNGULO OSCURO D absolutistas que colisionan con el normal funcionamiento de una monarquía parlamentaria. No es la única mentira gruesa que el señor Anasagasti desliza en esta reciente entrada de su blog. En otro lugar solicita que la familia del Rey, que no está contemplada en la Constitución, pase al ámbito de lo privado esta petición se formula, además, a la vez que se reclama que sus gastos sean controlados Pero lo cierto es que la Constitución, aunque no les atribuye funciones constitucionales- -que corresponden en exclusiva al Rey- sí contempla a los miembros desu familia, cuyosostenimiento se sufraga mediante una cantidad que el Rey recibe de los Presupuestos del Estado (art. 65) ¿Cabe imaginar un gasto más controlado que aquél que ha sido aprobado por las Cortes? Anasagasti vuelve a mentir a sabiendas; actitud que se meantoja indigna de un representante de la voluntad popular. Igualmente insidiosas resultan otras afirmaciones del señor Anasagasti. Así, por ejemplo, sostiene (no corrijo sus estropicios sintácticos) que el Rey debería evitar que a su alrededor se sigan con los usos y costumbres, poco menos, que de la monarquía de Alfonso XIII en cuanto a esas absurdas reverencias tan ridículas como serviles, que colisionan contra el concepto de igualdad y de democracia Anasagasti, amén de proclamarse plusmarquista del anacoluto, incurre en esa grotesca caracterización de la democracia como casa de tócame Roque en la cual sobran las solemnidades protocolarias, los tratamientos honoríficos y las meras muestras de respeto. Pero tales reverencias, que al señor Anasagasti pueden parecerle ridículas o serviles, en modo alguno colisionan con el concepto de igualdad y de democracia como tampoco colisiona que un joven le brinde su asiento en el autobús a un anciano, que un discípulo llame de usted al maestro que admira o que un católico se incline para besar el anillo de su obispo. Quizá el propio señor Anasagasti cultive algunos de los gestos mencionados, mas no por ello se nos ocurriría tacharlo de antidemócrata. Creo, en cambio, que ciertas intemperancias facilonas lo caracterizan de burdo demagogo y pescador en río revuelto. www. juanmanueldeprada. com