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86 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 30 s 9 s 2007 ABC yada en su hombro, se aferraba a ellas. Nadie alcanzó a explicar por qué la policía movió los cuerpos antes de hacer la foto en la que Lotte no está abrazada a su marido, sino que aparece a su lado. Tal vez ese abrazo perturbador, más allá de la muerte, resultara poco edificante. Ocurre con frecuencia que en esos escenarios de los jueces de guardia, los atestados y las fotos en blanco y negro, se descubre un detalle conmovedor, electrizante: los guijarros en los bolsillos de Virginia Woolf antes de arrojarse al Ouse; el traje de etiqueta con el que se vistió el poeta Mario SaCarneiro antes de ingerir los cinco frascos de estricnina que lo mataron; las últimas horas del escritor griego Costa Cariotakis, que consumió paseando por la playa antes de dispararse un tiro al corazón... Hay en los escritores suicidas una actitud estética, literaria, una voluntad de inmortalidad novelesca: Morir escribió Sylvia Plath, es un arte, como casi todo Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963. Se levantó de madrugada, preparó el desayuno de sus hijos, tostadas y leche caliente, que dejó sobre la mesa de la cocina. Después selló las rendijas de la ventana con trapos de cocina, y abrió el gas. No ahorró un detalle sobrecogedor: el paño que colocó en el horno para no tener que apoyar la cabeza directamente sobre el metal. Primo Levi se lanzó al vacío por el hueco del ascensor; Ganivet volvió a arrojarse al agua del Dvina tras haber sido rescatado por los viajeros del vapor en el de cruzaba el río y desde el que se tiró; Susan Sexton respiró el humo de su coche, en el garaje, hasta morir, vestida únicamente con un abrigo de piel que había pertenecido a su madre; Jack London se envenenó con morfina, Alejandra Pizarnik con una sobredosis de barbitúricos, Mishima se hizo el haraquiri, Marina Tsvetaieva se ahorcó, Maiakovski se disparó, como Hemingway... Entre las muertes más estremecedoras, la de Emilio Salgari, que murió desangrado en un bosque a las afueras de Turín, tras una angustiosa agonía en la que intentó una y otra vez degollarse con una navaja de barbero. Y la de Gabriel Ferrater: a punto de cumplir 50 años, se suicidó atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Tal vez para terminar, las últimas palabras de Pavese, muerto en un hotel de Turín por una sobredosis de somníferos. La nota que dejó sobre el escritorio decía: Perdono a todos, y a todos pido perdón. No cotilleen demasiado Concedido. BLUES Johnny Winter Concierto de Johnny Winter. Lugar: La Riviera, Madrid Fuego en las cuerdas LUIS MARTÍN Tiene todavía una historia del blues que mostrarnos y un pacto con la inventiva que desdice aquel bochornoso concierto ofrecido en 1999 en Madrid. Desde su irrupción en la escena americana finalizando los años 60, el guitarrista Johnny Winter ha quebrado todas las leyes de la salud y desterrado cualquier prejuicio acerca de sus múltiples dependencias. Ahora sigue rompiéndolas porque mucho me temo que su vida sigue teniendo enormes paralelismos con la de Chet Baker, que siguió consumiendo drogas hasta el último día de su existencia. A los 63 años de edad, Johnny Winter actúa sentado y continúa tocando su instrumento principal como nadie esperaba yo el primero- -que lo hiciera hoy. Así fue entendiéndose a medida que el concierto transcurrió en esta concurrida presentación madrileña. Y resulta particularmente aleccionador que, casi cuatro décadas después de su revolucionaria revelación, su música sea escuchada con veneración por un público del que no siempre podría pensarse que es especialista en su obra. Aunque no hace tanto que entregó nuevo disco, I m a bluesman el concierto se alimentó de un temario de origen fonográfico disperso. Para comenzar, una declaración de principios: Lazy Lester. Y ya desde ese momento, un rosario de blues en los que dejar patente el buen entendimiento con un baterista rudo, pero efectivo, y un bajista que cubría las carencias del titular, desafinado y flojo en el primer tramo del concierto. Por fortuna, éste fue de menos a más. Maravillas de la química tal vez, oigan. Y, así, en breve, teníamos a un Johnny Winter verdaderamente crecido, consiguiendo hasta el final un sonido absolutamente ensamblado y apto para públicos heavys y amantes del blues. Pero Johnny Winter será para siempre el guitarrista incendiario de aquella espeluznante versión del dylaniano Highway 61 revisited y por eso terminó con esta feliz composición. Un auténtico vendaval eléctrico con los mejores destellos de las supernovas del rock de su época. Basta oírle entonar Hoochie coochie man para salir con la impresión de que el suyo es el arte de lo sustantivo. Actitud estética Ernest Hemingway, que sentía pasión por las armas, se disparó un tiro el 2 de julio de 1961 en Cuba AP El arte de morir La lista de escritores que se quitaron la vida es muy extensa: Hemingway, Zweig, Koestler, London, Mishima, Maiakowsky, Ganivet, Plath o Salgari son unos cuantos ejemplos en el siglo XX. Las razones son diversas: enfermedad, política, amor... POR JESÚS MARCHARMALO MADRID. El pasado lunes, el filósofo André Gorz, de 84 años, se quitó la vida junto a su mujer, Dorine, en su casa de Vosnon, al norte de Francia. Los cadáveres de ambos, que habían manifestado en más de una ocasión su deseo de no sobrevivir a la muerte del otro, aparecieron en una de las habitaciones, en lo que sus allegados calificaron de acto supremo de amor. El suicidio de los Gorz trajo inmediatamente la imagen de Arthur Koestler y su mujer, Cyntia, quienes en marzo de 1983 aparecieron muertos en su domicilio, tras ingerir una sobredosis de barbitúricos. Cuando la policía entró en su casa, encontró los cuerpos sentados en sus sillones. En el suelo, junto a Arthur, una emotiva nota en la que se despedía de sus amigos y confesaba haber adquirido los fármacos legalmente, a lo largo de más de un año, para garantizarse una muerte rápida e indolora. En el caso de Koestler, fue la enfermedad- -una leucemia- -y el miedo a una agonía dolorosa lo que le empujó a tomar la decisión de suicidarse. Stefan Zweig acabó con su vida en Brasil, en febrero de 1942, envenenándose junto a su segunda mujer, Lotte. Zweig huía del fantasma del nazismo, que se extendía por Europa con su amenaza de desolación y muerte. Su despedida terminaba: Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer de Europa después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes Gabriela Mistral, vecina suya y gran amiga, fue de las primeras personas que llegaron a la casa. El cadáver de Zweig estaba tendido sobre la cama, vestido y con las manos sobre el pecho. Su esposa, con la cara apo- Stephan Zweig se suicidó con su mujer, Lotte, en Brasil en 1942 ABC