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20 ESPAÑA Trigésimo aniversario del restablecimiento de la Generalitat DOMINGO 30 s 9 s 2007 ABC Xavier Pericay Periodista y escritor Y Tarradellas dijo Ja sóc aquí La legalización del PCE y el retorno de Tarradellas son dos de las mejores operaciones urdidas por el gran instinto político de Adolfo Suárez POR VALENTÍ PUIG El gentío vastísimo y el oleaje de banderas que recibió a Josep Taradellas en Barcelona el domingo 23 de octubre de 1977 no hacía prever el abstencionismo actual del electoral catalán. Treinta años después, la restauración de la Generalitat representa una de las páginas más acertadas de la transición democrática. La llegada de Tarradellas fue el día más largo, un baño turco de masas a la espera de algo inconcreto mientras el ya viejo estadista en el exilio cruzaba Barcelona después de llegar al aeropuerto del Prat desde Madrid a bordo de un DC- 9 de Iberia, sin ministros. La masa escandía eslóganes de toda naturaleza. Había aterrizado a las cinco de la tarde. Fue todo un trayecto desbordado, con las normas de seguridad conculcadas, hasta la plaza de España y luego hasta la plaza de Sant Jaume. Tarradellas avanzaba hacia Barcelona transportado por un espectacular descapotable americano aportado por el senador y cineasta Pere Portabella, tarradellista de ocasión. Aquel día casi toda Cataluña fue tarradellista, al intuir que la demanda de autonomía informulada se encarnaba en aquel hombre alto, cargado de espaldas, de frente hemisférica, con su pañuelo clásicamente plegado en el bolsillo de la americana. Inmersos en aquella multitud expectante, era más fácil identificar la mimesis del cambio que deseos concretos. Los estandartes eran de todo signo y de toda sigla. Así son los entusiasmos populares, como la notable manifestación de la Diada después de las elecciones del 15 de junio en las que el socialismo catalán (con Joan Raventós) obtiene un 28 por ciento de votos, 18 por ciento los comunistas, y un 16 por ciento (respectivamente) la coalición pujolista y la UCD. En la resultante Asamblea de Parlamentarios, Tarradellas ve un posible obstáculo para su regreso y Adolfo Suárez el riesgo de una hegemonía de izquierdas en Cataluña que dificulte encauzar la solución catalana. El lema Llibertat, amnistia, Estatut d autonomia sobrevolaba el ondear de banderas en las concentraciones de masas de aquellos tiempos, con aportación nutrida del sindicalismo efervescente. En realidad, no existía consenso sobre cómo arribar al puerto autonómico, ni se pensaba en una restauración de la Generalitat tal como luego se produjo. En Cataluña, el clima rupturista se imponía. La izquierda podía ser hegemónica en la calle. Así lo ha contado el periodista Carles Sentís, partícipe de la operación Tarradellas y entonces cabeza de lista de la UCD en Barcelona. Al entrar en el término municipal de Barcelona, el acompañamiento de Guardia Civil fue relevado por la Guardia Urbana. En la plaza de España, el gentío que había aguardado largamente entró en agitación fragorosa. El instinto populista de Taradellas se superó. Del mismo modo que conocía la liturgia del poder, Tarradellas también sabía emocionarse cuando corresponde. En el exilio, Tarradellas (un hombre de acción, fundamentalmente, un obseso de la política) había reflexionado hondamente sobre el sentido de la responsabilidad pública, la composición de España y la necesidad de no hacer el ridículo. Para el solitario contra viento y marea, la insurrección de la Generalitat en octubre de 1934 era el ejemplo de lo que nunca había que volver a hacer. Aprendió del sentido institucional y los grandes gestos del general De Gaulle. Así llega hasta la plaza de Sant Jaume y asoma al balcón de la Generalitat: ¡Ciutadans de Catalunya! ¡Ja sóc aquí! No se dirige a los más catalanes, ni a los menos catalanes, ni a los semicatalanes. Aquel gesto abrió una senda que no ha tenido continuación. La pereza mental de la elite tarradellista es proverbial, los socialistas intentaron hacer tarradellismo pero desistieron, mien- RESTABLECIMIENTO Y CONVALECENCIA o deja de ser significativo que el mismo día en que un Consejo de Ministros extraordinario presidido por Suárez aprobaba el Real Decreto por el que se restablecía la Generalitat de Cataluña, uno de los ministros del mencionado Consejo ofreciera a Miquel Roca Junyent, a la sazón portavoz de la minoría catalana en el Congreso, la cartera de Relaciones con las Cortes, y que Miquel Roca, después de consultarlo con Pujol, declinara la oferta. Y digo que no deja de ser significativo porque aquel primer paso, tan simbólico como efectivo, en la construcción de lo que se vino en llamar la España de las Autonomías ya tuvo entonces como contrapunto el sí, pero no que iba a caracterizar en adelante la posición del nacionalismo catalán respecto a la gobernabilidad del Estado. Sí al apoyo parlamentario (a cambio de transferencias, por supuesto) no a la corresponsabilidad de gobierno. Que a lo largo de estos treinta años que hoy conmemoramos ese nacionalismo liderado durante un cuarto de siglo por Pujol y en el último lustro por Artur Mas se haya mantenido en sus trece (y ello con independencia de que en Madrid gobernaran UCD, PSOE o PP) demuestra hasta qué punto el encaje de Cataluña en España no ha sido nunca un objetivo del catalanismo hegemónico. Cuando la prensa insistía en que Pujol era un político que llevaba el Estado en la cabeza nadie caía en la cuenta de que el Estado en cuestión no era precisamente el español. En realidad, y exceptuando el periodo de dos años y medio en que Tarradellas presidió la Generalitat, los esfuerzos por lograr el encaje de la parte en el todo han venido siempre del mismo lado, y no han sido nunca correspondidos. De ahí que a nadie deban sorprender los lodos en los que poco a poco nos vamos hundiendo catalanes y españoles. Hace treinta años nos pareció que el restablecimiento de la Generalitat no podía sino constituir un estadio fundamental en el proceso de apaciguamiento y concordia que la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país habíamos iniciado. Hoy, al ver en qué ha parado aquella ilusión, muchos tenemos la sensación de seguir en plena convalecencia. Y nos preguntamos, cansados, hasta cuándo. N Tarradellas, asomado al balcón de la plaza de San Jaime tras que el pujolismo respetaba institucionalmente al expresidente de la Generalitat pero con la boca chica. Fueron los socialistas (con Raventós) los que en la campaña de 1977 prometieron el regreso de Tarradellas, que a los cien días (después de un primer viaje a Madrid, donde desplegó su saber hacer en Moncloa y La Zarzuela) era un hecho consumado. EFE Aceptar la Monarquía Se imponía el clima rupturista Para Tarradellas, la insurrección de la Generalitat en octubre de 1934 era el ejemplo de lo que nunca había que volver a hacer Mientras la Asamblea practicaba la retórica disruptiva, él apostaba por evitar enfrentamientos entre Cataluña y España La legalización del partido comunista y el retorno de Tarradellas son dos de las mejores operaciones urdidas por el gran instinto político de Adolfo Suárez. Enviado en secreto a Saint- Martin- le- Beau, el entonces teniente coronel Andrés Casinello informa que Tarradellas irradia dignidad Restablecer la Generalitat tenía que ser una operación estabilizadora y no una oportunidad de centrifugación. La autoritas de Taradellas avalaba el paso. Suárez lo dio. Mientras la Asamblea de Cataluña practicaba la retórica disruptiva, Tarradellas apostaba por evitar el enfrentamiento entre Cataluña y el conjunto de España. Tarradellas le dice a Casinello: Cataluña, si así lo acuerda el resto de España, ha de aceptar la monarquía. Del mismo modo que la monarquía ha de aceptar la Generalitat Al día siguiente de su regreso exultante, Tarradellas pro- mete el cargo a las doce del mediodía. Adolfo Suárez le entrega el bastón y el medallón representativos del cargo. El cierre del medallón no se abre. Han pasado tantos años dice Tarradellas. Con gobiernos unitarios, iba a presidir la Generalitat restaurada hasta las (primeras) elecciones autonómicas de 1980. Los acuerdos Suárez- Tarradellas lo habían hecho posible. De repente, los políticos catalanes que habían ignorado sistemáticamente al exilado de Saint- Martin- leBeau se hicieron tarradellistas. Buen conocedor de la naturaleza humana y de la biología política, solía decir: Raventós no duerme pensando que algún día quizás será presidente de la Generalitat y Pujol no duerme pensando que quizás no lo será Tuvo grandes enemigos en el exilio catalanista y en la Cataluña de los setenta era un desconocido. Tarradellas y Suárez provenían de orígenes tan contrapuestos que estaban obligados a un paradójico entendimiento. Josep Pla le visita en el exilio de Saint- Martin- le- Beau y comprende que su antiguo amigo no ve la cosas como un político exilado, ni tan siquiera como un político de oposición Es hombre de gobierno a las órdenes de la continuación de la sociedad Su retorno tuvo trazos de leyenda, de improvisación genial.