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58 AGENDA Tribuna Abierta SÁBADO 29 s 9 s 2007 ABC Isabel María de los Mozos Touya Profesora Titular de Derecho Administrativo en la Universidad de Valladolid EL COBERTIZO DE GUILLERMO Y LOS JUECES DE SEVILLA O tengo tantos años como para haber leído todas las Aventuras de Guillermo, ni tan pocos como para no haber leído ninguna. Por eso, me resulta muy sugerente y revelador evocar sus andanzas, en un contexto educativo polémico y adverso, sin perder la gravitas Y es que, a pesar de que la polémica de Educación para la Ciudadanía (EpC) no sea tan importante, según algunos, lo cierto es que el tema da para mucho, como además se está viendo entre los escaños del Congreso o las cátedras de las Universidades... y aún queda mucho más por ver. Hay algo en este tema que nos supera a todos, que trasciende. Hay en ello algo tan evidente, como difícil de explicar... tan permanente e inmutable, como eso que nos citaban en Derecho Natural de la insociable sociabilidad humana Imagino que el viejo cobertizo de Guillermo Brown es la inocencia de la infancia, donde los niños se encuentran con sus impresiones imborrables, con sus propios ritmos, ante las constantes sorpresas de la vida; donde se refugian siempre, en el suelo familiar seguro; donde ya se percibe algo de lo eterno y, por eso, se descubre la conciencia... pero, el viejo cobertizo no son sólo las raíces, también son las hojas verdes, que van brotando y anuncian todavía frutos. Esa inocencia que debería ser el status de los niños y que, cada vez más, como si a ellos hubiese ya llegado también su peculiar divorcio les está casi vedada. Esa inocencia que alimenta la vida de las personas adultas que saben asimilar el pasado, y que no renuncian al misterio, ni al futuro, y que sí creen en la eternidad... Esa inocencia, en fin, que se refugiaba en el viejo cobertizo del que salían las fechorías de Guillermo y al que volvían, edificantes, arrepentidas, aunque no siempre, ni del todo, comprendidas, sus consecuencias rumiadas o arrinconadas, para comenzar, de nuevo, otra aventura. No es justo que, en aras de la integración social que comporta la enseñanza reglada, se impongan contenidos ideológicos, cualesquiera que sean, porque en ese ámbito de la moral y las creencias, también religiosas, el Poder público debe ser neutral N sea, sin violentar su propia conciencia, que es al mismo tiempo su propio derecho a la identidad que, a su vez, se concreta a través del derecho preferente de los padres para formar a sus hijos, según su conciencia, de conformidad con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tampoco se puede pretender formar la conciencia moral de los niños (y, según la Convención sobre los Derechos del Niño, éste es el menor de 18 años, es decir, el sujeto pretendidamente obligado a cursar EpC) no sólo presumiendo que carecen de esa conciencia, irrumpiendo así en su propia identidad y, por tanto, en su propio ritmo de maduración moral, sino también, pretendiendo imponer, para ello, un cauce metodológico exclusivo y excluyente, que es un ataque furibundo contra la intimidad personal y que se concreta para los alumnos en un ejercicio obligatorio de destape ideológico, consistente en declarar sobre las propias creencias para que puedan, en el contraste con las demás, ser ridiculizadas y relativizadas, y poder formar así no sólo extemporáneamente, sino también, perversamente la conciencia infantil, de forma totalitaria y tramposa. Es como si los gobernantes quisiesen tomar ventaja a la vida, que es, con mucho, la mejor maestra que existe, y de la que forma parte la propia familia. o es justo que, en aras de la integración social que comporta la enseñanza reglada, se impongan contenidos ideológicos, cualesquiera que sean, porque en ese ámbito de la moral y las creencias, también religiosas, el poder público debe ser neutral. Por eso, tampoco sería legítima esta asignatura si fuese optativa, porque entonces se pondría en el mismo plano que la religión, y vendría a ser como una religión laica, a la que muchos se adherirían por puro oficialismo, o por la ausencia de otras creencias, pero, sobre todo, porque entonces el poder público dejaría de ser ideológicamente neutral, y contravendría así la Constitución. En cierto modo, la socialización es necesaria, sin duda alguna, pero las personas somos también esencialmente individuales, y nuestra responsabilidad es personal e intransferible. Por eso, no todo en las personas es socializable y la moral, desde luego, menos que nada. Existe en el fondo de todos nosotros un espacio, un viejo cobertizo, nuevo (siempre, por explorar) donde podemos encontrarnos solos o, por el contrario, como Nicodemo, volver a nacer de nuevo... entonces la soledad, que es la muerte, no puede decir nada, ante quien ya la ha vencido y habita nuestro corazón nuevo. N M e pregunto cómo defender ahora la inocencia de los niños. ¿Cómo se puede proteger a la infancia, negándole el valor ¿cívico? de la inocencia? ¿Qué es esa inocencia, en realidad, y quién la cuida? O, quién podrá curarla cuando sea herida y agraviada; a quién compete preservarla y a qué estructura garantizarla y, en su caso, promoverla. Sigue habiendo muchas palabras, aunque algunas parezcan olvidadas, que vienen a expresar algunas claves... candor, pudor, espontaneidad, confianza, naturalidad, limpieza, transparencia; o también, orden, rigor, respeto, excelencia, exigencia, sana competencia y disciplina; y, por supuesto, libertad, justicia y caridad. Sigue existiendo la inocencia, y sigue siendo necesario proteger a la infancia. A pesar de que pueda parecer, a veces, como si los niños pasasen del chupete al preservativo, sin solución de continuidad, y sin dejar de comer compulsivamente todo tipo de bolli- caos y porquerías semejantes, que luego degeneran en buscar nuevas sensaciones sin límite, hasta enganchar y anular a muchos. Y, también, a pesar de la estética feísta de los cuentos y películas de príncipes de ciénaga, o de las pretendidas heroínas de fiestas patronales, arraigadas en las hordas juveniles del botellón y, triunfalmente, encara- madas sobre carritos de la compra sustraídos del súper de turno, con sus rollitos de primavera a la vista, hasta donde la espalda acaba y la camiseta de una supuesta peña- -simplemente, inexistente- -no llega, intencionadamente, aunque parezca mentira... Y, sin embargo, cuando la ciudad se vuelve incívica y hostil, como la ciudad festeja a su Patrona, a pesar de todo, las campanas de la Catedral suenan de nuevo... ste es el contexto en el que los jueces de Sevilla deben pronunciarse ahora sobre si la normativa socialista de EpC viola o no los derechos fundamentales de los educandos y sus familias. Porque es la libertad de conciencia lo que está en juego, es decir, el artículo 16 de la Constitución y sus concordantes (derecho a la intimidad, derecho de los padres a la educación moral y religiosa de los hijos, y derechos de la infancia) La infancia también tiene conciencia, y no se le puede imponer una moral, sea la que E