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ABC JUEVES 27 s 9 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA LA MONSERGA DE LOS PIRÓMANOS No nos dejemos embaucar. Aquí los ciudadanos respaldamos la Constitución de 1978, el régimen político instaurado por ésta y sus símbolos e instituciones. Incluida la Corona encarnada en Don Juan Carlos. Pocos Reyes se han hecho más merecedores de ella en la Historia de España... A invocación del fuego es una constante en la historia del hombre. Los griegos lo consideraban uno de los elementos esenciales conformadores de la vida (Empédocles de Agrigento) cuando no su principio por excelencia (Heráclito de Éfeso) incluidas además admoniciones sobre su uso: No revuelvas el fuego- -decía Pitágoras- -con un cuchillo Y asimismo el fuego forma parte de alguno de nuestros más hermosos villancicos- Porque no está quien espera lejos de vivir muriendo; y el fuego en que estoy ardiendo siempre en mí será mayor (del poeta Pedro Laynez allá en el siglo XVI) cuando no de las páginas épicas de nuestra Historia: Esto no es nada. Siga el fuego exclamó Churruca al caer herido de muerte en la batalla de Trafalgar. Por no recordarles su presencia en la religión cristiana- Fuego he venido a traer a la tierra ¿y qué quiero sino que se propague? (San Lucas 12, 49) Pero lamentablemente no nos referimos a estos contextos filosóficos, literarios, históricos y religiosos, sino a otra realidad: la quema de retratos del Rey en Gerona y Molins de Rey (Barcelona) Supongo que, si los fundamentalistas pirómanos se entregan a tan virulentas conductas, será porque consideran desacreditados el hacer del Jefe del Estado y los valores representados por nuestra Monarquía constitucional: la unidad de España y la permanencia del Estado. a verdad, son injustificables de todo punto tales procederes. Si la desaprobación es a la persona del actual Monarca, entiendo que lo que se repudia es la labor auspiciada por Don Juan Carlos en estos años. A saber: el paulatino pero irreversible desmantelamiento de las estructuras de una larga y asfixiante dictadura; la apuesta valiente por un proceso de Reforma Política que devolviera la soberanía al pueblo español, al tiempo que cerrara de una vez por todas las heridas fratricidas de una cruenta Guerra Civil; el firme apoyo, día a día, al proceso de nuestra Transición Política y su exquisito respeto a las decisiones consagradas por el poder constituyente en nuestra Carta Magna de 1978; la impagable preservación del vigente régimen constitucional con ocasión del frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981; la completa dedicación como poder moderador, au dessus de la mêlée, a su función de arbitraje y mediación en el funcionamiento regular de las instituciones; y su insustituible papel, en tanto que mejor embajador de España, en nuestras relaciones internacionales. Un Rey, por cierto, siempre generoso en el reconocimiento, dentro de la unidad nacional, de los diversos pueblos de España. ¿Es esto lo que se refuta tan aniquiladoramente? Ahora bien, si lo que se cuestiona es la forma política monárquica del Estado, tampoco es explicable tan desaforada reprobación. Basta con detenernos en el examen desapasionado de la Historia de España, para constatar que la Monarquía es la forma que ha traído más estabilidad y prosperidad a nuestro país. No adivino las L razones del embelesamiento por un pasado republicano contrastadamente desastroso. Como describe Ksawery Pruszynski respecto de la II República, ésta prometía que iba a hacer de España una Francia moderna pero terminó pareciéndose a una república de América del Sur, con su revolcón cada dos años, sus golpes de Estado durante las vacaciones, con una dictadura en ciernes y una revolución a medias Así pues, tampoco acierto a descifrar tales censuras. ¿Por qué no les da a tan iletrados incendiarios por acercarse, por poco que sea, a la siempre purificadora tea- -ya que les gusta tanto el fuego- -de la cultura? ¿O es que prefieren seguir desempeñando el papel del capitán Beatty, incinerador de libros y papeles, en la inolvidable obra Fahrenheit 451 de Ray Bradbury? icho esto, que no nos engañen, ni los unos, ni los otros. Los primeros, porque no es verdad que exista debate nacional sobre nuestra forma política del Estado. La Monarquía sigue siendo la institución mejor valorada por los españoles como atestigua de forma recurrente el Centro de Investigaciones Sociológicas. Que no nos confundan con maniobras interesadas y torticeras, pues ya sabemos lo que desean: el quebrantamiento de la unidad de la Nación española y sus instituciones más enraizadas. ¡No es casual que la Monarquía encarne la unidad y permanencia del Estado (artículo 56. 1 de la Constitución) Aquí no hay debate, ni discusión de entidad, sobre nuestra forma de gobierno, salvo la perorata impenitente de los de siempre. Pero no les demos alas. La Monarquía no está en peligro. No vayamos a caer en el embuste y terminemos haciendo ciertas las palabras de Casio a Bruto en el Julio César de Shakespeare: La culpa no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos D Pero, por otra parte, tampoco hay que ser pusilánimes en la salvaguarda de lo nuestro. Y por eso no puedo ocultar mi desazón por no haberse dado, nada más producirse la quema de la primera fotografía del Rey, una clara y contundente defensa de nuestra más alta magistratura del Estado. Una respuesta a favor, en un Estado de Derecho, de la preservación de sus instituciones y del cumplimiento de las leyes. En cambio, no tuvimos más que un casi completo silencio por parte de quienes debieron tomar la palabra. No sólo es desafortunado el grito de los que vociferan zafiamente, sino el incomprensible silencio de los que callan. Seguramente, si la situación política no se encontrara hoy tan enconada, ni nos halláramos a las puertas de unos agrios comicios generales, la repercusión mediática y la reacción de los partidos nacionales, de la que han tratado sacar ventaja, habría sido distinta: ¿No hubiera sido más pedagógico, desde el punto de vista democrático, -como ha escrito el profesor Roberto Blanco- -que se hubiera insistido en que solo un reaccionario, sea cual sea la bandera bajo la que cubra su burramía, puede creer que quemar las fotos de un rey parlamentario constituye un acto de defensa nacional? jo, en todo caso, con ningunear tales despropósitos. Como señalaba el Cardenal Richelieu, en su Testamento político, les grands embrasements naissent de petites étincelles (los grandes incendios nacen de las chispas pequeñas) Quizás haya que eliminar el delito de injurias a la Corona del Código Penal o extender su ámbito a todos, pero entre tanto, la ley hay que cumplirla. Aunque esté convencido de que la repulsa de tales conductas debiera ser mayoritariamente política. A nuestros grandes partidos nacionales incumbe su reprobación. No es de recibo la indefensión del Jefe del Estado ante la provocación callejera, el grosero aprovechamiento de unos y el sorprendente aquietamiento o la tibieza pusilánime de otros. Pero vuelvo a lo mismo. No nos dejemos embaucar. Aquí los ciudadanos respaldamos la Constitución de 1978, el régimen político instaurado por ésta y sus símbolos e instituciones. Incluida la Corona encarnada en Don Juan Carlos. Pocos Reyes se han hecho más merecedores de ella en la Historia de España. Sirva como ejemplo la reciente entrega de los premios a los dibujos de los niños- -uno por cada una de las Comunidades Autónomas- -en el concurso ¿Qué es un Rey para ti? organizado por la Fundación Institucional Española. Todos ellos entrañables. Aunque me quedo con el que representa un campo de fútbol, en cuya tribuna central se erige una gran grada con los colores de la bandera de España rodeada por las enseñas de las distintas Autonomías, y un nombre: El Estadio de la Constitución española. Y, sobre el césped, un lema: El Rey, el mejor portero de España ¡A ver si aprendemos de nuestros hijos! O L PEDRO GONZÁLEZ- TREVIJANO Rector de la Universidad Rey Juan Carlos