Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 23 s 9 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 73 Íñigo Moreno Marqués de Laula ¿QUÉ ES LA CAZA? A caza es una actividad controvertida. Para algunos, los cazadores son una especie de demonio verde, cruza de nazi y matarife; para muchos, más de un millón, son gente normal que no ha olvidado el contacto con la Naturaleza. ¿Quién se equivoca? y... ¿en qué consiste verdaderamente la caza? La sociedad moderna ha sufrido un tremendo trauma como consecuencia de los sufrimientos padecidos durante las dos guerras mundiales, y en ese trauma me parece que subyace el rechazo de tantas personas por la cacería. A partir del siglo XIX, las guerras afectan a toda la población: antes morían o eran heridos solamente los soldados, jamás el pueblo llano, que, sin embargo, sufría hambre, desolación de las cosechas, destrucción y robo en sus viviendas, atropellos en las personas, nunca matanzas masivas. Pero después de Napoleón la guerra alcanza a toda la sociedad, y en las dos mundiales, golpea a la población civil de modo implacable ¿Hay que recordar Dresde o Hiroshima? De ahí ha nacido un rechazo visceral por la violencia y la muerte, toda muerte, y en la caza se mata; por ello es aborrecida. a comunidad no admite que esos horrores vuelvan a repetirse, quiere olvidarlos, creer que no han existido y se desliza al hedonismo. Sólo acepta lo amable y conveniente y reniega de toda coerción, aunque sea leve. Los mandamientos, una antigualla de tres mil seiscientos años, se reducen drásticamente: con los tres primeros, que son muy exigentes se hace una pelota y se engullen para sepultarlos en los más íntimo, donde no molesten; del cuarto se ocupa la seguridad social; el sexto y noveno se resuelven con píldoras, de antes y después; el séptimo, véase el décimo, ambos muy enojosos, con la ingeniería financiera; como el octavo nunca se tuvo en consideración, solo queda el quinto, del que se responsabiliza cómodamente a los cazadores. Sin embargo, la muerte en la Naturaleza está indisolublemente unida a la vida, quizás el ejemplo más evidente es el de la Mantis religiosa, especie en que la hembra necesita devorar al macho después de ser fecunda- L La responsabilidad corresponde a las ciudades, las megalópolis que han alejado a sus habitantes de la Naturaleza hasta conseguir que ignoren todo de ella... L da. Se ha olvidado que vida y muerte son dos momentos del mismo ser. La responsabilidad corresponde a las ciudades, las megalópolis que han alejado a sus habitantes de la Naturaleza hasta conseguir que ignoren todo de ella, pues sus ciudadanos viven en una burbuja de plástico y no saben de otro paisaje ni conocen más productos que los elaborados por el hombre. Estoy por asegurar que para el urbano, un campo de golf es la imagen misma de la Naturaleza, y si, apartándose de sus hábitos, toma leche de vaca recién ordeñada le produce un desarreglo intestinal que le arruina el fin de semana. n las comunidades rústicas la visión es muy diferente, ahí se ve nacer a las crías y mandar al matadero a los padres, y la cacería es una actividad más del mundo agrícola, placentera para unos y necesaria para todos como control de la fauna. No son ajenas al descrédito de la caza las obras de cine o impresas en las que se presentan a los animales con caracteres, expresiones y reacciones humanas, confundiendo especialmente a los jóvenes que asimilan a Bambi con un tierno infante y a Baloo con un encantador despreocupado; la reali- dad es muy otra y Baloo se come a sus hijos en cuanto se descuida la madre osa y los carnívoros devoran a sus presas vivas, posiblemente porque necesitan la adrenalina que las inunda. Pero ¿qué es verdaderamente la caza? La Administración la considera deporte, pero ni hace falta ser un atleta ni sobre todo existe competencia entre personas, el reto es contra la Naturaleza. ¿Entonces? Sencillamente se trata de un instinto primario del hombre, impreso como tal en sus genes: el instinto de predación. o hay duda de que el hombre es morfológicamente un predador: la posición frontal de sus ojos lo proclama. Los animales predadores tienen los órganos visuales en el mismo plano para conseguir una visión con relieve y poder así evaluar las distancias y hacer eficaz su ataque; en cambio los animales presas los tienen dispuestos lateralmente para abarcar un mayor ángulo de visión, dominar más horizonte y descubrir los peligros a tiempo para huir de ellos. El que sea un instinto explica la satisfacción que experimenta el ser humano en la acción cinegética, incluso entre quienes están más alejados de la Naturaleza, como tantos profesionales de actividades intelectuales que gozan con la venatoria precisamente porque desarrolla algo de su componente físico que tenían desatendido. Pero como todo instinto en el hombre, ha de estar condicionado por su entendimiento: e igual que el de supervivencia o alimentación se ha dignificado con la gastronomía y el de reproducción o sexual se sublimó con el amor, el de predación, los humanos lo han enaltecido con la venatoria. Así entendido, han de darse unas condiciones imprescindibles y necesarias para que un acto de predación se considere cinegético, es decir, actividad humana, con una inteligencia regulando y una voluntad queriendo. Estas condiciones son, a mi juicio, el silvestrismo, la incertidumbre y la dificultad: tres pautas imprescindibles para que toda cacería tenga una dimensión humana y por lo tanto ética. El silvestrismo de las piezas es la justificación de la muerte en la caza, porque el animal salvaje es tan indómito, que solo se le puede aprehender con su muerte pues prefiere esta a la pérdida de libertad. Por tanto cualquier intervención artificial en la vida silvestre debe tener como límite no mistificar el salvajismo. a incertidumbre, que Ortega identificaba con escasez, es tan fundamental que cuando la abundancia es mucha, el cazador modifica esa situación individualizando una sola presa entre todas, elevándola a único objeto de su persecución. La exigencia de garantizar el éxito es un error de principio ya que una de las condiciones de la caza es su aleatoriedad. La dificultad, por último, es la expresión del desafío que existe entre la inteligencia del hombre y las superiores condiciones físicas del animal, es la medida del esfuerzo que ha de vencer el cazador. Por tanto el venador debe imponerse, a veces, limitaciones personales cuando los avances tecnológicos rompen a su favor la desigualdad primitiva, desvirtuando el reto. El respeto por la presa es el corolario que se deduce de la condición ética de la venatoria. Al renunciar a su superioridad, el cazador restringe voluntariamente sus posibilidades y rinde homenaje a la pieza de caza; esa es la moral y, por qué no, la elegancia intrínseca de la cinegética. L N E