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ABC DOMINGO 23 s 9 s 2007 ESPAÑA 29 DOS MÁS DOS, CINCO La nación, cuando deja de serlo, incurre en unos costes s Hagamos un esfuerzo por recordar, en esta línea de asepsia, las ventajas de ser una nación momento en que empieza a dejar de serlo. Están tan exaltados los ánimos que quizá convenga desarrollar el análisis en términos radicalmente asépticos. Hagamos un esfuerzo por recordar, en esta línea de asepsia, las ventajas de ser una nación. Las naciones comprenden a millones de personas que reconocen una autoridad común, y en particular, aceptan que dicha autoridad redistribuya los recursos invocando los intereses generales en el medio y largo plazo. Uno de los grandes éxitos del Estado moderno ha residido, precisamente, en la supresión de los privilegios locales, paralizantes para la vida económica. En Fortunata y Jacinta aparece un personaje, Estupiñá, que había ejercido de contrabandista... interior. La especialidad de Estupiñá consistía en pasar material de matute desde el campo a Madrid. Y es que la capital estaba defendida de las zonas comarcanas y del resto del país por aduanas, origen remoto, imagino, del rótulo Portazgo que tan bien conocen los madrileños que se desplazan en metro. El Estado, al modernizarse y racionalizarse, no sólo levantó las barreras que paralizaban la vida económica, sino que procedió a una aplicación transversal de la riqueza gracias a la cual puede ejercerse eso que en la parla contemporánea denominamos solidaridad Manifestación fehaciente de solidaridad es el sistema de pensiones: las regiones con población más añosa consiguen mantener a sus ancianos en niveles de bienestar aceptables gracias a los trasvases que se efectúan desde los excedentes generados en las más jóvenes y pujantes. Y así de corrido. Todo esto ha entrado en cuarentena tras la aprobación del Estatuto de Cataluña y su reproducción efectiva o prospectiva en otras regiones. El frangente en que hemos ingresado es peligrosísimo, por cuatro razones al menos. La primera es estrictamente extraeconómica: es inaudito que se proceda a una revolución en la manera de gobernar un país cuando el documento que la soporta y justifica está pendiente de revisio- Álvaro Delgado- Gal olbes ha sido autor de un hallazgo verbal que probablemente perdurará en los diccionarios. Estoy pensando, de suyo va, en la palabra sudoku referida a la imposibilidad de que cien sean más que cien. El sudoku presupuestario comenzó esta semana con los compromisos asumidos por el Gobierno en Cataluña y Andalucía. Cuando las demás comunidades presenten sus reclamaciones, y algunas de ellas no puedan obtener lo que piden, el sudoku se convertirá en una trifulca interterritorial e interpartidaria de dimensiones colosales. El problema no es sólo aritmético. Es, sobre todo, político, y exhibe, además, un alto valor probatorio. Verificaremos, en vivo, los costes en que incurre una nación a partir del S nes potencialmente decisivas por parte del Tribunal Constitucional, que Dios guarde en su beatífica inoperancia. La segunda razón es que se ha territorializado, irresponsablemente, lo que interesa a los individuos, y no a los territorios. La reducción al absurdo de la territorialización, es la cláusula del Estatut en que se vinculan las aportaciones de Cataluña a la contingencia de que ésta mantenga su posición en el ranking nacional de renta per cápita. Esto es un disparate. Los que aportan son los catalanes, no Cataluña, y lo aportan conforme a sus ingresos personales e intransferibles, no de acuerdo a una carrera virtual entre entes regionales. Otra cosa es que haya que asignar ciertos gastos con criterios geográficos. Pero se trata de una cuestión distinta. Lo malo, en el caso presente, no es que se haya adjudicado una partida grande a Cataluña, quizá necesaria, quizá, quién sabe, insuficiente, sino la correspondencia metodológica entre gasto y contribución al PIB. Por ese mismo argumento, un millonario debería recibir, en un hospital público, un trato mucho mejor que un obrero de la construcción o un pensionista. El tercer motivo de alarma, nos remite por lo derecho a la figura del sudoku. Como hasta el más tonto sabe hacer relojes, ca- da cual se ha puesto a indagar la correspondencia metodológica que más le conviene, y por supuesto, las cuentas no cuadran. Se ocasionarán agravios y se multiplicarán los nacionalismos, que no por ser económicos dejarán de ser violentos. ¿Hemos terminado? No. Queda lo peor. Lo peor es la corrupción subyacente. Todos los comentaristas, hasta donde se me alcanza, han concurrido en la tesis de que conviene al Gobierno ser más generoso con las regiones en que gana las elecciones, que con aquéllas en que las gana la oposición. Esto, repito, se ha considerado evidente. Pero no lo es. Imaginemos que un votante socialista pertenece a una región que sale malparada en el reparto. Si lo que prima es el interés, lo normal será que ese votante se enfade y suspenda su lealtad al PSOE. La resulta sería la neutralidad del reparto a efectos políticos: los perjudicados se compensarían con los agraciados, y aquí paz, y después gloria. Sin embargo, los comentaristas están en lo cierto. ¿Por qué? Porque el gobierno autónomo de turno usará el dinero para la compra del voto. El pago en especie es más eficaz todavía que la retórica victimista, y así las cosas, vale más suministrar pólvora a los propios, que a los ajenos. En esas estamos, desgraciadamente.