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4 OPINIÓN SÁBADO 22 s 9 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro SEÑALES DE ALARMA EN AFGANISTÁN OMO ayer se encargó de demostrar el atentado suicida que se cobró la vida de un soldado francés en Kabul, y sólo un día antes el ataque con mortero que terminó con la vida de un militar holandés, para los enemigos de la libertad y de la paz Afganistán representa la misma batalla que Irak, y los matices interesados que han sido construidos para moldear conveniencias políticas no significan nada para los talibanes, ni las relaciones jurídicas entre esta misión de la OTAN y los mandatos de las Naciones Unidas tienen la menor influencia en la consideración de quienes planifican los ataques a las tropas occidentales desplegadas allí. Muy al contrario, los partidarios de mirar al conflicto afgano como un asunto aparte y de importancia relativa han producido una dinámica política enrevesada que no permite que los militares obtengan los medios que necesitan sobre el terreno, ni que los asesores europeos puedan formar adecuadamente a la nueva Policía afgana, lo que, en definitiva, está poniendo en grave peligro el éxito de la misión más importante que ha tenido la OTAN en toda su historia. No se trata simplemente de multiplicar los medios militares. Nadie ha tenido más tropas en Afganistán que la Unión Soviética, que llegó a contar con medio millón de soldados y, sin embargo, fracasó estrepitosamente en su intento de controlar el país. Lo que se echa de menos es el reconocimiento leal de que se trata de un conflicto en el que se juega nuestra seguridad colectiva, lo que debería significar que todos los miembros de la OTAN acabasen con las reticencias cicateras que bloquean cualquier perspectiva razonable de tener éxito en un conflicto extremadamente complejo. Varios países prefieren anteponer las estrategias electorales a corto plazo a la decisión de acudir en auxilio de las tropas de los aliados que se encuentran en las regiones más conflictivas, posición insolidaria y poco inteligente que no sólo amenaza al éxito de la misión común, sino que presupone que si las cosas van a peor en la zona donde se encuentran, tampoco podrán esperar apoyo de los demás. Los medios técnicos- -sobre todo helicópteros- -se escatiman, como si hubiera un lugar del mundo en el que fueran en estos momentos más útiles para nuestros intereses, y el dinero para pagar a los militares y policías afganos no llega. España es un caso paradigmático porque su presencia en Afganistán está claramente animada por este deseo de subrayar la diferencia política y como medio para intentar justificar ante los aliados la intempestiva retirada de Irak. Como consecuencia, el Gobierno está mucho más preocupado por los efectos electorales de la seguridad de nuestros soldados que por el éxito pleno de la misión en la que los excelentes profesionales que enviamos allí están arriesgando sus vidas. Los aliados deben ser conscientes de que, si no cambia su actitud, el destino de la misión en Afganistán acabará siendo el mismo que el de la de Irak. C PRESUPUESTO ELECTORAL L Gobierno aprobó ayer su proyecto de Presupuestos para 2008 con la pretensión de reducir la factura fiscal de las familias y aumentar el gasto social y las inversiones productivas. Se trata de la cuadratura del círculo, del milagro de los panes y los peces: disminuir la presión fiscal y, al mismo tiempo, aumentar los gastos sociales. El proyecto tendrá que pasar todavía el escrutinio de las Cámaras- -que de seguro pondrán en evidencia contradicciones evidentes- -y lograr apoyos para convertirse en ley y entrar en vigor el próximo primero de enero. De la presentación de ayer, tras el Consejo de Ministros, sólo cabe enjuiciar el marco de referencia, ya que los detalles no se darán a conocer hasta la próxima semana, pero la luz verde del Gobierno a las cuentas del Estado viene precedida de los resultados, ya conocidos, de la negociación con las comunidades autónomas amigas y con los sectores sociales que puedan sumar los votos necesarios para convertir el proyecto en ley y permitir a Rodríguez Zapatero utilizar el dinero de todos los españoles como reclamo electoral. Todas esas gestiones han venido presididas por un modelo de subasta con inversiones a la carta: a Cataluña, por el PIB; a Andalucía, por población, y a la oposición, silencio administrativo. El gesto del vicepresidente valenciano- -pidiendo cita en Hacienda antes de que acabara el plazo de preparación del proyecto- -resulta elocuente de hasta qué punto Zapatero ha utilizado el Presupuesto con fines partidistas. El Gobierno ha gozado de una situación económica próspera que ha optimizado la recaudación presupuestaria y que le ha permitido presentar unos saldos positivos en las cuentas públicas, un superávit que ha hecho reducir la cota de deuda pública emitida. En vísperas electorales, parece que el presidente, en contra de las recomendaciones del Banco de España, de la Comisión Europea y de los expertos económicos, ha decidido disponer de esos saldos al servicio del resultado electoral, de una arriesgada política clientelar que, además de improvisada, plantea serios problemas de aplicación. Han pasado ya tres meses desde que Zapatero anunció, en un marco tan poco ade- E cuado como el debate sobre el estado de la Nación, la ocurrencia del cheque- bebé- -que aún no se ha pagado a nadie y que tropieza con serios problemas de retroactividad- acontecimiento que marcó el pistoletazo de salida a una carrera desenfrenada de anuncios sociales, incluso por duplicado, como en el caso del plan de Vivienda. Pero cuando la economía cambia de ciclo y se apuntan caídas en el ritmo de crecimiento, lo recomendable es contener el gasto y no meterse en aventuras. De un Presupuesto como el presentado ayer, lo relevante es la ejecución, el resultado final, y es de temer que el que se va a enviar al Congreso de los Diputados será muy diferente del real, el que se contabilice después de las elecciones. Llama la atención el triunfalismo aparente de su presentación, la pretensión de que reduce la presión fiscal porque deflacta la tarifa y las deducciones y porque incorpora como partidas de menor ingreso el gasto de las nuevas medidas de apoyo a la familia. El Presupuesto es un notable ejercicio de ingeniería contable al servicio de los titulares y, también, ejemplo de un modelo de populismo que se está instalando en La Moncloa. El rigor presupuestario, la credibilidad y la seriedad son las mejores herramientas para hacer frente a las turbulencias económicas y a una posible crisis de crecimiento, pero no es ése el olor de este proyecto, que llega con fanfarria electoral, mucho ruido y poca seriedad. El Gobierno se comprometió a poner orden en la financiación autonómica, a alumbrar otro modelo viable, pero nada ha hecho en este sentido, sino que se ha limitado a contentar a los amigos y aliados con concesiones que introducen más confusión que claridad. Y otro tanto para la financiación local, sobre la que ni siquiera se apuntan proyectos, aunque la recesión inmobiliaria pueda crear problemas muy serios de financiación a muchos ayuntamientos. Con este Presupuesto, lleno de trampas y guiños cómplices, el Gobierno de Zapatero da por cancelado el programa de ortodoxia presupuestaria que ha desarrollado durante la legislatura para apostar, en el horizonte de un cambio de ciclo económico, por una política interesada y muy imprudente. CIU, CRISIS APLAZADA ACE tiempo que se anuncia borrasca en Convergencia i Unió, una coalición que parece incapaz de superar la pérdida del poder en la Generalitat y de su tradicional influencia en el Congreso de los Diputados. La retirada de un dirigente carismático como Jordi Pujol genera siempre una crisis, agravada en este caso porque el líder histórico está empeñado en atizar el fuego de la discordia con declaraciones improcedentes. Artur Mas es un político superado por las circunstancias: no supo sacar provecho del pacto de La Moncloa, cuando Zapatero salvó del naufragio un estatuto que se hundía, y está empeñado en competir con ERC por el favor de los radicales a costa de perder el perfil moderado y centrista. La idea de un partido catalanista transversal es la mejor prueba de que el proyecto clásico de Convergencia hace agua por todas partes. Sólo Durán Lleida mantiene las señas de identidad de la coalición, es decir, una posición abierta a los pactos y dispuesta a negociar con eficacia a nivel nacional. Sin embargo, no hay que engañarse sobre la realidad actual de la política catalana: a día de hoy, el líder de Unió tiene serias dificultades para sobrevivir en un ambiente envenenado por el soberanismo. Su ausencia deliberada en la reciente Diada, alegando un viaje parlamentario a Chile, es fiel reflejo de la gravedad de la crisis. H En estas circunstancias, el comunicado emitido ayer por Mas y Durán, reafirmando la candidatura conjunta de la coalición para las elecciones generales, ofrece el perfil inequívoco de las excusas no pedidas. Con un lenguaje edulcorado, el texto suena más al desmentido de una evidencia que a una decisión firme de continuidad. La España plural de Rodríguez Zapatero pretendía calmar la ansiedad de los nacionalistas, pero está claro que ha conseguido todo lo contrario. Es lógico, porque ya se sabe que quien siembra vientos recoge luego tempestades. Desde la Transición hasta hoy nunca la política en Cataluña ha mostrado síntomas tan manifiestos de radicalismo. Así pues, hay que certificar que el estatuto no ha servido para nada, salvo que ahora se trate de convencer al conjunto de los españoles de que es un mal menor necesario y, de paso, presionar al Tribunal Constitucional. El PSC gobierna con partidos antisistema y Convergencia se apunta a la ola soberanista ante el estupor de los sectores más sensatos de una sociedad que cada día confía menos en la clase política. No hace falta especial agudeza para descubrir que en el comunicado hecho público ayer hay más discrepancias que afinidades. Por ahora, la necesidad hace que los socios sigan juntos el camino, pero nadie puede garantizar qué sucederá a medio plazo.