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58 AGENDA Necrológicas MIÉRCOLES 19 s 9 s 2007 ABC Enrique de Aldama s Empresario Enrique de Aldama, una vida de exigencias Nada en él era proclive a la chapuza, a la solución a corto, a salvar un bache. En su idea estaba que la empresa, para ser tal, ha de ofrecer servicio IGNACIO BAYÓN Es difícil escribir con el dolor vivo. Puede ocurrir que las valoraciones sean más nacidas de la emoción que de la objetividad. Voy a intentar hacerlo bien. Ayer todos los medios de comunicación se hacían eco del fallecimiento de Enrique de Aldama, ponderando su sentido ético, la brillante trayectoria profesional, su colaboración definitiva en dotar al sistema de una transparencia empresarial y su calidad de patrón de una brillante familia. Todo es verdad. No voy a repetir aquí, pues, una biografía, sino a pararme en algunos recuerdos. Antes de cumplir yo los treinta años ya estábamos trabajando juntos en el, para mí, misterioso círculo de los Ingenieros de Caminos, el entonces Ministerio de Obras Públicas, donde Enrique era el animador principal de un equipo brillante. Al frente de Carreteras como allí se decía, desplegó toda su imaginación y asomó ya esa idea de que había que buscar solución a los problemas. Siempre contaba que, para ingresar en Caminos, había que haber resuelto cientos de problemas, y ese criterio de eficacia le persiguió toda la vida. Aquellos fueron también los años ilusionantes de la transición. Enrique había vivido sus primeros años en México, a donde fue su padre y la familia en la posguerra, y eso le dio para toda su vida, no un barniz, sino una sólida laca de comprensión liberal. Por eso, los años de la transición fueron para él un rosario gozoso de acontecimientos que conducían a un buen fin. Entusiasta del vivir en democracia y libertad, transitamos una década de cargo en cargo. Especialmente creo que hicimos un buen tándem al frente de RENFE y Enrique abordó con tesón y clarividencia la reconversión industrial en aquellos durísimos años de crisis que vivimos en el Ministerio de Industria y Energía. Era especialmente bueno en organizar equipos de trabajo, en ilusionar a la gente con nuestros objetivos. Le querían el conductor y el director adjunto. El país cambió. Las experiencias en el sector público siempre ofrecen, a una cabeza ordenada, el sustrato para comprender el mundo social con mayor amplitud de miras, y Enrique de Aldama eso le permitió a Enrique saltar con facilidad al mundo de la empresa y los negocios. Nada en él era proclive a la chapuza, a la solución a corto, a salvar un bache. En su idea estaba que la empresa, para ser tal, ha de ofrecer servicio; si no es así, ni siquiera ganará dinero, y para ofrecer servicio la clave está en la estrategia, la visión a largo plazo, la satisfacción de los usuarios y clientes. La empresa es de todos los que se arriesgan por ella, y cada uno tiene una parcela de derechos. Cuando muchos años después pilotó la Comisión de Buen Gobierno, ya estaban en su cabeza la mayoría de los criterios. Había en toda su vida mucho del lenguaje con que en los ABC sesenta encendió Kennedy una luz: No te pares a pensar qué puede la sociedad o el Estado darte a ti, sino qué eres tú capaz de ofrecer a tu país y a tus compañeros de viaje Un país no se levanta sin reformas, trabajo e ilusiones colectivas. Vivir de las rentas no soluciona nada. Por eso, la vida junto a Enrique era una vida de exigencias, de no conformismo, de búsqueda de la excelencia en lenguaje de hoy. Había dos instituciones que le obsesionaban, España y la familia. Y en eso tiene su mujer Cristina mucha culpa En ambos temas era poco transigente. Por ello, las líneas tendentes a debilitar la estructu- ra de la Patria y de la familia le parecían disolventes y germen de resquebrajaduras sociales (entre otras cosas, presidía la Fundación de Acción Familiar) Sentía por España una pasión honda y un gran respeto por quienes la defendían (sus relaciones con el Ejército fueron siempre ejemplares) También sentía pasión por el mar. Yo siempre le decía que andaba mejor en el barco que en tierra firme. El mar le daba libertad, espacio y tiempo para pensar y dialogar. Este verano todavía tuvimos horas hermosas de mar. Le encantaba que fuéramos de viaje. Tantas veces, también con los Sagardoy (trío que se ha quedado cojo) Yo aprovechaba para llevarles a la ópera sin avisarlo. Y, como nadie es perfecto, debo decir que nunca le convencí de la grandeza de Wagner y de Chostakovich. Se nos ha ido esa sonrisa cariñosa e irónica. Cariñosa porque estaba lleno de bondad. Cada vez entendía más y mejor a cada ser humano. Irónica, porque tenía la información que le permitía conocer muchas debilidades del de enfrente. Siempre fue un hombre de fe. Los dos, Cristina y él, fueron una pareja de alta convicción religiosa. Eso les permitió superar dos tremendas pruebas en este Valle de Lágrimas, convencidos del aserto de Manrique, de que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera, es locura Esta aceptación de la voluntad divina formaba parte de su decálogo de vida. Por eso, estoy seguro de que su propia muerte no le sorprendió. Los Aldama nunca pasamos de los setenta y cinco decía. Quienes hemos tenido la fortuna de compartir tantas cosas materiales y tantos afectos, estamos tristes con su pérdida. Nos quedan su descendencia vigorosa, y el orgulloso recuerdo de Julia y mío de haber sido sus amigos. Vivir sin Enrique será una cosa nueva. Juan José Gómez Molina Ha muerto atropellado, el pasado 24 de agosto, Juan José Gómez Molina, catedrático de Dibujo de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Extraordinario pintor de nubes y de paisajes sublimes, obsesionado por la poética del fuego, con una estética alejada de las modas contemporáneas siendo como era un hombre de una formación teórica y un conocimiento de lo que estaba pasando fuera de lo común. Influyó, desde su docencia universitaria, especialmente en los años que pasó en Salamanca, en multitud de jóvenes creadores entre los que merece la pena destacar a Antonio Murado, Marina Núñez o Miguel Copón. Desplegó una obra ensayística muy sólida en la que destacan sus volúmenes sobre las lecciones del dibujo publicados en la editorial Cátedra. Hombre de una enorme curiosidad y una mirada vivísima, capaz de dialogar con la arquitectura o con la cuestión del monumento, entregado, desde los años de la revista Nueva Lente a la fotografía. La serie que realizó sobre su pueblo Carcelén y los retratos desnudos eran procesos interminables en una búsqueda que no por ello perdía intensidad. No encontró el espacio galerístico acorde a sus planteamientos aunque realizó importantes exposiciones en centros de arte, entre los que destacaría la revisión de su obra fotográfica, titulada La piel en la mirada en el Centro Cultural Conde Duque (Madrid, 2002) Le conocía hace más de una década y he tenido el privilegio de haber escrito en algunos de sus catálogos. Juan José Gómez Molina no perdía la sonrisa y su actitud era siempre de extremada generosidad. Le gustaba contar con jóvenes colaboradores a los que respetaba aunque no compartiera siempre sus posicionamientos estéticos. Tenía un discurso laberíntico y fascinante así como una capacidad ex- traordinaria para motivar el talento ajeno. A él le sobraban cualidades pictóricas aunque la época extremadamente banal que le ha tocado vivir no era precisamente propicia a las sutilezas y a la elaboración simbólica. Estaba en plena madurez creativa e intelectual y cargado de proyectos a sus 64 años. A la vuelta de un largo viaje me he encontrado, en un mensaje de móvil, con la tremenda noticia de su muerte. Era un amigo con el que tenía pendiente muchas conversaciones. La prisa, más la mía que la suya, nos impidieron encontrarnos más. Le recordaré siempre con gratitud. Fernando CASTRO FLÓREZ Antonio Zaya Vega El escritor, editor, crítico de arte y pintor Antonio Zaya Vega, ha fallecido en Gerona a los 53 años. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, dirigía la revista Atlántica del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) promovido por el Gobierno de Canarias y trabajaba en la preparación de la segunda Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias, de la que ya había sido comisario responsable de la anterior edición. Estaba considerado como uno de los grandes especialistas en el arte contemporáneo de África y Suramérica junto con su hermano gemelo Octavio.