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ABC SÁBADO 15 s 9 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA CIUDADANÍA BIEN ENTENDIDA O digan o no los manuales de Educación para la Ciudadanía, para ser buen ciudadano no basta con cumplir los preceptos de la ley, sino que es menester observar un decoro ético tanto más transparente cuanto mayor sea la responsabilidad social del sujeto. Si el sujeto es, además, un dirigente público o un representante popular, está moralmente obligado a una ejemplaridad irrenunciable. Y si el sujeto desempeña, por añadidura, funciones educativas debe presentar un comportamiento del todo irreprochable. Si los textos de la nueva asignatura, los escriba quien los haya escrito, no explican esto quizá valIGNACIO gan como combustible en alCAMACHO guna de las muchas escuelas españolas en las que no suele funcionar la calefacción. El diputado Victorino Mayoral será, sin duda, un hombre honrado, pero como mentor de la flamante educación cívica zapaterista no resulta un dechado de virtud democrática. En la moderna concepción ciudadana que sin duda defiende desde sus plataformas y fundaciones, la honestidad es un concepto genérico quevamásallá dela letra legalparaconvertirse en una actitud de vocación ética e igualitaria. Un buen ciudadano no se beneficia de tratos de favor, ni juega con ventaja en concursos públicos, ni siquiera da lugar a la sospecha de que se ampara en su posición relevante para obtener preeminencia en las convocatorias de contratos. Aunque, faltaba más, no se lleve un duro; de momento sólo estamos hablando de cuestiones morales. El ciudadano Mayoral será, sin duda, un hombre honrado, pero la ristra de contratos municipales de la que es beneficiaria su bienaventurada Liga Española de la Educación y la Cultura Popular tiene un tufo de clientelismo que tira de espaldas. No es que resulte novedoso, tristemente, porque en los municipios y autonomías españolas es frecuente la derrama de fondos y subvenciones en un tejido asociativo vinculado por lo general al partido que ocupa las parcelas del poder. Hay un río poco cristalino de dinero de los contribuyentes que fluye entre contratillos de asistencia, asesorías difusas, programas de aprendizaje, talleres ymonitorías varias, enelquemenudean los escándalos a poco que se bucea con una linterna de escrúpulos. El resultado es la formación de redes clientelares que permeabilizan las asociaciones devecinos, las organizaciones benéficas, los entes culturales, las plataformaseducativas. Unas vecesdemanera legal, y otras no, pero casi siempre de forma ventajista y sectaria. Es decir, la clase de conductas que, aunque se aprenden pronto en la vida, no conviene enseñar en los colegios. Así que como gurú de la Educación Ciudadana, el diputado Mayoral no progresa adecuadamente, aunque su Liga progrese, bien orientada, camino de la Champions de las subvenciones. Su comportamiento será legalmente correcto, pero resulta políticamente sectario, éticamente dudoso y estéticamente deplorable, lo que lo invalida como promotor de la formación cívica de nuestros escolares. La ciudadanía bien entendida empieza por uno mismo, pero eso significa todo lo contrario de lo que este honrado congresista parece haber entendido. L EL ÁNGULO OSCURO EL MISTERIO MCCANN ON independencia de cuál sea el resultado de las pesquisas policiales, el caso de la desaparecida niña Madeleine debería servirnos para reflexionar sobre el muy pernicioso influjo que la exposición mediática ejerce sobre investigaciones que sería aconsejable apartar de la curiosidad pública. No sabemos todavía si los padres de la niña serán acusados formalmente ante un tribunal; pero ya se han convertido en reos de un juicio paralelo que la prensa alienta. Entre las garantías que asisten a las personas involucradas en un proceso debería figurar su derecho a no ser utilizadas como carnaza de la morbosidad; también a que la instrucción judicial se desarrolle por cauces de estricta discreción, sin la interferencia de la prensa. Otro trastorno que la inmoderada atención mediática introduce en un caso de estas características lo apreciamos en la conducta de los padres de la niña: su constante empeño por aparecer ante los medios y erigirse en protagonistas merece el calificativo de insensato (si resultaran culpables de la muerte de Madeleine este empeño sería, además, monstruoso) diríase que en tal actitud subyaciese un propósito irreprimible JUAN MANUEL de adquirir notoriedad, más allá del enDE PRADA comiable deseo de esclarecer las circunstancias que rodearon la desaparición de su hija. Decisiones como la de viajar a Roma, para reunirse con el Papa, exceden dicho deseo, para adentrarse desaforadamente en el terreno del aspaviento mediático. Tampoco creo que ayude demasiado a una feliz resolución del caso la venta online de pulseritas, a razón de dos libras la pieza, con el lema Look for Madeleine La madre de la niña, Kate McCann, me pareció desde el principio una mujer muy bella, mucho más bella que los pastelones de papel couché y photoshop que nos venden cada temporada. Había, sin embargo, en su belleza un aplomo casi sobrehumano que no se desmoronaba ante los embates de la tragedia. A nadie le hubiese extrañado que una madre cualquiera, inmersa en la angustia que estaba padeciendo Kate McCann, se hubiese entre- C gado a la desesperación. Pero, en sus comparecencias ante la prensa, en su ir y venir siempre escrutada por las cámaras, Kate McCann preservaba siempre una aureola de fortaleza que se subrayaba en contraste con su frágil constitución. Siempre pensé que esa fachada de aplomo encubría un sentimiento de culpa muy pudorosamente velado al escrutinio público: a fin de cuentas, Kate McCann- -como su marido- -sabía que había obrado irresponsablemente al dejar a sus hijos solos en el apartamento, mientras cenaba con unos amigos; y ese desliz se agigantaba en su conciencia, obligándola a mantener una entereza fingida. Los últimos avances de la investigación nos proponen que Kate McCann y su marido mataron accidentalmente a su hija, que borraron las huellas de su crimen y montaron el circo mediático que vino a continuación. Existen muchos antecedentes de criminales que se han mostrado deseosos de colaborar con la justicia en el esclarecimiento del crimen que ellos mismos han perpetrado (las novelas de Agatha Christie están plagadas de este espécimen) más novedoso y patológico resulta que un criminal que impulsa la investigación de su propio crimen quiera además auparse en alas de la Fama. Hubo un demente en la Antigüedad, llamado Eróstrato, que prendió fuego al templo de Diana para que su nombre fuese recordado por las generaciones venideras; pero Eróstrato no ocultó su crimen. La mezcla de ocultamiento y ansías de notoriedad convertiría a los McCann en unos monstruos de inédita maldad. Pero, ¿y si, a la postre, las sospechas que ahora gravitan sobre la bella Kate McCann y su marido se desvelasen infundadas? Habríamos de aceptar entonces que los monstruos somos nosotros, puesto que hemos sido capaces de imaginar y de sostener con lucubraciones fundadas en indicios muy endebles una hipótesis aberrante. Y, al imaginar y sostener tal hipótesis, la culpa de ese crimen recaería sobre nosotros, pues hay crímenes tan abyectos que basta con que los imaginemos para que nos convirtamos, de algún modo, en criminales. Criminales que cada mañana chapotean en el barrizal que la prensa les ofrece. www. juanmanueldeprada. com