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ABC MARTES 11 s 9 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA TIERRA PROMETIDA RAJOY, ANTE LA P MINUTAJE PARA UN NUEVO PARTIDO los partidos políticos establecidos más les vale absorber la palpitación colectiva para ir reforzando el calcio de su sistema óseo y la flexibilidad muscular. Integrar nuevas dinámicas mejora sus capacidades de iniciativa y atracción. Como impedimento, la naturaleza de la clase política- -según los clásicos- -consiste en lograr el monopolio del poder político y filtrar el acceso a la elite, de gobierno o de oposición. La partitocracia genera inercias, indolencia, autismo. Con el intento de crear un nuevo partido- -registrado por ahora como Unidad, Progreso y Democracia- -lo primero de que se habla es del trasvase de votos que puede generar. En realidad, la primera cuestión debiera concernir al mapa político de España y a las necesidades actuales de la sociedad civil. Nadie pone en duda la libertad de fundar partidos y los hay registrados a centenares, pero lo que intriga es el tempo de la nueva iniciativa, su configuración y su sustento. En estos casos, las simpatías se extinguen con más o menos rapidez y lo que queda es la áspera urgencia de constituir una organización, con su aparato y su financiación. Aunque en su íntima VALENTÍ oclusión se postule como partido- bisaPUIG gra o como partido de cuadros, siempre necesitará de una infraestructura mínima, de sus profesionales de la política, de sus tesoreros. Para que todo eso tenga plena cobertura, un nuevo partido requiere de un programa. Si atendemos al precedente más inmediato que es Ciutadans en Cataluña, su programa ha sido de parcheo, algo inconcreto, irresuelto, descoordinado. La razón es sencilla: la rampa de lanzamiento natural de Ciutadans no era la de un partido político, sino la de una asociación ciudadana o un frente de ciudadanía con objetivos muy concretos, tan concretos que no daban el ancho de vía adecuado para lo que se considera la omnipresencia programática de un partido. Es postulable que su trabajo hubiera cundido mejor perfilándose como liga o movimiento ciudadano en busca de convencer al votante de uno u otro partido sin pedirle el voto, pero con un mensaje- -monotemático, si se LISTAS ABIERTAS A quiere- -que por ser estructuralmente apartidista podía influir en casi todo el hemiciclo. Esas ligas imbrican valores, tienen soltura para la pedagogía que los partidos no saben o quieren hacer y al mismo tiempo les condicionan y presionan. De hecho, así es como las sociedades civiles vertebran sus modos de corregir el sistema de partidos. Por otra parte, los partidos de intelectuales casi nunca han plasmado realidades: ocurrió en la Segunda República con Acció Catalana o con la agrupación fundada por Ortega. En el caso de Ciutadans, de haber concentrado su quehacer y activismo en torno a la crítica la política lingüística y otras proclividades nacionalistas habría permitido aunar voluntades y ejercer presión específica en los partidos y en las instituciones. Ahora, estar en las instituciones quiebra el potencial primigenio de Ciutadans, con la aparición de grietas en su quilla. A primera vista, Ciutadans está dilapidando de modo fútil los votos recibidos. En el caso de la iniciativa surgida en tierras vascas, aunque el nuevo partido proclame su vocación de alcance nacional, hubo en el pasado un momento de lo más oportuno para constituir en el País Vasco una liga constitucionalista como campo magnético de voluntades democráticas, sin necesidad de fundar partidos, sino con la idea de influir en los existentes. Algún promotor de Unidad, Progreso y Democracia argumenta que al no ser un partido nacionalista podría abrir el melón para la reforma electoral y también reforzar las competencias del Estado. Exótica prognosis cuando a la vez se hacen proyecciones electorales de dos o tres escaños. Lo que a la sociedad española más falta le hace son diagnósticos acertados y no candidaturas de buena voluntad. Joaquín Costa aspiró a crear un partido nacional pero quizás dio mejores resultados que su análisis del caciquismo influyera en Maura. En la lejanía del tiempo, una izquierda nacional- -con esbozo de partido radical- -acaba por ser contigua a la izquierda de la que se quiso apartar y que quién sabe por dónde andará en el futuro. Pudiera no ser así, y en tal caso habría que preguntarse de nuevo por qué razón se quiso ser partido político y no elemento más expresivo de la sociedad civil. vpuig abc. es ARA sobrevivir al cataclismo del 14- M, el PP necesitaba una dirección correosa y combativa, dura de pelar, que mantuviese la cohesión y resistiera los embates de una izquierda decidida a aprovechar la hecatombe para liquidar al adversario con un golpe de gracia. No era una misión fácil para los herederos de Aznar, pero la lograron a base de apretar las mandíbulas y abrirlas sólo para soltar dentelladas, sobreponiéndose a un aislamiento feroz y a una ofensiva de exterminio. El coste de esa enérgica resistencia fue la creaIGNACIO ción de una imagen hirsuCAMACHO ta y áspera, robinsoniana, a menudo ingrata y desde luego antipática para el canon acomodaticio, indoloro y relativista del zapaterismo. De puertas adentro, la travesía del desierto reforzó al núcleo más comprometido ante la opinión pública con la turbulenta gestión del 11- M, y obligó a alianzas sociales y mediáticas que de algún modo hipotecaban cualquier cambio de estrategia posterior. El liderazgo blando de Rajoy propició tomas de posición individuales que no pocas veces lo arrastraron a sitios y actitudes que no deseaba, obligándole a sobrevolar conflictos que, de atajarlos por las bravas, habrían provocado fisuras capaces de arriesgar el objetivo esencial de sostener a su tribu unida, movilizada y con la moral a salvo. Lo que el líder popular ha manejado peor ha sido la transición de ese modelo rocoso de supervivencia a un proyecto abierto capaz de levantar una alternativa de espectro amplio y llamar de nuevo a una mayoría social. Lógico porque el enroque dejó el partido poco poroso a las novedades y cambios, con un aparato coriáceo acostumbrado a la táctica defensiva, que incluso le alcanzó para una victoria en las municipales ayudada por los paseos de De Juana Chaos y el cénit del caos gubernamental. Con ese equipaje, acaso impensable hace tres años y medio, se han plantado ante las fronteras de la tierra prometida, y lo que Rajoy tiene que decidir es si el asalto final lo van a acometer los comandos más desgastados por el tránsito de los arenales o emplea en el esfuerzo final a huestes de refresco con el riesgo de ser ingrato con los leales de las horas amargas. La clave de esa decisión no debería ser ya de carácter interno, porque el PP no se debe ahora sólo a sus simpatizantes sino que constituye la exclusiva esperanza de recambio para el amplio sector de la sociedad española que teme las consecuencias de otro mandato de Zapatero. Para muchos ciudadanos inquietos ante la deriva de ruptura del modelo político de la Transición, el relevo es casi una cuestión de salud pública, y la obligación de Rajoy es convocar ese modelo abierto que lo haga posible. No se trata de un líder carismático ni de un demiurgo que entusiasme a las masas, pero es el depositario de la única alternativa viable. En ese sentido carece ya de derecho a equivocarse: está ante una responsabilidad histórica que sólo le va a medir por el resultado.