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ABC SÁBADO 8 s 9 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA UNO Y LO MISMO Ciutadans encendió la llama. Ahora, Plataforma Pro toma el relevo. En el fondo, son uno y lo mismo, por lo que cabe esperar que ambos proyectos se fusionen lo antes posible. Digo bien: se fusionen. Cualquier otra fórmula de concurrencia electoral, mediante candidaturas distintas, supondría un sonoro fracaso... lo largo del último año, y como si lo nacido en Cataluña no pudiera valer sino para Cataluña misma, se ha insistido a menudo en que Ciutadans- Partido de la Ciudadanía nada tenía que hacer políticamente en el resto de España. No hay duda que este convencimiento se ha sustentado en gran medida en las circunstancias que concurrieron en su día en la gestación de la nueva fuerza política: eso es, la necesidad de dar voz a una parte significativa de la sociedad catalana que contemplaba, medio atónita, medio indignada, como el conjunto de los partidos con representación parlamentaria se hallaban enfrascados en un proceso de reforma del Estatuto de Autonomía que nadie o casi nadie había reclamado como una prioridad y que sólo parecía servir a los propios intereses de esos partidos. Pero no ha sido éste el único factor que ha abonado la percepción de Ciutadans como una formación de ámbito estrictamente catalán. También ha influido, por ejemplo, la creencia, bastante extendida en España, de que un movimiento regenerador de la vida política peninsular no podía surgir en modo alguno de la periferia, y menos aún de la periferia catalana. Y también, cómo no, el profundo escepticismo- -por no decir el considerable desprecio- -con que suele afrontarse, en los altos hornos de la opinión pública española, la aparición de una nueva fuerza partidista, sobre todo cuando esta fuerza, lejos de conformarse con circunscribir su acción política a una parte del territorio, aspira a disputar a los demás partidos y coaliciones todo el pastel electoral. Pues bien, aun cuando no pocas veces la percepción- -interesada o no- -haya sido otra, lo cierto es que Ciutadans- Partido de la Ciudadanía se constituyó, ya desde el principio, como un partido de ámbito nacional. Y lo hizo, entre otros motivos, porque quienes promovimos entonces su creación sabíamos que, por muchos votos que obtuviera la formación en las distintas elecciones a las que concurriera en Cataluña, por grande que fuera el éxito, difícilmente íbamos a lograr el objetivo de desalojar al nacionalismo del poder autonómico. Y lo que, seguro, no íbamos a lograr es que este mismo nacionalismo, y el vasco, y el gallego, y cuantos han germinado aquí y allá a imagen y semejanza de los llamados históricos, dejaran de influir decisivamente en la política española. Estábamos y estamos, en el fondo, ante un problema de escala. En la medida en que el nacionalismo se ha convertido en un asunto de Estado, no hay forma de luchar eficazmente contra su preeminencia en Cataluña o en cualquier otra parte de España si no es desde el propio Estado. Y para esto hace falta un nuevo partido, un nuevo partido de ámbito nacional. s que acaso no sirven los ya existentes? se preguntará sin duda el lector. Pues claro que sirven. Pero no bastan. Y es que cuando uno de esos dos grandes partidos gana las elecciones A generales sin alcanzar la mayoría absoluta, se ve obligado, para gobernar, a buscar el apoyo de otras formaciones. Y las únicas que están en condiciones de ofrecérselo- -por obra y gracia, en buena medida, de una ley electoral que prima su representación- -son las nacionalistas. Y se lo cobran, por supuesto. Quienquiera que se entretenga repasando las facturas emitidas por el nacionalismo de toda laya en lo que llevamos de democracia en España, comprobará fácilmente lo cuantioso del montante. Aun así, lo más grave es que esa dependencia se da incluso cuando los dos grandes partidos nacionales obtienen la mayoría absoluta. Por un lado, en un sistema tan complejo como el nuestro, siempre hay por ahí algún pacto autonómico vigente y condicionante; por otro, uno nunca sabe lo que va a precisar en la siguiente legislatura en caso de que los votos cosechados no le alcancen, por lo que más vale curarse en salud y conservar las amarras. Si bien se mira, después de tres décadas de tira y aflojas, la transacción entre el Estado y los nacionalismos se ha convertido ya en un fenómeno estructural. Y con un costo- -sobra decir para quién- -que empieza a resultar de todo punto insostenible. ero la existencia de un nuevo partido nacional en el mapa político español no sólo permitiría que PSOE o PP tuvieran una fuerza no nacionalista con la que pactar la gobernabilidad del Estado; también supondría un revulsivo para ambos partidos. A qué engañarse: el nacionalismo es contagioso, y ni socialistas ni populares han sido inmunes a sus efectos- -el contagio, claro está, ha afectado muchísimo más a los primeros que a los segundos- La España de las Autonomías, tan descentralizada, tan generosa en el reparto de toda suerte de competencias, tan reacia a apli- P car en sus pactos el principio de reversibilidad, se ha ido construyendo poco a poco- -y hasta cierto punto era inevitable- -sobre la desmembración del Estado. Y así sigue, sin que se atisbe final ninguno en el proceso. De momento, ninguno de los dos grandes partidos, atrapados en la lógica interesada de unas estructuras regionales- -cuyo funcionamiento recuerda a menudo el de una baronía o un reino de taifas- -y en las deudas contraídas con el nacionalismo, ha creído conveniente replantearse la situación. En este sentido, la mera aparición de un competidor electoral tan ligero de equipaje como enteramente decidido a coger el toro por los cuernos debería representar por fuerza un acicate para socialistas y populares. Por todo ello, la noticia de que Rosa Díez, Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán y cuantos les secundan han resuelto, por fin, lanzarse a la arena política y constituir ese tercer partido nacional merece ser recibida con todos los honores. Un simple repaso a las líneas maestras del proyecto, llamado circunstancialmente Plataforma Pro ayudará a corroborarlo: un ámbito de actuación inequívocamente nacional; una reforma de la Constitución que suponga, entre otras cosas, el cierre definitivo del modelo territorial; una reforma de la ley electoral tendente a reducir la sobrerrepresentación de los nacionalismos periféricos; una política de Estado para luchar contra ETA, y una serie de medidas de regeneración democrática para dotar a los partidos y al sistema político en general de una mayor transparencia. Puede afirmarse, en consecuencia, que no estamos únicamente ante un nuevo partido, sino también ante el esbozo de un partido nuevo. Cuando menos por estos pagos. ace algo más de un año, Ciutadans encendió la llama. Ahora, Plataforma Pro toma el relevo. En el fondo, son uno y lo mismo, por lo que cabe esperar que ambos proyectos se fusionen lo antes posible. Digo bien: se fusionen. Cualquier otra fórmula de concurrencia electoral, ya sea mediante una coalición, ya sea- -aunque a algunos nos resulte inconcebible- -mediante candidaturas distintas, supondría un sonoro fracaso. O, si lo prefieren, una nueva victoria del nacionalismo, pues habría primado, una vez más, lo particular sobre lo general. Se avecinan, por tanto, unos meses apasionantes. En lo político y en lo ciudadano. Habrá que ver cómo se mueven las piezas, las del nuevo partido en curso y las de los dos grandes partidos nacionales. Y a esperar, en marzo, el veredicto. Eso sí, dados los orígenes geográficos del movimiento y a poco que las urnas le sean propicias, ya me imagino a algunos listillos hablando de una segunda reconquista. En fin, mientras sea democrática... H ¿E XAVIER PERICAY Escritor y fundador de Ciudadanos